El veganismo engaña, contamina y mata

“El paradigma que nos pide que rechacemos la muerte nos proporciona sin duda un código ético sencillo, un código que reúne a los rectos, pero que representa el pensamiento en blanco y negro de un niño pequeño.”

Lierre Keith

Voy a empezar por el final: el veganismo es la negación de todo lo que promete, ni es sostenible, ni es saludable, ni es una opción éticamente responsable. Más bien al contrario.

Hace no tantos años ser vegano suponía transitar por una senda desconocida para la mayoría, mientras que hoy día se está consolidando como una opción atractiva, por un motivo u otro, por una fracción de la población urbana. A su vez, una parte de ésta desanda el trayecto que le condujo a privarse voluntariamente de todo producto de origen animal, ya sea mediante un abandono reflexivo o, más frecuentemente, debido a problemas de salud[1].

No sería justo obviar que una parte de quienes hacen el esfuerzo de alterar sus pautas de alimentación convencionales en esta dirección lo hacen desde la buena voluntad, y es de agradecer que decidan actuar en base a sus valores. Sin ir más lejos, un servidor decidió hace años acercarse al movimiento por este motivo, y hoy pretendo que este texto sea un paso más hacia la superación del actual sistema de producción de alimentos, destructivo, insano e inmoral.

Quizá la mayor mentira vertida por el veganismo sea que es una forma sostenible de alimentar seres humanos. Esto es falso porque depende de una de las facetas más terribles que adopta la devastación ambiental: la agricultura. La agricultura (convencional o ecológica) que destripa los suelos y los abandona a la erosión; que inunda el entorno de tóxicos perniciosos para humanos, fauna y flora; que deseca los ríos, manantiales y acuíferos a la vez que demanda obras faraónicas que devastan el territorio para irrigar sus campos; que es incompatible con el bosque y necesita talarlo alterando el régimen de lluvias y destruyendo el hábitat de la mayoría de la fauna silvestre;que saliniza irreversiblemente los terrenos sobre los que se asienta; que demanda cantidades ingentes de petróleo y otras materias primas contaminantes, ya sea directamente o para la fabricación en grandes industrias de la maquinaria, las herramientas, los fertilizantes y los fitosanitarios; y, sobre todo, que concentra la propiedad en pocas manos, despoblando el medio rural, y conoce algunas de las formas más atroces de explotación laboral.

Poner en marcha un cultivo agrícola impone la necesidad de destruir el entorno antes existente, normalmente un bosque, cuyos árboles y arbustos han de ser talados, y los animales que en él se cobijaban y logran sobrevivir deben desplazarse a territorios más propicios. A continuación, es preciso roturar el suelo, acción que se repetirá año tras año, donde se acabará con la vida de cientos de roedores, conejos o liebres que habitan en las madrigueras del lugar, así como con millones de insectos y otros invertebrados. El uso de insecticidas, herbicidas, rodenticidas y otros plaguicidas se torna fundamental, ya sean convencionales o ecológicos, eliminando buena parte de la fauna del lugar ya sea directa o indirectamente. Muchos de los animales hacia quienes no se dirigen estos químicos, como jabalíes, corzos, ciervos o conejos deberán ser controlados igualmente, pues de otra manera comprometerían enormemente los cultivos. La cosecha es también un factor grande de mortalidad, y no es extraño descubrir en las lindes de los caminos amasijos de pelo y huesos de animales que han sucumbido bajo las aspas de una cosechadora.

Tampoco es inocuo para muchos animales el acto de empacar la paja en fardos una vez se ha cosechado el cereal, ya que es el lugar que perdices o codornices escogen para resguardarse.

Dicho esto, quien crea que su simple adscripción a la ideología vegana es capaz de evitar el sufrimiento animal o la devastación medioambiental yerra profundamente. Incluso en sus formas más respetuosas, la agricultura supone y demanda la eliminación de un gran número de animales (y plantas), y si quiere renunciar al empleo de combustibles fósiles (para, en este caso, fabricar fertilizantes químicos)ha de emplear estiércol, para lo que es necesario que exista la ganadería.

