Navidad

Hablar de la Navidad, implica hablar de la infancia. Mi infancia. Esa época de nuestras vidas en la que somos vasijas vacías, prestas a llenarse. Donde todo es nuevo, todo está envuelto de un halo de misterio, de magia, de sorpresa… que nos alimenta para el resto de nuestras vidas.

Recuerdo las calles de mi pueblo, iluminadas por tres bombillas incandescentes, una en cada esquina y otra en medio de la calle. Al anochecer, cuando la oscuridad invadía el pueblo, estos tres puntos eran los únicos habitados y centro de toda la calle. Se contaban historias del más variopinto pelaje: brujas, fantasmas, muertos vivientes, mantequeros, etc. La fantasía e imaginación volaban de tal manera que cualquiera se iba solo a casa, atravesando las penumbras de la calle. Por  muy valiente que fueras, siempre esperabas  que uno más grande se marchara, para irte con él.

Cuando llegaba la Navidad todo cambiaba. Volvía el color a nuestras vidas. Ya no era todo en blanco y negro. Los comercios y las tiendas se decoraban con los más diversos colores, la gente volvía a sonreír y las calles se llenaban de gente, sobre todo el centro del pueblo. En esta época del año era cuando los niños lo pisábamos con más regularidad. Todo era bullicio y alegría.

Hasta en nuestras casas se notaba esa alegría. Todos éramos más amables, se limpiaba a fondo la casa, se montaba un belén, nos ponían nuestras mejores ropas y todos en familia íbamos a la misa del gallo. Que siendo un acto religioso, también era un acto social. Allí las familias se mostraban. Al finalizar la misa, aquello era un jolgorio, sobre todo para los niños, se hacían fogatas y no parábamos de corretear alrededor de ellas. Nuestros padres esa noche nos dejaban libres hasta altas horas de la madrugada ¡Qué sensación de libertad y de hacer cosas de adultos experimentábamos esa noche¡ Todavía no la he olvidado. Ahora comprendo que, cuando niño, estuviera deseando que siempre fuera Navidad.

Pero el hecho más apabullante, más espectacular, lo que más nos hacia volar la imaginación era… la llegada de los pastores. Gente ruda, que se vestían con la piel de los animales, llevando borreguitos en el cuello, entraban en el pueblo en cuadrilla, cantando, bailando y bebiendo. Venían del monte, un mundo desconocido, y asaltaban el pueblo, dotándolo con una nueva energía. Irrumpían en las calles del pueblo, con una vitalidad indescriptible, que nos arrastraba a todos a seguirlos, embelesados, como por el flautista de Hamelín. Sobre todo las mujeres, que reían, bailaban… con una energía contagiosa.

Los seguíamos por las calles… hasta llegar al belén viviente. Allí le entregaban los borreguitos a San José y a la virgen María. Uno se quedaba deslumbrado, por tanta luz, por tanto brillo… impregnándose de tanta divinidad, de tanta humanidad y de tanta energía. Que cuando un año descubrí que San José y la virgen María eran unos vecinos del pueblo, no me produjo ningún tipo de ruptura.

Con la vasija bien llena y con el paso de los años, en mi adolescencia, descubrí la religión. La herramienta idónea para derramar la vasija sobre la sociedad. Valores como: el amor al prójimo, ayuda al necesitado, todos somos hijos de Dios… eran principios rectores de mi vida, que me llevaron a ir a los barrios de los pobres a enseñar a leer y a escribir. Asimismo los días de fiesta íbamos al paseo del pueblo, un grupo numeroso, a cantar la “nueva buena” con canciones del tipo “Viva la gente”.

A la par fui descubriendo a la Iglesia, como estructura de poder, con sus normas restrictivas, su cohabitación con el poder estatal… Estaba cantado mi paso a la política, no sin antes hacer un paso intermedio, como “cristiano por el socialismo”. La llegada del marxismo, anarquismo, anarco-marxismo, ateísmo, agnosticismo… era inevitable.

Cuando reflexiono sobre mi infancia-adolescencia, o sea mi navidad, veo que fue una época, como diría Félix Rodrigo, muy convivencial, muy experiencial y muy ateórica; en el sentido que las teorías no me llenaban completamente, pues saltaba regularmente de una a otra.

