Editorial Nº1, 25-01-2021

Tiempos de amor, tiempos de falcata: falsa pandemia, conspiración y apetito por la muerte.

Como ya anunciamos hace unos meses, un grupo de amigos nos hemos reunido en torno a este equipo de redacción, Amor y falcata, con el fin de contribuir a una Transformación Integral de la sociedad, tal como declaramos en nuestra carta de presentación. Hoy estrenamos este nuevo formato, el de editorial, que serán publicados una vez cada mes por estas fechas. Los acompañaremos de un par de escritos complementarios, además del resto de aportes que compartamos ajenos a este compromiso.

Marzo del año pasado fue el pistoletazo de salida. A enero de 2021, la “Nueva Normalidad” que tan certeramente pronosticaron nuestros gobernantes es toda una realidad. Este, llamado por algunos, golpe de Estado global, tiene todos los ingredientes de una vulgar dictadura[1]: toque de queda, restricciones a la movilidad, limitación de reuniones, cierre de espectáculos públicos y lugares de ocio compartido, presencia exacerbada de los aparatos militar y policial (además de la adopción deliberada de un lenguaje belicista para afrontar un problema sanitario), y un incremento notable de la censura. El atuendo escogido para esta nueva etapa es una sencilla mascarilla, a la que cada vez más personas conocen por bozal.

No nos detendremos demasiado en explicar que la causa de todas estas medidas no se corresponde a la aludida desde las alturas, un virus, cuya existencia no negamos, pero sí la gravedad que se le atribuye, aumentada por unos protocolos que son un logrado ejemplo del dicho “es peor el remedio que la enfermedad”. Basta contrastar la información otorgada por los grandes medios de comunicación con otra tanta que no se encuentra en estos canales convencionales o, mejor, atender a la propia experiencia, para darse cuenta de las enormes incoherencias y contradicciones que acarrea el asunto. En este periplo uno encontrará desde enormes disparates sin fundamento hasta datos verídicos, experiencias reales, argumentaciones bien construidas y explicaciones reflexionadas que contradicen la versión única que nos es hoy impuesta, a veces compartidos por gente de la calle, aún con suficiente personalidad como para plantarse frente al huracán mediático-político, y otras por profesionales científicos (muchos, por cierto), arriesgando con ello su puesto de trabajo y su prestigio.

Sin embargo, el Covid-19 es un motivo idóneo para la reestructuración demográfica, la concentración del capital, la destrucción del pequeño negocio, la mayor dependencia de las instituciones, mayor presión policial y militar, supresión de la voluntad, la iniciativa y el coraje debido al pavor inducido, el recelo a la sociabilidad y el afecto con los iguales, entre otras muchas. En definitiva, la crisis del coronavirus no es otra cosa que el fortalecimiento de los Estados y la gran empresa capitalista, en un momento en que comenzaban a atisbar graves signos de declive. Y sí, no sólo se han fortalecido en su relación con las clases populares, aumentando su protagonismo e influencia, sino que también es un intento por fortalecerse en lo económico.

A tenor de esta situación, en la que un número creciente de personas busca respuestas a una situación excesivamente desconcertante, surgen explicaciones más o menos válidas, y la siempre puntual disidencia controlada. Esta no es otra cosa que la intromisión de sectores de la población dependientes o favorables a las instituciones, para quienes el pueblo no debe dejar de ser dirigido por una minoría mandante, para lo que engatusan los oídos de los “díscolos rebeldes” mientras les conducen de vuelta a su redil. Por el camino, estos simpáticos mesías suelen tropezarse con enormes sumas de dinero, altos puestos en las instituciones o… chalets.

Sin embargo, en la actualidad no son flamantes partidos políticos los que comandan estas operaciones. En este asunto la política estatal no admite la más mínima disidencia verbal en sus filas, so pena de condena a los fríos páramos del “negacionismo”. Es por esto que estas iniciativas, silenciosamente afectas al aparato estatal, surgen desde la marginalidad, desde la autonomía e independencia fingidas, y no podría ser de otro modo, pues, al menos por el momento, las instituciones no pueden permitirse que se propague el “rumor” de que la operación que tiene como objetivo robustecerlas lleva por nombre COVID-19.

Por ello, cierto sector del llamado “conspiracionismo” adopta este papel[2]. Antes de nada, reconocer que en el interior de esta corriente existe mucha gente que busca soluciones desde la buena voluntad y el altruismo, a todos ellos, a pesar de nuestras diferencias, les tendemos la mano para futuros debates y colaboraciones. Pero no olvidemos a una parte del mismo, que cada vez acapara más la voz de todo el movimiento, y cuya crítica se limita únicamente a cierto grupo reducido de personas adineradas y malvadas, o a cierto partido político, ocultando deliberadamente lo central de la cuestión.