El veganismo no podría haber reunido seguidores de no ser por el alejamiento que se da entre quienes habitan en la urbe y el medio natural, y de esta manera ignoran la insoslayable norma que exige que para que unos vivan otros deben morir. Ignoran igualmente el funcionamiento del sistema productivo que abastece los supermercados de los que extraen sus alimentos. Por otro lado, el veganismo no es sino la forma que tiene un sector urbano de relajar su conciencia ante su indisposición a adquirir un compromiso real con los animales y el medio ambiente, ya que hacerlo supondría la renuncia a ciertas comodidades y actividades que practican cotidianamente, por ejemplo, la misma vida en las ciudades.

Adoptar un “estilo de vida” vegano es la píldora mágica que algunos urbanitas necesitan para pasar por alto lo derrochador, ineficiente, destructivo, expoliador y egoísta de su existencia en la ciudad.

El veganismo exige cumplir una simple norma, “no uses productos de origen animal”, que promete pretenciosamente a quien la obedezca la superioridad moral de quien se ha hecho un guardián del planeta y un amigo de los animales con la sencilla solución de cambiar ciertos hábitos de consumo.

No en vano, la feroz negativa de buena parte del movimiento vegano de adoptar un compromiso vivencial para la superación del actual régimen decadente de producción de alimentos lleva a acumular en sus filas un alto número de fanáticos. Así, la persecución, el enfrentamiento, el insulto, el chantaje y la amenaza son herramientas muy frecuente en la sección más degradada de esta corriente[2].

Las directrices que promulga el veganismo son a veces claramente ridículas y dañinas. La fórmula que proscribe el uso de todo producto animal exige la eliminación de, por ejemplo, todo derivado de la actividad apícola. La miel probablemente sea el edulcorante natural menos agresivo con el medio, de hecho, la apertura de una explotación apícola supone un gran beneficio para el entorno. En su lugar, el veganismo promueve el cultivo de la caña de azúcar, del ágave o de otros productos que demandan ser cultivados, con el consiguiente perjuicio que genera la actividad agrícola, además del transporte y la transformación industrial en la mayoría de casos.

Es más, si un agricultor escoge complementar su explotación con unas cuantas colmenas, deberá aplicar un gran cuidado al aplicar los pesticidas de rigor, dado que las abejas son un insecto muy susceptible a estos y los acusan especialmente.

Por otro lado, la cera o el propóleo son una atractiva alternativa a otros productos industriales y farmacológicos contaminantes, finitos y costosos energéticamente.

Tratar de comparar a una abeja con un ser humano y otorgarle su sentido del dolor, su necesidad de libertad o su conciencia como ente individual es un nefasto antropomorfismo[3]. La abeja no es comparable, en ninguna de las facetas mencionadas, con un ser humano, puesto que su realidad vital es tajantemente distinta. Ésta es la colmena, y el sentido de su vida es el de proteger, criar, pecorear o copular, según su asignación genética.

Atribuir a un animal aspiraciones humanas es una crueldad aberrante de quienes dicen amar a la naturaleza, pero no la comprenden ni en lo más básico.

No es mi intención defender la ganadería intensiva, como más adelante desarrollaré, pero es necesario comprender que no es la única alternativa a la agricultura pese al limitado espectro que esbozan quienes publicitan el veganismo. Para ellos, sirve la escueta fórmula que asegura que producir un kilo de carne animal supone un gasto de “16 kilos de cereales, 20.000 litros de agua y la energía equivalente a 8,3 litros de combustible”[4] , por lo que animan a ingerir el cereal y ahorrarse el coste de producir un nuevo alimento a partir de él.

Esta frase admite muchas variantes, pero es una constante en la justificación del modo de vida vegano. Todo lo que afirma es cierto, siempre y cuando enfrentes dos realidades que deberíamos rechazar: la agricultura convencional y la ganadería industrial. Además, obvia que es irreal que un ser humano se alimente exclusivamente de cereales, pues su salud se resentiría rápidamente, y el veganismo admite y habitualmente consume otros tantos productos mucho más exigentes en agua y abonos que el cereal[5].