Hoy en día qué queda de aquella infancia-navidad. Creo que poco, por no decir nada. Casi han destruido al ser humano. En palabras de Antonio Hidalgo, en su magnífico libro “El Minotauro en Alcacer” dice: “El niño que viaja a Disneyland Paris se convierte en un ser consentido, caprichoso, insolente, superficial, ambicioso y egocéntrico cual aristócrata empelucado del siglo de las luces. La diferencia es que este niño es un principito sin poder real, es un peón, una ficha, un objeto y su único privilegio es el dar vueltas en una montaña rusa, un viaje que no conduce a ningún lugar y le devuelve al mismo punto de partida, como un indefenso ratoncito que vive en su jaula y da vueltas en su pequeña noria.”

Nuestra esperanza real es que no todos los niños van a Disneyland Paris. Por lo que todavía merece la pena luchar por una Transformación (Revolución) Integral.

                                                                       Jorge Martin González

Definición de las ratas

Toda mano de obra,
en cuanto se pone a competir con un esclavo,
sea este humano o mecánico,
está condenado a sufrir las condiciones de trabajo del esclavo.
 
Norbert Wiener

¡No somos ratas, somos subcontratas!

Mi padre trabajó la mitad de su vida en la Motor Ibérica, gran industria barcelonesa del sector del automóvil. Una empresa que adquirió la multinacional japonesa Nissan cuando yo era un niño. Si me daba por pintar una bandera, pintaba la del Japón, pues mi padre trabajaba en la Nissan. Han pasado muchos años y ya está jubilado.

¡No somos ratas, somos subcontratas!

Hace unos meses saltó la noticia en los medios. Primero fue un sondeo. Tal vez, a lo peor. Luego la presentaron como una dura negociación entre la empresa y los sindicatos. Finalmente se anunció lo que ya habían decidido en Tokio los ejecutivos de la corporación hace muchos años: las plantas catalanas de producción de vehículos de Zona Franca y Montcada i Reixacde Nissan cerrarán sus puertas para siempre el 31 de diciembre de 2021.

¡No somos ratas, somos subcontratas!

En total son 2.525 trabajadores los que se van a quedar sin trabajo. Una auténtica barbaridad. Y en un contexto de crisis económica planificada en el que les va a resultar muy complicado encontrar un nuevo empleo. Pero el periódico El Confidencial (10/8/2020) se felicitaba por el «buen resultado» de las negociaciones. Parece como si a los obreros de la Nissan les hubiera tocado el gordo de Navidad. Promesas de reconversión del espacio industrial, compensación de 60 días por año trabajado para «una parte de los trabajadores» y la amenaza/esperanza de que podría haber sido mucho peor. ¡Quién fuera ahora mismo trabajador de Nissan!

¡No somos ratas, somos subcontratas!

El Confidencial olvida que estos miles de trabajadores tienen familia, hijos, cónyuges, hipotecas y alquileres que pagar, créditos personales, facturas, impuestos, la necesidad de vestirse por los pies y comer todos los días y un futuro por delante. El Confidencial olvida que estas personas que vendieron su tiempo, sus energías, sus horas de sueño, su dolor físico, su destreza, su formación, su aburrimiento, sus expectativas, su vida, han sido traicionadas por la empresa que se ha enriquecido durante décadas con su trabajo, y por las instituciones del Estado que la han subvencionado cada año con millones de euros de los presupuestos del Estado[1].

¡No somos ratas, somos subcontratas!

Si solo fueran 2.525… Un total de 78 plantas industriales de producción de piezas de automóvil o empresas que prestan servicios a Nissan van a tener que despedir a buena parte de sus trabajadores; 23 de ellas van a cerrar sus puertas, cifra que será muy superior. La Diputación de Barcelona estima que 14.000 trabajadores se quedarán en la calle con unas condiciones de despedido mucho menos favorables,siendo un colectivo que ya sufría una situación laboral precaria. Cuando Cristina Pedroche haga de maestra de ceremonias la noche del 31 de diciembre en el ritual anual de las campanadas[2], ¿se acordará también de los 14.000 trabajadores de Nissan, subcontratas y proveedores, o solo de los enfermos de Covid 19?

¡No somos ratas, somos subcontratas!