Especialmente grave es el caso de varios de estos grupos, algunos indiscretamente neonazis, que aprovechan el desconcierto de la situación para tornar la legítima rebeldía de muchos incautos en repugnante fascismo. Estos nuevos “revolucionarios”, no son más que los mercenarios más violentos y despreciables de los aparatos policiales y el CNI, meros matones al servicio del Estado que pretenden que nos creamos su fingida aversión por las instituciones, ahora revestida de un pacífico “patriotismo”, mientras engañan a su servicio.

Para los conspiracionistas todo son élites poderosas, en su discurso el pueblo no existe sino como agente afortunado o desafortunado, en función de su dirigente, pero no de su propia acción. Esta interpretación nos recuerda mucho a la mostrada invariable y falsamente por las películas de Hollywood. En ellas el conflicto entre el bien y el mal se representa en dos personalidades, una bondadosa y otra malvada, pero que ostentan un similar puesto de poder. A su alrededor, una muchedumbre de súbditos aguarda a que el rey bueno salga triunfador, para que esta vez puedan postrarse ante él sin necesidad de coacción. La estructura de poder bajo la que perece nuestra libertad y soberanía política se nos presenta como neutral e inexistente.

Por tanto, la crítica conspiracionista, centrada en los personajes más turbios e intrigantes de la sociedad, cuando olvida la cuestión de fondo, las estructuras de poder que aseguran el gobierno de unos pocos, avanza hacia la mejora del actual sistema de dictadura. Al señalar a aquellos individuos más descaradamente inmorales, desvían la atención de lo fundamental, esto es, que el Estado es el tirano del que depende todo déspota que quiera ejercer verdadero poder, ya sea haciéndose componente del mismo u orbitando a su alrededor.

Además, la suya es una visión muy alejada de la realidad, puesto que el peso que ha tenido el pueblo, anónimo normalmente, en el curso de la historia y en el presente, es decisivo. El caso ibérico es especialmente apasionante, habiendo sido nuestra tierra testigo de guerrillas campesinas capaces de poner en jaque o, directamente, derrocar poderosos imperios, además de haber albergado sendas sociedades democráticas, libres y prósperas en las que el pueblo era todo, y el Estado, nada.

Por ello, animamos a los afectos a las teorías de la conspiración a que lancen una mirada de confianza y cariño al pueblo, pues solo de su acción consciente puede surgir algo que ponga remedio a la situación presente. Por nuestra parte, animamos a la organización en la base, a la democracia directa, desconfiando y rechazando la presencia de instituciones, a veces formadas por gente bienintencionada, pero que dentro de tales estructuras ha de rendir cuentas, irremediablemente, al poder. Para que una organización democrática y justa de la sociedad sea posible es condición necesaria fijarse en el pueblo y, más concretamente, en el sujeto que esforzadamente se ha de capacitar para vivir en libertad y en compañía afectuosa con sus iguales.

La postura de buena parte de la izquierda, por su parte, no ha sido sorprendente. Aún sectores considerados “radicales” se han lanzado a defender la versión que les ha sido ofrecida, sin cuestionarla ni albergar duda alguna, en su habitual acto de fe por el que identifican infantilmente a la izquierda con el bien. Así, todo aquel que siquiera osa plantearse que la motivación de estas medidas va mucho más allá que una supuesta pandemia, es inflexiblemente considerado miembro de la extrema derecha.

Pero nada han dicho de, por ejemplo, la propuesta del gobierno para la creación de lo que se ha llamado el “Ministerio de la Verdad”. Parece que no es suficiente el avasallamiento de los medios de comunicación y otras campañas publicitarias por las que el Estado y sus tentáculos monopolizan la información, sino que ahora van a por el monopolio de la verdad. Si la libertad de conciencia es un concepto que les resulta extraño, ahora quieren borrar del mapa todo atisbo de libertad de expresión. Me cuesta encontrar las diferencias entre estos supuestos “antifascistas” y personajes como Goebbels, ministro de propaganda nazi.

Más allá del ruido mediático, y la crítica hipócrita vertida por los que buscan desbancar a la izquierda en el poder para detentarlo ellos, la censura es un hecho y en los últimos meses han decidido apretar el acelerador. Canales audiovisuales clausurados, vídeos eliminados o editoriales (supuestamente neutrales ideológicamente) que se niegan a publicar libros son una muestra del nuevo rumbo.

Los afectos a la coalición socialista progresista tampoco han levantado mucho polvo por la vigencia de la llamada ley mordaza, tampoco por la conocida como ley mordaza digital. Lejos de todo ello, su solución siempre pasa por fortalecerlas, al demandar constantemente más policías, más militares, más jueces…, es decir, más Estado. Pero hay que reconocer que progresistas sí son, y es que la factura de la luz ha experimentado un claro progreso, coincidiendo puntualmente con los días más fríos de los últimos años.