Si esta misma operación sustituyese la ganadería intensiva por la extensiva, mediante la que son aprovechados los pastos, el agua de los ríos o los frutos de los árboles y arbustos, para luego ser devueltos al territorio del que salieron vía micciones y excrementos, el veganismo sufriría una dramática pérdida de seguidores.

El veganismo es bien acogido por ciertos sectores poblacionales sencillamente preocupados por la salud. Hoy es una variante dietética más que muchos “profesionales” de la nutrición venden dada la enorme demanda que tiene por los deseosos de milagros a bajo coste.

Personalmente desconfío de que haya tantos nutricionistas como dietas distintas. Hay gurús para dietas carnívoras, cetogénicas, vegetarianas, veganas, bajas en grasas, bajas en carbohidratos,frugívoras, etc.

Hay que ser muy cuidadoso y crítico a la hora de plantearse cualquiera de estas dietas, e ignorar a quienes justifican su consejo con el argumento de autoridad, esto es, poniendo por delante su interminable lista de títulos académicos y cargos profesionales. Como muchos nutricionistas plenos de diplomas y reconocimientos defienden dietas radicalmente opuestas, prefiero prestar atención a quienes basan sus propuestas en la experiencia, en vez de en teorías e hipótesis, ya sea adquirida a través de sus pacientes o del estudio antropológico.

Un libro de enorme valía es “Nutrition and Physical Degeneration. A comparison of primitive and modern diets and their effects”, del doctor Weston A. Price. El autor, odontólogo estadounidense, decide llevar a cabo una investigación alrededor del globo hacia los años 30 del siglo XX, sobrecogido por el incremento de las enfermedades dentales que observaba en su consulta. Su estudio consiste en comparar poblaciones que mantienen un estilo de alimentación premoderno con aquellas que ya ingieren alimentos procedentes de la industria moderna.

De este periplo deja constancia gráfica a través de multitud de fotografías, donde muestra una salud dental generalmente impecable para los nativos alimentados a la manera tradicional, mientras que aquellos que la habían abandonado salen bastante mal parados al ser cotejados. Se suelen considerar poblaciones genéticamente relacionadas.

Sus conclusiones llegan más allá al, por ejemplo, advertir una escasa o nula incidencia de la tuberculosis en los nativos suizos que mantenían su estilo de vida, cuando esta enfermedad mermaba poblaciones modernizadas del país. Similares son los resultados para la malaria, disentería, tifus o fiebres producidas por garrapatas en distintas poblaciones africanas.

El doctor Price prestó especial atención a la dieta, y la describió para cada una de las poblaciones. A pesar de buscarlas, fue incapaz de encontrar ninguna comunidad que se alimentara exclusivamente de plantas. De hecho, los alimentos mejor valorados por todas ellas eran los procedentes de animales y ricos en grasa, siendo muy importantes las vísceras animales.

Algunos de ellos, como los esquimales, se alimentan exclusivamente de alimentos de origen animal, exhibiendo una vigorosa salud. Para su visita al continente africano asegura que la salud es superior en las tribus pastoras o cazadoras, siendo algo inferior la de las tribus agrícolas, aun consumiendo también estos animales en su dieta.

El conocimiento adquirido es puesto a prueba en su consulta, donde alcanza muy buenos resultados.

Su investigación dio lugar a una fundación que ostenta su nombre, a partir de la que se puede seguir profundizando en el asunto.

Lierre Keith, en su imprescindible libro “El mito vegetariano”[6], relata su desgarradora experiencia, que le hizo abandonar el veganismo por una exigencia corporal. Su fanatismo había llegado a tal punto que mantuvo durante unos 20 años un estilo de alimentación que llegó a producirle daños irreversibles en su salud. En sus propias palabras: “lo que consiguió abrirse paso a través de la estructura de mi fe fueron la enfermedad y el agotamiento”.

Fueron dos décadas lo que le costó a Keith darse cuenta de que el veganismo la estaba destruyendo, y fue así porque esta ideología se convirtió para ella en una religión, situación compartido por multitud de veganos actuales: “Estos vegetarianos no buscan la verdad sobre la sostenibilidad ni la justicia. Solo buscan los hechos específicos que respaldan su ideología y sus identidades. Y aquí es donde una opinión política se convierte en religión, desde el punto de vista psicológico, donde el que investiga busca la confirmación de sus creencias en lugar de un conocimiento activo sobre el mundo”.