El pasado sábado por la tarde me di un paseo por el centro de Barcelona (sí, cometí una ilegalidad, y además llevaba la mascarilla en el bolsillo). En Plaza Sant Jaume, antiguo foro romano de la ciudad de Barcino y sede de la Generalitat de Catalunya y el Ayuntamiento de Barcelona, había una manifestación de protesta. ¡Qué manía de convocar las concentraciones en esta plaza! ¡Allí solo se puede ir a rendir pleitesía al poder establecido! La particular arquitectura de los edificios que rodean la Plaza Sant Jaume convierten ese espacio en una ratonera, que las tardes de manifestación queda totalmente acorralada por los antidisturbios que bloquean todas las salidas. Concentrarse en esta plaza es meterse, literalmente, en la boca del lobo.

¡No somos ratas, somos subcontratas!

Conté el número de policías. Entre antidisturbios de los Mossosd’ Esquadra, otros agentes de este cuerpo de policía y de la Guardia Urbana de Barcelona había más de 40 funcionarios. Los manifestantes eran unos 15. El resto de la plaza lo conformaban viandantes que ni se molestaban en leer los carteles de los manifestantes o en mirar de reojo a los policías. ¡A quién le importan las desgracias de los demás! La concentración reclamaba mejores compensaciones para los trabajadores despedidos de las subcontratas de Nissan. O al menos eso me pareció, porque la estrategia de los escasos participantes brillaba por su ausencia, y los carteles (que yo sí leí) no reflejaban una línea de actuación definida. No había ni rastro de los sindicatos. Sin noticias de UGT, CC.OO. o CGT. Teniendo en cuenta que la restauración tenía que cerrar sus puertas a las 10 de la noche, estarían todos los sindicalistas en las marisquerías.

¡No somos ratas, somos subcontratas!

Los manifestantes tenían un semblante depresivo; sus rostros reflejaban tristeza y desolación. No se percibía un ápice de esperanza en su mirada. Estaban tan faltos de energía que ni parecían enfadados. La presencia de la policía resultaba, además de innecesaria, obscena. Pero había una excepción. Una mujer de unos 50 años estaba llena de rabia. Se había comprado un megáfono y coreaba a gritos una consigna dirigida a la fachada del Palacio de la Generalitat, una frase que ya conocéis y que yo pude escuchar mucho antes de llegar a la plaza.

¡No somos ratas, somos subcontratas!

No había otra consigna. No había otro discurso. No había otra estrategia. No había nada más que esa frase que ninguno de sus compañeros coreaba. Una frase tan contundente y pegadiza, como inadecuada. Una frase mal escogida, contraproducente y tristemente significativa. Una frase en negativo, que es justo lo que la lingüista Carme J. Huertas desaconseja. La frase de una mujer que tiene toda la buena intención del mundo; la frase de una mujer que tiene toda la valentía del mundo; la frase de una mujer que tiene todas las razones del mundo para quejarse, protestar y mandar a la mierda a todos los políticos, policías y empresarios del mundo;la frase de una mujer que se siente como una rata, a la que han tratado peor que a una rata y a la que los viandantes de Plaza Sant Jaume prestaban menos atención que si una sucia rata de cloaca se hubiese cruzado en su camino. La frase de una mujer digna que no quiere ser una rata para defender su derecho a seguir trabajando en una subcontrata, es decir, en una empresa que paga menos a sus trabajadores que la Nissan, y que impone peores condiciones laborales y de despido. Una mujer que reivindica algo tan inhumano como el trabajo industrial a cambio de un salario. Una mujer que reivindica no ser una rata para seguir siendo tratada como una rata en la empresa que la ha estado explotando durante años y que ahora quiere prescindir de sus servicios ratunos.

¡No somos ratas, somos subcontratas!

El trabajo asalariado, especialmente el que se realiza en fábricas mecanizadas, es alienador y deshumanizador. La reconversión industrial, el derribo controlado de la economía occidental en 2020 y el cierre de Nissan son una grave tragedia, y al mismo tiempo la mejor oportunidad para que podamos recuperar la dignidad humana a través de la práctica del trabajo libre. Del trabajo en comunidad. Del trabajo de uno mismo. Del trabajo con alegría. Del trabajo con las manos, las herramientas y los animales; del trabajo sin máquinas. Del trabajo sin salario. Del trabajo humano, el que no se pide,el que no se pierde.

¡Claro que no somos ratas! ¡Tampoco subcontratas!

Somos el pueblo. Somos la clase trabajadora. Somos seres humanos.

¿Qué sois vosotros, explotadores?

Sois peor que las ratas.