Si bien hay una parte de la izquierda que ha decidido alzar la voz ante el despotismo creciente, una parte mayoritaria ha demostrado que lo suyo no es una ideología escogida tras un trabajo reflexivo, sino una simple religión política, y que sale a la calle o se queda en casa en función de lo que ordenen sus sacerdotes. Es gratificante observar cómo esta facción del parlamentarismo pierde fuelle y se desacredita, y una parte de su tripulación abandona el barco. Es tarea nuestra proponer una salida popular y transformadora a la situación presente, y combatir igualmente a los nuevos sacerdotes, que ahora toca que aparezcan al margen derecho. Por tanto, desaprobamos rotundamente la salida por la que optan los ilusos trumpistas, o por la que se decantan los trepas, cobardes o ingenuos, críticos con la izquierda, pero mudos ante las cuestiones fundamentales, que abogan por la vía institucional. Como hemos dicho, solo reconocemos legitimidad en el poder ejercido por el pueblo organizado.

Para ello, apremia que nos neguemos a otorgar a las autoridades estatales el dominio y potestad sobre nuestro propio cuerpo. Interpretamos que este es el meollo de la campaña de vacunación que, aunque ahora anuncian que será voluntaria, amenazan con registros en listas y quién sabe si obstáculos y prohibiciones para quienes decidan no inyectársela. Esto recuerda sospechosamente al programa de crédito social chino, mediante el que se somete a la población del país a un escrutinio constante, analizando sus movimientos y decisiones. Si resulta que la actividad de cierto individuo es desaprobada por las autoridades del Partido Comunista Chino, puede verse privado de ciertos servicios, además de lo que implica socialmente ostentar posiciones ralas en esta especie de ranquin social.

No pensamos que la vacuna sea necesariamente una forma de hacer daño físico a la gente común: carecemos de pruebas y desconocemos el beneficio que podría obtener el poder si fuera administrada sin distinciones. Nuestra crítica consiste en negarnos a que el Estado pueda apoderarse de nuestros cuerpos hasta el punto de imponernos su interpretación de lo que es la salud, nuestra salud. Nos han forzado a asumir su versión, a base de medios de comunicación de opiniones unánimes e inmóviles, se ha amenazado, ridiculizado y censurado a quienes siquiera plantean que la versión oficial podría estar equivocada, denominándoles “negacionistas” peyorativamente y sin distinciones, se ha vetado cualquier debate público en la que una de las partes no estuviera conforme con el veredicto estatal de la situación sanitaria, aun cuando se tratara de profesionales científicos. Se ha implantado forzosamente una realidad que ha sido creada por agentes políticos, y por eso queda excluida toda discrepancia, y ha sido justificada bajo la autoridad otorgada por el respaldo de sus bien recompensados “expertos”.

Sin libertad de expresión ni de conciencia las decisiones no pueden ser democráticas, pues no es legítimo el uso de la propaganda y de la violencia para encauzar estas. Tampoco es legítima una medida unilateral cuando, a pesar de todo, es conocido el amplísimo recelo y descontento del estrato popular hacia la misma. Por último, la libertad individual no puede ser sobrepasada sin buscar alternativas que no sean la multa, el ostracismo o el presidio.

Por último, nos referiremos a la recientemente aprobada ley de eutanasia. Huelga decir que no discutimos el derecho natural que cada cual tiene con su propio cuerpo, incluso cuando toma por decisión acabar con su propia vida. Rechazamos tajantemente todo intento de apropiarse de asuntos vitales tan cruciales por parte del Estado o cualquier doctrina religiosa, pues la libertad individual debe ser respetada.

Además, resulta bastante inquietante que se apruebe esta ley en un momento en que se está cometiendo un verdadero gerontocidio. Es así, y el culpable no es un virus sino unos protocolos instruidos desde las altas esferas del Estado, que han condenado a miles de ancianos a una muerte triste, solitaria y pavorosa, especialmente a los desafortunados que se albergaban en residencias geriátricas.

Discutimos igualmente la cuestión ideológica que da respaldo a este decreto. El ánimo por la destrucción y la muerte que sufre esta sociedad se advierte en el peso que tienen debates como este, o el referente al aborto y a las drogas. Por contra, la alegría por la vida y el apetito constructivo se pisotean, como puede verse en la mala prensa que hoy tienen la maternidad o la crianza, consideradas por algunos actos de esclavitud o, incluso, machismo.

También nos disgusta que dicha ley se justifique con la aversión visceral que hoy se tiene respecto al dolor, situación que, nos dicen, hay que evitar a toda costa. Si antiguamente la “buena muerte” significaba morir combatiendo[3], hoy significa abandonar el mundo escapando del sufrimiento. Esta mentalidad bloquea los beneficios potenciales del dolor, del que uno puede sacar lecciones trascendentales y salir del mismo curtido y preparado para afrontar los golpes que la vida propina antes o después. Paradójicamente, este es el caldo de cultivo ideal para personalidades eternamente dolientes, aterrorizadas e inseguras, cuyas vidas pueden definirse como una sucesión de dramas.

Además, este es otro paso del ente estatal en su conquista de la totalidad de las fases vitales de todo ser humano. La gestación, el alumbramiento, la infancia, la enfermedad…, todas ellas dependientes de la acción institucional y completamente desligadas de la sabiduría y hacer populares y, lo que es más grave, de los del propio individuo. Ahora es el turno de la muerte, que pretenden convertir en mero trámite burocrático, expoliándole toda significación y relevancia.