La reincorporación de alimentos animales fue determinante para su salud, lo que comenta en su obra, junto con una valiosa investigación dietética al respecto.

No es extraño que para mucha gente llevar una dieta vegana sea una opción razonable. Siempre se nos ha dicho, sin que comprendamos muy bien por qué, que buena parte de nuestra alimentación ha de corresponder a frutas y verduras, o que no hay que excederse con las grasas animales ni la carne roja. Los titulares de multitud de noticias anuncian que consumir carne es cancerígeno, produce diabetes, aumenta el colesterol que obstruye nuestras arterias, y un largo etcétera. Por su parte, la pirámide nutricional cada vez arrincona más los productos de origen animal.

Con este panorama, adoptar una dieta que evita todo aquello que potencialmente nos mata no es en absoluto descabellado.

Sin embargo, la experiencia vegana prueba que esto no es así, que en la mayoría de los casos quienes han sido veganos demandan en un momento u otro retornar a una alimentación que incorpore alimentos de origen animal, y en todos ellos precisa el consumo de suplementos. Una dieta basada en vegetales necesita, como poco, la suplementación con vitamina B12, y lo óptimo es añadir unas cuantas más, como las vitaminas liposolubles (A, D, E, K), difíciles o imposibles de conseguir en el mundo vegetal. Esto, que no suele ser discutido por los propios veganos, debería ser motivo de sospecha, pues supone admitir que es una dieta deficitaria.

Así las cosas, para quienes no optan por el veganismo, la carne se presenta como un veneno necesario en pequeñas proporciones, del que hay que huir cuando el colesterol asoma la patita.

No es mi intención entrar en este artículo en cuestiones técnicas, pero diré que hay una fuerte tendencia contraria a estos postulados, que arguye que el consumo de colesterol, carne roja, huevos o queso no son los causantes de las enfermedades mencionadas[7].

Por otro lado, otra cuestión que debería hacernos reflexionar es la semejanza de nuestro sistema digestivo con el de otros animales carnívoros, mucho más parecido al de, por ejemplo, un perro, que, al de un gorila, un chimpancé o, por supuesto, una vaca o una oveja[8].

Como he dicho, en la red existen múltiples testimonios de antiguos veganos que hubieron de abandonar la dieta vegana dado que su salud se resintió enormemente. Sin embargo, muchos deciden desatender las señales que les da su cuerpo y puede observarse en ellos un claro deterioro físico. Esto ha llamado la atención de toda una serie de usuarios de las redes sociales que deciden retratarlos en sus intervenciones[9].

También es interesante prestar atención a aquellos testimonios que aseguran grandes mejoras en la salud tras incorporar grandes cantidades de alimentos animales a su dieta, en ocasiones superando enfermedades crónicas graves. Tal es el caso de las YoutubersStrongSistas o EastCoastCreep. También de los personajes famosos Mikhaila Peterson o Joe Rogan.

Como he dicho anteriormente, pude experimentar por mí mismo los efectos de esta dieta en la salud. Para mí el veganismo nunca conllevó un convencimiento pleno, sin embargo, sí que adopté a rajatabla los hábitos alimenticios que propugna. Dejé atrás esta forma de alimentarme por una cuestión argumental, tras una investigación más profunda descubrí que estaba errado.

Si bien aún estaba convencido de que era una opción dietética bastante buena, también en esto estaba equivocado. Tras un mes de reintroducción de productos cárnicos adquirí unos cuantos kilos en forma de músculo sin alterar mi actividad física, gané en fuerza y resistencia, y me di cuenta de que las digestiones que realizaba durante mi etapa de alimentación exclusivamente vegetal eran pésimas.

Los testimonios de conocidos que han recorrido el mismo camino son similares o, incluso, más dramáticos.

Dicho esto, quien abrace el veganismo que sepa que no logrará con ello suprimir el sufrimiento y la muerte animal, ni alcanzar la superioridad moral, estar más saludable o terminar con el hambre en el mundo. Más bien al contrario, ahondará en un proceder que le cegará y le impedirá comprender el verdadero meollo del sistema productivo actual y, por tanto, le alejará de las posibles soluciones. Es más, les cerrará la puerta.