Antonio Hidalgo Diego


[1] Nissan ha recibido 179,7 millones de euros desde 2009 de parte del Estado español y de la Generalitat de Catalunya, 154,64 millones del Estado central y otros 25,1 millones del gobierno autonómico.La Vanguardia, 27/3/2019.

[2] Las celebraciones de Navidad y cambio de año son un ejemplo de fiesta popular tradicional autogestionada, razón por la que las instituciones del poder no han parado de pervertirlas y boicotearlas. La Iglesia quería que la gente dejase su casa y su familia para escuchar el sermón de la misa del gallo; el capitalismo lleva años convirtiendo la Navidad en una orgía consumista a través de los reyes magos, Papa Noel, Caga tió, Olentzeroy el resto de su séquito. El ritual de las campanadas es contemporáneo, prefabricado y requiere de la televisión. Debemos abandonar la conversación y la espontaneidad de una celebración en familia o con amigos para obedecer las órdenes de un reloj que, oportunamente, se encuentra en la capital del Estado, en el centro de la capital. El Covid 19 o excusa para todo quiere poner la puntilla a las fiestas con la prohibición de facto de las reuniones familiares. ¡Este año no me como las uvas!

El Minotauro en Alcásser. Combate al Estado

Inspiradora portada del libro en la que aparece el héroe Teseo, armado con su inteligencia y valentía, internándose en el laberinto de Minos para dar muerte al Minotauro.

Hace unas semanas el amigo Antonio Hidalgo Diego publicó el libro El Minotauro de Alcassér. Crimen sádico, voluntad de poder y feminismo de Estado, con prólogo de Félix Rodrigo Mora.

En su página www.elminotauroenalcasser.com explica cómo obtener una copia de esta magnífica obra y ofrece más información sobre ésta.

En primer lugar, es urgente aplaudir la valentía y el esfuerzo por la verdad de Hidalgo. Ante unos temas tan delicados, los cuales trata con una templanza ejemplar, se propone con objetividad descifrar la verdad hasta donde sea posible. Sin embargo, con razón arguye que en muchas ocasiones una parte de la información solo la conocen los implicados en los crímenes, de los cuales salieron impunes, y no sabemos ni siquiera su identidad personal.

Así fue en el de Alcásser, el caso principal de estudio; no obstante analiza otros tantos que conducen a unos mismos culpables. Estos son, como bien argumenta, élites con poder, sobre todo estatales pero también económicas y financieras.

El catalán no se amilana ante la cruda realidad de los hechos; secuestros, violaciones, torturas, asesinatos, pederastia, rituales satánicos, etc. Tampoco muestra temor ante las crueles y despiadadas élites a las que acusa con pruebas irrefutables. Su amor por la verdad le alienta. Su compromiso ético por la defensa del bien, la justicia y los valores humanos universales le impide acobardarse.

Asimismo trata la raíz de este mal: la voluntad de poder y dominación. La cual, como expone, se concentra en la estructura social jerárquica que llamamos Estado. Aunque esta inclinación destructiva es tan vieja como el hombre, estudia con detalle a los principales autores que han abanderado la exaltación del poder en la modernidad: el marqués de Sade, Friedrich Nietzsche y Simone de Beauvoir.

Los tres tuvieron comportamientos sádicos, si bien el aristócrata y la feminazi llevaron a la práctica las más repugnantes de sus doctrinas. Entre otras perversiones, la pederastia. En efecto, el sadismo, como acto de dominación y crueldad contra el otro para conseguir placer o satisfacción propios, es inseparable del poder.

De tal modo que la mentira y la hipocresía, junto a sus ansias de poder, disfrute y dinero, definen el feminismo, pues la mayor parte de este movimiento se ha convertido en una facción del Estado. Nuestro amigo Hidalgo Diego expone con claridad algunas de sus inmoralidades y fechorías.

Como es obvio, muchas feministas tienen manchadas sus manos de sangre. Amparan por activa y por pasiva la muerte, la violación y la pederastia. Además, para más inri, nos acusan a todos los hombres sin distinción de los peores crímenes.

Contra las falacias feministas, como dice Antonio: “Y no somos los hombres del pueblo llano los que debemos responder ante estos terribles crímenes, sino aquellos que detentan el poder sádico. Lejos de avergonzarnos de nuestra condición masculina, lo que debemos hacer los hombres de las clases populares es empuñar la espada de Teseo y matar al Minotauro.