El ritual relacionado con la muerte es una necesidad de toda sociedad, pues con él homenajeamos y recordamos a quienes queremos, la comunidad adquiere consistencia y se fortalece, al convertirse en un acto social de afecto y ofrecimiento mutuos, y nos completa al otorgarnos una enseñanza espiritual y vital, pues comprender la muerte nos ayuda a comprender la vida.

El extirparnos esta fracción de la experiencia humana nos empequeñece y degrada, nos limita y desnaturaliza.

La crisis del coronavirus, aprovechada oportunamente por los Estados, no ha hecho sino acelerar enormemente su anhelada eliminación de “improductivos”, aquellos sujetos que por su edad o condición física se ven privados de la actividad laboral. Esta ley sin duda va a incrementar la velocidad del proceso, y a convertir el crimen en un acto legal. La experiencia desprendida de otros países, como Holanda o Canadá, que ya hace tiempo aplicaron leyes análogas, lo confirma.

Ante esto hemos de estar vigilantes, y seguir explorando caminos para liberarnos, como sociedad, de la tiranía estatal. El cariño, la alegría, la unión, el amor por la libertad y el esfuerzo combativo son un requisito y un punto de partida idóneo para lograrlo.


[1] Las medidas adoptadas, con las que se asegura combatir la pandemia, también recuerdan a golpes de Estado precedentes, como el protagonizado por las tropas napoleónicas a su entrada a la Península Ibérica a principios del siglo XIX. Tal como nos relata John L. Tone en su imprescindible libro “La guerrilla española y la derrota de Napoleón”, el general D’Agoult, destinado en Navarra, establece en algunas ciudades de la región unas normas similares a las actuales, con la prohibición de reuniones, suspensión de fiestas públicas y otras actividades lúdicas, control de los desplazamientos, entre otras. Esta situación de vigilancia y represión desmedidos llegó a tal punto que “Pamplona y otras ciudades de Navarra se convirtieron en lugares desiertos y sombríos.”

[2] El compañero José Francisco Escribano Maenza publicó recientemente una reflexión acerca del movimiento “conspiracionista”, de título “¿Dónde se sitúa el conspiracionismo?”.

[3] No necesariamente en guerras de agresión, llevadas a cabo por mercenarios cuya única voluntad era acumular más dinero. Combatir para muchos pueblos significaba permitir que la comunidad tuviera futuro, salvarles de la aniquilación o la servidumbre, por lo que sacrificarse por los suyos era una acción altruista y heroica, la mejor de las muertes para quienes anteponen el amor y el desinterés frente a la cobardía, el odio y el egotismo. Hoy cuesta imaginar esto cuando ni siquiera es posible la autodefensa, pues todo uso de la violencia ha de delegarse en el Estado, que la acapara por completo dejándonos indefensos ante amenazas inmediatas.

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El milenarismo… ha llegado

La tendencia al totalitarismo ideológico de los medios de comunicación es de tal magnitud que recordar el programa televisivo Negro sobre blanco del escritor derechista Fernando Sánchez Dragó nos evoca un oasis de libertad intelectual. ¡Cómo estarán las cosas ahora! Tuvo que ser un plumífero en nómina del Partido Popular, narcisista y lenguaraz,quien me permitiera descubrir al mejor poeta ibérico, Jesús Lizano, al que Sánchez Dragó ofreció su espacio literario en TVE para que el bardo anarquista de larga barba cana recitara, entre otros, su Oda a la mierda, poema que fue coreado por el escaso público que presenciaba atónito el programa desde el plató. Pero es, sin duda, el debate sobre milenarismo que orquestó Dragó en su programa El mundo por montera, el momento más recordado del trabajo en televisión del novelista soriano.

Noche del 5 de octubre de 1989. La 2. Uno de los contertulios es el escritor y dramaturgo del absurdo Fernando Arrabal Terán. Arrabal comparece al debate ataviado con una estridente chaqueta de punto de color amarillo, extraño color para un hombre de teatro. Fernando Arrabal muestra síntomas más que evidentes de estar bebido como un piojo. Dragó lo sabe y sonríe, mientras espera que el viejo borrachín la líe en directo para que, al día siguiente, todo el mundo hable de su programa. Tiempo después, Arrabal trató de excusar su vergonzante actitud asegurando que había tomado unos sorbos de Chinchón, no sabemos si dulce o seco, porque «pensaba que era agua». ¡A quién no le ha pasado alguna vez confundir el anís con el agua!