Quienes crean que virando la dirección de su consumo podrán hacer frente al modelo agropecuario actual y su destructividad inherente están (casi) por completo equivocados. Éste debe ser entendido en su abismal complejidad, y debe comprenderse en un sentido holístico, es decir, como parte de una realidad formada por elementos políticos, económicos, sociales, demográficos y culturales, entre otros.

Que a día de hoy la producción se realice de la manera en que lo hace, no obedece a un determinismo económico, tecnológico o social, por el que todas las sociedades tenderían a evolucionar hacia una agricultura como la actual. En realidad, este es el desenlace de un largo proceso en el que ha impuesto sus metas, estas son, la maximización de poder, el agente que principalmente regula la vida política de un país, este es, el Estado.

Paul Roberts, en su importante libro “El hambre que viene”, desgrana los muchos movimientos a través de los que los Estados regulan la actividad agraria, en función de sus intereses y en base a una estrategia interna.

A pesar del supuesto debate sobre si es apropiado un libre mercado o una intervención económica estatal, la agricultura está atada en corto por el Estado, ya sea mediante subsidios, políticas arancelarias o control indirecto sobre el mercado. La producción es controlada por el Estado enteramente, y los movimientos en pos de liberalizar o regular más el mercado agrario no son sino medidas destinadas a cumplir con los objetivos impuestos por el mismo, según sus intereses coyunturales, para cumplir su objetivo invariable, acumular mayores cotas de poder.

Y por esto es que hoy la agricultura es destructiva y augura un mal futuro, algo imposible de ocultar ya. Por eso usa masivamente la tecnología, aun cuando la eficiencia que le proporciona es escasa[10], por eso demanda cantidades ingentes de químicos y maquinarias[11] y por eso una solución eficaz demanda una transformación política y económica profundas y, por tanto, una transformación del individuo.

El veganismo, como mucho, le permitiría al Estado pertinente mejorarse y prolongar un tiempo más su decadente forma de producir alimentos, si en algún momento la producción agrícola disminuyese a un punto en que no fuera posible seguir cebando a la ganadería intensiva. Sin embargo, esto no evitaría el sufrimiento animal, pues muchos animales seguirían siendo triturados en beneficio de la producción agrícola, incluso más puesto que paulatinamente será necesario intensificarla más para obtener el mismo beneficio, tampoco supondría un mayor reparto del alimento mundial, pues esta es una decisión política[12].

Lo que sí hace el veganismo, al ocultar los principales factores de devastación ambiental, es alinearse con el poder estatuido, cercenando una posible movilización popular que fuera capaz de restaurar los ecosistemas y recuperar la soberanía política que permitiera orientar la producción hacia otros valores que no fueran la voluntad de poder, como la búsqueda de la libertad, de la verdad, de la convivencialidad o de la belleza.

El movimiento vegano, al presentarse como una iniciativa “revolucionaria”[13], que viene a liberar el planeta de la devastación ambiental, el sufrimiento animal o el hambre de otros seres humanos, miente descaradamente. Pero no sólo eso, además degrada a todo sujeto que cautiva, convenciéndole de que ha de dirigir su energía militante a esta empresa, privándole de reflexionar sobre los pasos que habrían de conducir a un movimiento revolucionario popular para la superación del actual régimen de producción de alimentos, de tiranía política, de atomización y solipsismo, de devastación ambiental generalizada o de ausencia de libertad de conciencia y debate, por citar algunas.

Si hoy el veganismo se resume en cuatro consignas refutadas y aun así está ascendiendo es por la sencilla razón de que produce cuantiosos beneficios monetarios y políticos para influencers, celebridades, periodistas, investigadores, profesores de universidad y otros agentes cercanos a las estructuras de poder y mimados por él. Además, el Estado sale beneficiado al promoverlo de distintas maneras, simplemente por tratarse de un debate que genera confrontación popular y le rodea de una horda de sujetos desconsolados que le claman mendicantes una solución al problema.