Esto es, al Estado.

Mas Antonio Hidalgo Diego no está solo. Igual que Félix Rodrigo Mora, yo también me situó enfrente de todos esos desalmados y desalmadas. Y no únicamente nosotros tres, sino que somos más y seremos más aún.

José F.E. Maenza

Un mundo que agoniza

Así se titula el texto del discurso de recepción por el ingreso de Miguel Delibes en la Real Academia de la Lengua en 1975. Tras casi medio siglo, me sorprende que su alarmante título y contenido haya sido ignorado por la mayoría. En especial debido a que Delibes es probablemente el mejor novelista en castellano del siglo XX.

Sin embargo, no se va a realizar una apología simplista de su actuar ni argumentario. Miguel Delibes Setién compartió jornadas de caza con el rey emérito Juan Carlos I. Disfrutó de multitud de alabanzas y premios por parte de las principales instituciones culturales estatales. Además, el vallisoletano apoyó al Club de Roma y su Manifiesto, precursores del ecologismo estatal, el ecofemisnismo, el ambientalismo y el neomaltusianismo antinatalista que sufrimos.

Pero si dejamos esto a un lado, encontramos en sus palabras verdades obvias. Es más, nos transmite lo que hoy prácticamente nadie dice, aún cuando la realidad actual es mucho más dramática que hace 45 años.

El vallisoletano expone la gravedad de la destrucción de la naturaleza a través de inquietantes ejemplos, así como algunas de las repercusiones para la salud humana. En este sentido, como en tantos otros, el sujeto medio apenas se atreve a asimilar la gravísima situación ecológica en la que nos hallamos. Incluso llega a advertir del peligro de la manipulación biológica por parte de los ejércitos, ahora hecho realidad con la “plandemia” del coronavirus.

Otro gran acierto es su crítica a la idea de progreso. Sobre todo a la que antepone el crecimiento económico, la urbanización, el consumo, la explotación de recursos, la voluntad de poder, la búsqueda de satisfacciones materiales, etc.  a la naturaleza y lo humano. A modo de apunte: esos disvalores progresistas son compartidos por todos los partidos políticos españoles, desde la extrema izquierda a la extrema derecha.

De hecho Delibes critica la negatividad de la dominación política, lo mismo que la destructividad del trabajo fabril y asalariado modernos. Advierte que la forma de vida moderna está fulminando la esencia concreta humana. Más aún, nos explica que se está extinguiendo la espiritualidad, así como los bienes trascendentes y culturales que constituyen a las personas como seres sociales y al sujeto en sí. Esto es, una extinción de los valores morales más básicos. La sobreopresión está laminando la individualidad.

Asimismo, a diferencia del ecofascismo misántropo, el de Valladolid apoya la sana relación entre el ser humano y la naturaleza. Una simbiosis que genera verdadera cultura. Por tanto, se opone a los conservacionistas, al antiespecismo y al rewilding; todos ellos destructores del mundo rural y el natural a sueldo de las élites militares, políticas y económicas. 

Si bien su análisis muere en la orilla. En parte su carácter elitista y clasista le impide ir más allá en la crítica. Acaba responsabilizando de todos los males al Progreso; a un progreso abstracto. Aunque, en última instancia culpa al hombre en abstracto, el cual, según él, se ha dejado cegar por las ideas de progreso, conquista, desarrollo tecnológico, abundancia, bienestar, etc.

Por esta razón no encuentra propuestas ni soluciones a los problemas que plantea. Como en sus obras, la resignación es la respuesta; irse a un rincón a morir.

No obstante, se podría haber preocupado del problema central: la dicotomía pueblo-estado. Elude mencionar al estado como conjunto de élites encargadas de destruir lo humano y lo natural en pos del poder y dominación. Tampoco al pueblo como defensor del mundo rural y natural, el cual en la península ibérica combatió sin tregua desde los Bagaudas hasta el franquismo. Se olvida del concejo y del comunal, las dos instituciones populares principales que resistieron desde el mundo rural las embestidas del Estado para expoliar y aniquilar la naturaleza.

Un mundo que agoniza, igual que Delibes, contiene luces y sombras. Mas lo esencial es reconocer la crítica coyuntura histórica que vivimos. Una acumulación tal de desastres, que la única vía hacia una “posible” recuperación es a través de una transformación integral del mundo.

José F.E. Maenza

15 de diciembre de 2020