El orientalista Sánchez Dragó, perverso moderador, abre el debate ilustrando a su audiencia acerca del kaliyuga, o última etapa del circular ciclo histórico hindú, período de decadencia moral y destrucción social que señala el fin de los tiempos para anunciar el comienzo de un esperanzador nuevo ciclo histórico. Uno de los invitados, el editor Isidoro Juan Palacios, nacionalsocialista de la CEDADE, afirma: «El número 666 está por todas partes, lo que puede significar que la Bestia anda suelta». ¡Y vaya si lo estaba! El beodo Fernando Arrabal, el mismo que presume de haber intentado asesinar a Franco, acusa al resto de contertulios de ser unos «borrachos». Pero incluso en plena escenificación del patético show por el que pasaría a la historia de la televisión, el dramaturgo dadaísta muestra un atisbo de lucidez cuando dice: «El Apocalipsis son las elucubraciones de los descontentos y los soñadores (…) Yo represento a la minoría silenciosa (…) Nosotros somos anarquistas divinos (…) La ideología apocalíptica es la ideología de los pobres contra los ricos (…) Yo quiero un Apocalipsis del amor». Mientras balbucea estas, y otras palabras no tan afortunadas, el escritor melillense imita a Charles Bukowski[1] y revienta el debate con una alta dosis de dipsomanía, egocentrismo, surrealismo y falta de respeto. Arrabal se descalza y se quita los calcetines, se sienta en una pequeña mesa de cristal que se tambalea, se sube a la silla practicando una torpe postura del loto, soba, besuquea e interrumpe continuamente a los desconcertados invitados e incluso se cae al suelo. Pueden mirar el vídeo en internet[2]. Como los cerdos, Fernando Arrabal no tiene desperdicio.

¡Hablemos del milenarismo!

Las palabras «milenarismo» y «quiliasmo» (del griego «quilioi», que significa «mil») derivan de los «mil años de reinado de Cristo» que anuncia el Nuevo Testamento en el Apocalipsis, un período que comenzará después de que el hijo de Dios arroje al Diablo y a la Bestia a un estanque de azufre; todos aquellos, vivos o muertos oportunamente resucitados, que hayan adorado a la Bestia, recibirán el mismo tratamiento. El Diablo es el mal, la Bestia se identifica con el poder del Estado romano en el texto atribuido a San Juan[3].

Pero a mí me explicaron que el milenarismo fue una tremenda crisis social que vivió Europa en los lustros previos al año mil. La Iglesia calentaba la cabeza a los “analfabetos campesinos del medievo” para decirles que,cuando llegara el año 1000, Cristo regresaría entre nosotros para poner a cada uno en su sitio. En realidad, el milenarismo fue una corriente mesiánica de origen oriental que han difundido unos pocos expertos de la Iglesia desde el lejano siglo II basada en un fragmento del Libro delas Revelaciones. Poco que ver con el año mil, y aún menos con el tan anunciado «Efecto 2000», por el que nuestro maravilloso mundo tecnológico contemporáneo se tendría que haber derrumbado a causa de un error de software en cadena que colapsaría los ordenadores de todo el planeta la nochevieja del año 1999, un apocalipsis de silicio que nunca se produjo. ¿Quiénes son los ingenuos borregos que se creen los delirios de los intelectuales sabelotodo? ¿Las personas de la denostada edad media o la masa de ciudadanos obedientes, titulados y televidentes del presente? No hay pruebas documentales de que se produjera ninguna crisis social en las fechas previas a los años 1000 o 2000 por creer que todo se iría al carajo[4].

La utópica idea de que llegará un período feliz, de nada menos que mil años de duración, en el que el mal se esfumará de la faz de la tierra y los injustos recibirán su merecido castigo no es más que un narcótico espiritual infantiloide que se basa en la comodidad de no querer responsabilizarse de los propios actos o de los problemas de la sociedad en su conjunto. Si hago el mal recibiré mi castigo (quién sabe cuándo), y si acepto resignadamente el mal que ejerce la Bestia(el que ejercen los poderosos), ya vendrá Cristo a solucionarme la papeleta. Así que no es de extrañar que el milenarismo sea la base doctrinal en la que se han inspirado decenas de intelectuales de corte socialista. ¿Qué es el socialismo, sino la esperanza de una sociedad perfecta y feliz, una Nueva Era de Acuario? El predicador italiano del siglo XIII Fray Dolcino de Novara, la secta de los taboritas de Bohemia en el siglo XV, el predicador reformista alemán Thomas Müntzer en el siglo XVI, el socialista utópico británico del XIX Robert Owen… Todos ellos predicaron un mundo posapocalíptico, mejor y más justo; un nuevo milenio que, lejos de haberse instaurado, está más alejado que nunca.