El Estado, gran promotor de la ganadería industrial, una actividad inmoral, despilfarradora, ineficiente y económicamente aberrante[14], es a la vez quien impone una normativa destinada supuestamente al “bienestar animal”. Así, crea el problema y a la vez se cubre de gloria al prometer tener la llave de su solución. Sin embrago, estas leyes lo único que logran es desplazar cada vez más a los ganaderos dedicados a las pequeñas explotaciones en extensivo, muchos verdaderamente preocupados por los animales, las montañas, los pastos, los ríos y el aire que inhalan.

La ganadería industrial surge de la necesidad de cada país de liberarse de sus excedentes agrícolas, o de controlar y supervisar escrupulosamente las actividades productivas del mismo. De esta manera, además, niega la soberanía alimentaria de los pueblos y los condena a la dependencia de la industria, asunto que el veganismo no acostumbra a considerar.

Por tanto, si el día de mañana la producción agrícola sufriera una recaída, como advierte en su libro Paul Roberts, una factible solución para soportar mejor el declive sería el animar (u obligar) a la población a consumir mucha menos carne, o ninguna. Con esto el Estado en cuestión sería capaz de competir en la escena internacional durante un tiempo más, aunque no solucionar el problema, y lo que antes usaba para cebar vacas, pollos o cerdos, lo usará para cebar mano de obra.

Así las cosas, la solución pasa por entender el lío en el que estamos metidos, y pergeñar una propuesta atractiva de superación popular del orden actual.

Para terminar, presentaré una serie de propuestas que pueden ayudarse en este cometido:

En primer lugar, es necesario abandonar las ciudades[15]. Estos son auténticos agujeros negros improductivos que demandan enormes cantidades de energía y recursos para abastecerse. La población debe dispersarse en pueblos y aldeas, conectados mediante órganos de soberanía popular (asambleas) organizados en distintos estratos. La razón de ser de la ciudad no es otra que, una vez más la voluntad de poder, puesto que es donde se concentra el artefacto estatal mediante sus múltiples instituciones, y desde donde mejor se ejerce el dominio sobre la fracción popular.

Que los alimentos silvestres vuelvan a introducirse en nuestra dieta, puesto que es la única forma en que es posible la convivencia con los bosques, montes y ríos. Así, el cereal debe reducir su importancia en beneficio de la bellota[16] o la castaña. También deben consumirse hierbas, frutos o bayas silvestres.

Promover la ganadería extensiva, imprescindible en nuestros ecosistemas, que se ven indudablemente beneficiados con su presencia[17]. El animal disfruta de una vida digna, y además reduce las probabilidades de incendios, fertiliza y da vida al entorno, y transforma las malezas, hojas y hierbas en carne, huevos o leche, de una calidad a la que no aspiran otras formas de ganadería. Además, la ganadería extensiva es garantía de la buena salud del territorio natural[18], puesto que necesita pastos vigorosos, árboles que le alimenten con hojas y frutos, y que le cobijen durante el verano y el invierno o ríos que calmen la sed de sus integrantes cuando se hallan fuera de la cuadra.

Arrinconar las actividades agrícolas allí donde su práctica no es perniciosa, dado que hay terrenos en los que puede realizarse de manera sostenible. Sin embargo, su expansión frenética actual obliga a la realización de grandes obras para asegurar el regadío, como los embalses o los trasvases o a la roturación de suelos fácilmente erosionables.

También hay que recuperar los bosques, hoy mermados y sustituidos por especies poco apropiadas, como el pino, el chopo o el eucalipto. Se tiene que dar un proceso reforestador a gran escala, que asegura una revitalización ecológica a medio/largo plazo. Es esperanzador el “Proyecto Arrendajo”, al ser una iniciativa popular que establece la necesidad de esto que expongo.

Y lo más importante, todos, individualmente, debemos realizar un profundo trabajo reflexivo que nos permita comprender el funcionamiento, a todos los niveles y con una perspectiva integral, del mundo en que vivimos.Además de trabajar por construirnos como sujetos capaces de compartir, amar, combatir, sufrir, pensar, convivir o aguantar, pues estos son los ingredientes de los que ha de rodearse quien decide de corazón comprometerse con el planeta, el ser humano (como ente no solo fisiológico), la dignidad animal o la propia salud.

