El problema del capitalismo no está en el consumo sino en la producción

En la conferencia de Belgrado de 1975 se pusieron las bases fundacionales de lo que hoy conocemos por Educación Ambiental, cosmovisión que ha sido instituida por los lobbys y las élites en el poder para adecuar la imagen y la mentalidad que la gente tiene en relación al medio ambiente de la modernidad, el que el propio modo de producción capitalista está destruyendo.

Hoy, organizaciones ambientalistas y ecologistas, ministerios y currículums escolares en todos sus niveles, centros turístico-ambientales y de interpretación de la naturaleza y resto de organizaciones vinculadas al consumo del medio natural, repiten las maldades del actuar humano que no se adapta a la agenda ambientalista. El autoodio antihumanista.

Según estas, el ser humano común, cualquiera de nuestros familiares o paisanos, es enemigo de la naturaleza, vive a costa de ella, la maltrata y la degrada, es consumista acerrimo, derrochador y contaminador, no recicla, es maltratador de animales (excepto si los posee como mascota), y su falta de “ética ambiental” está poniendo en riesgo a especies y ecosistemas, además de fomentar como no, con el uso del vehículo a gasoil, el cambio climático.

Para contrarrestar toda esta deriva de la gente común, la educación ambiental tiene como objetivo crear conciencia (es decir, adoctrinar desde arriba) para que los seres humanos se adapten al capitalismo, se sometan al poder de los de arriba y sobre todo, si es el caso, se sientan culpables de ello. Estos postulados ultracapitalistas y antihumanos no toman en cuenta que:

– La responsabilidad de los actos de destrucción no se los pueden atribuir de igual manera a todos los humanos, menos aún, a quienes consumen por encima de quienes producen los principales daños. Los seres humanos tenemos en la sociedad capitalista diferente estatus; están los que mandan y están los mandados. Las tesis ambientalistas se dirigen a los segundos, bajo la genérica “los seres humanos” lo cual además de injusto es erróneo, incluso abiertamente perverso. No tiene la misma responsabilidad quien manda cavar la fosa y quien la cava, más si esta es para que descanse el cuerpo de quien la cava. No y mil veces no.

En lo fundamental, el mundo que conocemos como Modernidad Capitalista es obra de quienes ostentan y han ostentado el poder, el poder de mandar sobre el resto. Ellos son quienes han diseñado el modo de producción que destroza la singularidad humana y natural, y son ellos quienes han diseñado los múltiples maquillajes para cargarnos la losa del consumo, del consumo de la basura que ellos han ordenado fabricar. Son ellos y ellas las responsables de la deriva que está tomando este mundo, mandantes y dirigentes, cómplices y colaboradores, que con su poder de mando sobre el trabajo ajeno, su capacidad de mandar, determinan qué, cómo y bajo qué condiciones se produce, con la connivencia, colaboración y participación activa de todas las instituciones de representación ajenas a la voluntad popular, al pueblo.

– El problema principal del capitalismo no es el consumo desenfrenado, es la producción desenfrenada y la obligación de producir a la que están sometidos los súbditos (bajo el yugo de la ley, los impuestos y el adoctrinamiento obligatorios) y a costa del beneficio y el incremento de poder de los gobernantes. Sin embargo, la producción contiene dos caras complementarias, lo que ellos producen para nosotros y lo que nosotros hemos dejado de producir por nosotros mismos, o en otras palabras, nuestra dejación de responsabilidades en relación a la reproducción de nuestras vidas para delegar en la modernidad industrial el devenir de todo cuanto debería ser quehacer nuestro.

La agenda 2030 y los postulados ambientalistas desean acabar de imponer la sociedad del control total, en la que la producción esté a cargo de la gran empresa capitalista, la tutela militar y el control fiscal a cargo del Estado, y la conciencia de la gente vendida al entretenimiento y a la informaciónchorra. Para ello, se requieren las megalópolis con sus amplias zonas verdes donde a pesar de ello predomina el cemento y el megacontrol digitalizado, y las zonas naturales de consumo donde ir a hacer algún tipo de deporte-entretenimiento y calmar si es el caso, las ansias de suicidio. Para ir de un lado a otro: vehículos eléctricos “cero-contaminantes”, ya sean coches alquilados o trenes de alta velocidad y por supuesto, nada de petróleo (tal y como estipulan los mandamases del Foro Económico Mundial).

Si el Foro de Davos ha determinado que en el futuro cercano no seremos propietarios de nada, es porque el Estado y la gran empresa serán propietarios de todo, de cada rincón de tierra, de cada pedazo de nuestras almas. En una encuesta realizada por la Fundación BBVA, se indica que, en lo que llaman España (está a la cabeza), el 76% de las personas encuestadas cree que “el Estado debe tener la responsabilidad principal de asegurar que todos los ciudadanos puedan gozar de un nivel de vida digno”. Siendo esto así, significa que tres cuartas partes han definitivamente abandonado la responsabilidad de cuidar de sí mismos y de las personas que aman.

La derrota moral está servida. La material, es solo una consecuencia de ello.

Frente a esto, solo nos queda tomar en nuestras manos la producción, la producción de aquello que necesitamos para vivir, no de aquellos artefactos que la modernidad ha creado para hacernos la vida supuestamente más fácil. Quienes no somos parte de ese 76% somos una vanguardia que no estamos dispuestos a claudicar moralmente y tampoco lo haremos, a pesar de las dificultades, en el plano material. Debemos reapropiarnos de la decisión de vivir en tanto que humanos y no en tanto que productos del Estado y de la modernidad. Debemos tomar las decisiones pertinentes para enfocar nuestras vidas (al menos parcialmente, al inicio) hacia la producción, hacia producir con nuestras propias manos y con las de nuestros iguales, aquellos bienes materiales que necesitamos en nuestra cotidianidad; y situar en lo más alto de nuestras convicciones morales, el acto libre de crear, de amar, de trabajar, de sostenernos por nosotros mismos.

Huelga decir que esto es solo una parte de un proyecto de transformación que tiene que ensalzar y recuperar la práctica comunal, mediante la reapropiación de los bienes comunales expropiados por el Estado y una afirmación anímica comunalista, en el camino de una economía moral o comunal que ponga fin al funesto modo de producción capitalista, en cualquiera de sus versiones, estatal-socialista o estatal-liberalista.


Cada cosa que hacemos con nuestras propias manos, que creamos, que producimos, es el poder queles hemos quitado a quienes deciden por nosotros qué dejamos de hacer con nuestras propias manos.


Gorkha

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