Para millones de estadounidenses la Bestia del Apocalipsis se reduce al Partido Demócrata de Hillary Clinton y Joe Biden, y no al Estado y al capitalismo en su conjunto. Para muchos norteamericanos, aturdidos por la crisis y confundidos por los medios de comunicación y las redes sociales,el Mesías que nos va a salvar del Demonio es el repugnante multimillonario neoyorkino Donald Trump, tan sobrado de bienes materiales, como carente de ética. La teoría «QAnon» es el quiliasmo del siglo XXI, el nuevo milenarismo. Mientras la mitad de la sociedad norteamericana tiene fe en que la “vacuna” les va a salvar de una terrible epidemia, la otra mitad confía su destino al ya expresidente de los Estados Unidos de América. El delirio milenarista ha cruzado el charco y ha calado hondo en una minoría de derechistas muy activos en las redes sociales que difunden el absurdo QAnon, incluso después de que este se haya desacreditado por completo. Entre creencia y evidencia, han optado por la primera. ¡Qué decir de la bochornosa performance que fue el asalto al Capitolio! ¿Cuántas veces han detenido al papa Francisco? ¡Más que al Lute! ¿Cuántas veces se ha desplegado el ejército norteamericano en el viejo continente para derrotar a las fuerzas del «Cabal»?Más veces que durante la Segunda Guerra Mundial…¿Qué pasa cuando reaparece Francisco en los medios de comunicación? Que es un holograma. O un robot. O un montaje de vídeo. Cualquier excusa es válida para seguir creyendo que el sistema vale la pena, que no todos los poderhabientes son malos, que los ejércitos salvan a los ciudadanos y que los individuos no tenemos que mover un dedo para luchar por nuestra libertad, que para eso ya está el nuevo Cristo redentor, gordo, rico, de color naranja y escaso cabello alborotado.

El mal es una elección que está en todos nosotros. La sociedad ideal solo existe en la imaginación de los comerciantes de sueños. Las personas tenemos que responsabilizarnos de nuestras vidas, tomar la iniciativa y combatir con determinación por la consecución de una sociedad más libre y más justa, luchar con insistencia para aplastar a las instituciones estatales y acabar con la concentración de riqueza que poseen oligarcas como Trump. Una lucha que no tiene fin y que no gozará del apoyo de ningún político, de ningún ejército, de ningún Cristo salvador. Solo contaremos con el apoyo de nuestros iguales a través del trabajo comunal y el servicio al prójimo.

Guerra al poderoso y, tomando prestadas las palabras de Fernando Arrabal, también me manifiesto por un «Apocalipsis del amor»[5], del amor por nuestros iguales.

Antonio Hidalgo Diego


[1] Extraordinario escritor norteamericano que se dio a conocer en Europa después de comparecer borracho en un debate de la televisión francesa del programa Apostrophesen 1978, espacio en el que profirió todo tipo de barbaridades al moderador y a los contertulios. https://vimeo.com/112695637

[2] Arrabal en El mundo por montera: https://www.rtve.es/alacarta/videos/personajes-en-el-archivo-de-rtve/milenarismo-fernando-arrabal-mundo-montera-1989/2135585/

[3] Apocalipsis 20:2-7: «2 Y apresó al dragón, la serpiente de antaño que es el Diablo y Satanás, y lo ató por mil años. 3 Y lo echó al abismo y echó llave y selló la cerradura, para que dejase de engañar a las naciones hasta completar los mil años, al cabo de los cuales ha de ser soltado por un tiempo breve. 4 Entonces vi tronos y a los que estaban sentados en los mismos, y les fue concedido juzgar. Vi también las vidas de los que habían sido decapitados por testificar de Jesús y por la palabra de Dios, y de todos los que no se han postrado ante la Bestia ni ante su representación, ni han aceptado el sello en la frente y en la mano. Y estaban vivos y reinaban juntamente con Cristo durante mil años. 5 Los otros muertos no estaban vivos, no hasta que se cumplieron los mil años. Esta es la primera resurrección. 6 Bendito y santo es quien participa en la primera resurrección. Sobre estos la muerte segunda no tiene potestad. Al contrario, son sacerdotes de Dios y del Ungido y correinarán con él esos mil años. 7 Y cuando se cumpliesen los mil años, había de ser soltado Satanás de su prisión».

[4] El medievalista de la Universidad Complutense de Madrid José Ignacio Ortega Cervigón afirma en su artículo El mito milenarista en la Europa medieval: «Los ‘terrores del año 1000’ son una etiquetación posterior, introducida en el plano de lo excepcional y de lo intelectual (…) No hay, pues, rastro apocalíptico ni milenarista en los escritos oficiales; las bulas pontificias, los anales y las biografías guardan también silencio (…) La historiografía decimonónica afín al romanticismo difundió, durante la primera mitad del siglo XIX, una visión distorsionada sobre la llegada del año mil». www2.uned.es/temple/milenarismo.htm

[5] «Apocalipsis» significa «desvelar», «quitar el velo». Ya es hora de deshacernos dela venda que tapa nuestros ojos, que nos impide ver a nuestros iguales y que nos hace tener ojos solo para admirar a los poderosos.

Detrás del espejo

¿Qué ocurrió en el Capitolio de EE. UU el seis de Enero?

Si nos atenemos a la información de los medios generalistas de información fue un golpe de estado, una profanación del “templo de la democracia” realizada por unos malos malísimos (Donald Trump), ante unos buenos buenísimos (JoeBiden), que, simplificando mucho, la derecha y la izquierda.