Diego Martínez Urruchi


[1] Merece la pena conocer el mundo de los influencers de este “estilo de vida”. Muchos obtienen la totalidad de sus ingresos de la promoción de suplementos y otros productos de origen vegetal, además del amplio número de visualizaciones que reúnen. Todos los años un número considerable de ellos reconoce que la dieta que defienden no es tan maravillosa como aseguraban, y se ven obligados a incluir de nuevo en ella carne, pescado, huevos o lácteos. Los más inmorales, aun así, no abandonan este rentable negocio. Los youtubers que cito a continuación, cuyos testimonios pueden encontrarse en la red, son una muestra de lo que expongo: Jon Venus, Vegana Dominicana, Rawvana, Sarah Lemkus, Bobby’sPerspective, KasumiKriss, EastCoastCreep, Alyse Parker, Gastrawnomica y un largo etcétera.

Entre los personajes mediáticos más populares también se da esta situación, algunos ejemplos: Angelina Jolie, Miley Cyrus, Jaden Smith, Samuel L. Jackson, AnneHattaway, entre otros.

[2] El revuelo que se crea cuando un vegano decide claudicar, normalmente por problemas de salud, es lamentable. El abandono suele saldarse con el ostracismo y el rechazo, además de con la acusación de ignorar una planificación correcta de la dieta vegana, lo que en la comunidad anglosajona ha llevado hasta la parodia la manida frase: “You did veganism wrong”.

Más allá del espectáculo, más de una vez quienes reivindican la ganadería extensiva como solución a este problema se han topado con amenazas de todo tipo. También ha originado problemas en colectivos autoorganizados asambleariamente, donde en alguna ocasión han optado por ignorar las decisiones tomadas por la comunidad. Los centros sociales son otro de los escenarios de su fanatismo.

[3] Según la RAE: “Atribución de cualidades o rasgos humanos a un animal o a una cosa.”

[4] “20 cosas que hace un vegano para sentirse mejor que tú”, diario ABC (28/12/2018) https://www.abc.es/familia/vida-sana/abci-20-cosas-hace-vegano-para-sentirse-mejor-201812280122_noticia.html?ref=https:%2F%2Fduckduckgo.com%2F

[5] Los productos hortícolas requieren grandes cantidades de agua, y a día de hoy el grueso de su producción en el Estado español se realiza en la “utopía ecológica” del sur peninsular conocida como el “mar de plástico”. Similar ocurre con la fruta. El aguacate, el tomate, el melón o la piña no entran en la sobada ecuación.

Por supuesto no contempla los nuevos productos veganos que se asemejan a productos de origen animal, sencillamente pseudo alimentos, artefactos industriales para los que necesitas mucha paciencia para leer la lista de ingredientes, y costosísimos material y energéticamente. Más adelante me referiré a ellos.

[6] El libro de Keith desmonta por completo el veganismo, y que no haya tenido más repercusión demuestra que las razones por las que este movimiento ha saltado a la palestra son ajenas a la búsqueda de la sostenibilidad o el amor por los animales. Si estos objetivos se desearan perseguir sinceramente desde el veganismo, este tendría antes que rebatir los argumentos esgrimidos por la autora. Sin embargo, esto desbancaría a quienes hacen de esta moda un negocio, ya sea mediante la publicidad o mediante puestos institucionales para promocionarlo. A pesar de un análisis de esta tendencia exquisito, y el importante aporte de algunas soluciones para la situación actual, Keith da palos de ciego al intentar explicar el origen y fundamento del actual sistema de producción. Sobre esto se hablará más adelante.

[7] Para más información, recomiendo el libro “¿Quiero ser vegetariano?” de la Dra. Natasha Campbell McBride, el sitio web https://www.diagnosisdiet.com/ de la Dra. Ede, “Cerebro de pan” de David Perlmutter o el propio libro antes sugerido de Lierre Keith.