Al unísono, la mayoría de los gobiernos del mundo salieron a la palestra apoyando a las instituciones estadounidenses.

¿Nadie cuestiona esta reacción-interpretación? ¿Nadie expone los intereses ocultos que implica esta información? ¿Nadie ve el paralelismo, guardando las distancias, entre las imágenes del Capitolio y las imágenes de las Torres Gemelas? ¿Su poder de manipulación emocional-político sobre el pueblo?  ¿Pensamiento único?

Un golpe de Estado: tomar el gobierno con violencia generalmente por militares o grupos armados. Nada de esto existe en las imágenes del asalto al Capitolio, sino todo lo contrario. La policía abría las barreras para que la gente pasara, la mayoría no portaban armas y apenas hubo violencia. Todo lo contrario. Hubo cuatro muertos. Solo sabemos que uno de los asaltantes, una mujer retirada del ejército, murió por impacto de bala en el cuello. ¿Quién disparó? ¿Fue una ejecución? ¿Cómo y quién son los otros tres muertos? ¿Acaso no tiene importancia? ¿Si la mujer muerta hubiera sido negra, que hubiera pasado?.

Templo de la Democracia. Aquí entramos en la religión. En el Fundamentalismo Democrático. Todo lo que lleve la pegatina de Democrático es bueno, justo, imparcial, el bien general… y  ¡ay de aquél que ose criticarlo pues caerá sobre él todo el peso de la ley¡ Todo es cuestión de creencias, actos de fe… cuando los hechos, la historia te dice todo lo contrario.

Veamos. Grecia, Roma, Monarquía Medieval, Imperios Orientales y Democracias Occidentales. ¿Qué es lo que tienen en común? Pues que, en todas ellas, quien gobierna es una minoría sobre la mayoría. En cada época con una forma de gobierno diferente, pero esencialmente todas iguales.

Y ¿en qué se diferencian? Pues en que las primeras para explotar al pueblo se necesitaba la fuerza bruta, osea el ejército, y en la democracia apenas se necesita al ejército, pues con un buen lavado de cerebro casi es suficiente. La Democracia es la forma de gobierno que se ha dotado la clase dirigente para subyugar a la clase explotada. ¿Exagero?

¿La democracia actual, la ha traído el pueblo o la clase dirigente que ganó la segunda guerra mundial?

Repasemos la historia. La Democracia actual nace en EE. UU, cuando las colonias, a través de una guerra, en la que varios españoles tienen un papel destacado, se separan de la metrópolis. Los Padres Fundadores querían una República, no una Democracia. Eran los ricos, terratenientes, industriales de la época…. y encima masones, que se dieron cuenta que con la Revolución Industrial la esclavitud ya no era necesaria, el trabajo asalariado (un nuevo tipo de esclavitud) les era más rentable, por eso realizaron la Guerra de Secesión (el Norte contra el Sur). Razón muy diferente a la que nos contaron en la escuela, abolición de la esclavitud.

Se impone el Este contra el Oeste. La ciudad Industrial burguesa (Este) contra la Ruralidad Comunal (Oeste). La conquista del Oeste no fue solo una guerra contra los Indios, sino también una guerra contra su propio pueblo.

Sus ganas de expandirse, colonizar otras tierras… crea una mentalidad de pueblo escogido por Dios para llevar la libertad al resto del planeta. Crean el “Destino Manifiesto”. Que lo mantienen en la actualidad con unas mil bases militares a lo largo y ancho del mundo. Esto explica las excelentes relaciones con el estado de Israel, “otro pueblo elegido por Dios.” (1)

Todo para ocultar su afán Imperialista, su afán de someter a otros pueblos, su afán de apoderarse de sus materias primas, su…

Después de su participación en la segunda guerra mundial, pues la ganó Rusia, ellos intervinieron cuando los alemanes ya la tenían perdida. Se repartieron el mundo. Para Rusia el este de Europa, para EE.UU. la parte occidental y para Francia e Inglaterra el continente africano.

En Europa occidental impusieron la Democracia, en realidad quien la impuso fue el ejército americano, y crearon los partidos políticos a su conveniencia, sobre todo los partidos democratacristianos y en Italia en colaboración con la Mafia. Y no les tembló el pulso en mantener la dictadura franquista en España solo por intereses geoestratégicos: contención del comunismo.

Siendo esta la Génesis de la “Democracia”, a cuento de qué viene tanto “adorarla” como si fuera la solución de los problemas del pueblo explotado. Es más, ¿qué país del mundo, con un gobierno “Democrático” ha solucionado los problemas de la clase obrera?

Una vez que hemos establecido de dónde venimos, vamos a ver qué ha pasado actualmente en EE.UU.

Existe un sistema bipartidista, muy singular. En estas elecciones, en números de votos, las gana Trump. Pero va a gobernar Biden.

En las anteriores gana Hilary. Pero gobierna Trump.

¿Un hombre un voto? Cada territorio tiene un número de representantes delegados. El que gane se los lleva todos.El que pierde no se lleva ninguno.

Como hay estados muy poblados, estos tienen muchos representantes delegados. Hay otros casi desérticos, estos tienen menos representantes delegados. Dándose la paradoja de que con ganar en unos cuantos estados muy poblados obtienes la mayoría de representantes delegados que son los que eligen al presidente de gobierno. Pero pueden tener menos votos totales que los que han perdido. Todo muy democrático.

¿Quién es Trump? Un representante de la clase dirigente.

¿Quién es Biden? Otro representante de la clase dirigente.

¿Alguien me puede explicar, esas teorías que corren por ahí, que dicen que Trump es Bueno y Biden es malo? Los dos son nefastos.

No obstante, entre la guerra existente entre facciones capitalistas podemos analizar la actuaciónde cada una de ellas.

Trump es ultraliberal. La economía es lo primero. Bueno, que los números cuadren. Caiga quién caiga. Y lo estaba consiguiendo, si no es por la pandemia, los números les hubieran cuadrado. Y los muertos en el armario. Hay quienes lo defienden diciendo que es bueno porque no ha comenzado ninguna guerra. Es una verdad a medias.

Ha aumentado el presupuesto militar como ningún otro presidente.

Mantiene abierto Guantánamo.

Posiblemente ha matado al dirigente militar iraní, poniendo en peligro la paz (ficticia) en Oriente Medio.

Ha aceptado Jerusalén como capital de Israel, aumentando la posibilidad de guerra.

Ha amenazado con invadir Venezuela, confiscando (robando) los capitales estatales venezolanos en el extranjero.

Mantiene el Embargo sobre Cuba.

Vamos, lo que se dice un presidente Bueno.

Biden es socialdemócrata. Pura imagen. Te explotan y encima quieren que les pongas buena cara. Por ello han atraído a sus filas a todos los “marxistas culturales”, la izquierda actual, pues sin ella serían imposible tales logros. Les importa tres pepinos su nación, su economía. Son internacionalistas, pues les da lo mismo pertenecer a un imperio que a otro. Pues a ellos mientras les paguen les da igual. EE. UU, China, Rusia….

Los que los defienden dicen que estos son los buenos. Veamos sus acciones.

El tándem Obama-Biden ha sido el que más guerras ha comenzado: Afganistán, Irak, Libia, Siria…

Golpe de Estado en Ucrania.

Los que más kilómetros de muro fronterizo han construido.

Los que más emigrantes han deportado.

Golpe de Estado en Honduras.

Sus Universidades con sus Ideologías marxistas culturales, son un cáncer que se extiende por todo el mundo.

Ideología de género, feminismo, racismo antiblanco, relativismo moral….

Vamos, lo que se dice un presidente bueno.

Vemos que, en su guerra por el poder, perdón, digo en sus elecciones, hay acusaciones de fraude electoral ¿Sorprende? Analizándolo pienso que sí. Y es lógico, pues gente tan amoral no pueden actuar de otra forma.

En concreto, unos veinte Fiscales de veinte estados diferentes, elevan una acusación de fraude al Tribunal Supremo. Este se pone de perfil y no entra a investigar el posible fraude.

¿Es esto, independencia de poder Judicial? ¿Dónde están los que dicen que los jueces de dicho tribunal, por ser elegidos a perpetuidad, son libres? ¿No será todo lo contrario? Son corruptos a perpetuidad. Poder absoluto, corrupción absoluta.

¿Qué se estaba dilucidando en ese momento en el Capitolio? Pues certificar o invalidar la victoria de Biden. Había varios estados que iban a presentar la invalidación de los resultados. Si, por este proceso se hubiera retrasado la convalidación de la victoria, el día veinte de enero no podría Biden tomar posesión de la presidencia.

Con un millón de personas en la calle, qué fácil es manipular a las masas en una dirección u otra. Osea, este follón, puede favorecer, tanto a Biden como a Trump.

Otra cosa que me llama la atención. Que a todo un presidente de EE.UU., Twitter, Facebook, Instagram, le corten su comunicación con el pueblo (redes sociales) da que pensar.

¿Quién manda en EE.UU.? ¿El Gobierno o las grandes corporaciones?

De buenas a primeras, salen informaciones, diciendo que New York, Virginia… van a mandar miles de soldados de la Guardia Nacional para mantener el orden en Washington D.C.

Aquí nos están mintiendo descaradamente, pues Washington D.C., es como la City de Londres, como el Vaticano. Son estados independientes dentro de otro estado. No tienen competencia para ello. La “pela es la pela” y esta se protege muy bien.

Si no fuera porque hay que conocer al enemigo para poder vencerlo algún día, diría que: “Con su pan se lo coman”.

  Jorge Martin González


(1) Recomiendo leer el libro de Dana D. Nelson de título: DEMOCRACIA COMÚN. Política de participación en los primeros Estados Unidos. Con el brillante prólogo de Félix Rodrigo Mora y Esteban Vidal.