[8] Además de la bibliografía otorgada, es interesante el siguiente vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=Yg0Ojxyc0PI&list=PL2KYBm2SJPfZZHEMRDJekGzQZqBbb9F2_&index=34

[9] Tal es el caso de canales de Youtube como “VeganDeterioration” o “VeganPhobic”. Una reveladora compilación es la serie de vídeos “Vegans: The epitome of malnourishment” del excéntrico youtuber Sv3rige.

[10] La cantidad de energía producida en forma de alimentos es bastante baja en comparación con la energía invertida para producirlos. Esta situación es así cuando la tecnología lo es todo en la producción y la fuerza de trabajo humana (o animal) es empleada en la industria y otros sectores económicos.

[11] Las fábricas que los producen son fácilmente transformables en industrias bélicas si estallara una guerra. “En época de paz la cantidad y calidad de las industrias de un país (en tanto que Estado) susceptibles de ser reconvertidas a la elaboración de medios de guerra otorga una parte decisiva del poder negociador poseído por ese país (Estado) en la esfera internacional, y es lo que le abre la posibilidad de hacerse con más y más influencia en todos los ámbitos”, en “Naturaleza, ruralidad y civilización” de Félix Rodrigo Mora.

[12] Según Paul Roberts en el libro mencionado, casi mil millones de seres humanos “no tiene garantías de seguridad alimentaria”, aun cuando se produce alimento de sobra para ellos.

[13] Así la considera Javier Morales Ortiz en su artículo “¿De qué hablamos cuando hablamos de veganismo?” (14/3/2021), incluido en la sección el caballo de Nietzsche del periódico elDiario.es.

[14] Pero no poco rentable. Si afirmo que la ganadería industrial es económicamente aberrante es porque sin la ayuda que el Estado le presta en forma de subsidios extraídos mediante su aparato tributario, sin las políticas mediante las que se adquieren productos baratos fruto de la esclavitud laboral, a veces infantil, de terceros países, sin medios energéticos poco sostenibles a largo plazo, y sin el permiso que el ente estatal le otorga para desmadrarse con los costes ocultos o externalidades (por ejemplo, la destrucción de los ríos) sin sufragarlos, sería imposible que existiera. Por esto, su finalidad no es el beneficio económico sino la voluntad de poder.

[15] Este asunto puede estudiarse en la parte final del capítulo “Las malas hierbas y el proyecto de una nueva civilización”, de Félix Rodrigo Mora, contenido en la obra “Bienaventurada la maleza porque ella te salvará la cabeza”.

[16] Para obtener más información sobre cómo aprovechar la bellota para la alimentación humana, consultar el libro “Manual de cocina bellotera para la era post petrolera” de César Lema Costas.

[17] Al respecto, se puede consultar la obra de Allan Savory, Joel Salatin, Pedro Monserrat Recoder o Jaime Izquierdo Vallina para empezar. O, lo que es mejor, acudir a escenarios donde hay ganadería extensiva y compararlos con donde no existe, lo imprescindible de esta actividad se hace evidente.

[18] Frente a quienes aseguran sin demasiadas pruebas que fueron los campesinos, pastores y otras gentes del mundo rural quienes devastaron los bosques, hay que señalar que los acontecimientos históricos más desgraciados en materia ambiental fueron las desamortizaciones, mediante las que el Estado expolió a los pueblos de sus bienes comunales y los desvió de sus usos tradicionales, la actividad bélica o las propias ciudades (pues conllevaron vigas para casas, carbón para calentarlas, el ferrocarril para abastecerlas o los embalses para suministrarles agua e higienizarlas). Todas estas atrocidades no fueron obra de la gente común, sino de la minoría poderhabiente organizada en el Estado.

3 respuestas a “El veganismo engaña, contamina y mata

  1. Cesar 17 abril, 2021 / 3:09 pm

    Los campos dedicados a dar de alimentar vacas y otros animales en explotaciones de la maxima crueldad, junto con los gases que producen sus excrementos -sin mencionar la enorme cantidad de quimicos sinteticos que les son administrados para aumentar la ganancia del mercadeo de animales- son la mayor causa del deterioro medioambiental. Pero lo mas preocupante es la vida llena de enfermedad que suponen a la humanidad. Por favor, reflexione

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