Alma dormida

La memoria que dejó el 15 M, aquel acontecimiento en el que algunos se levantaron o más bien se asentaron en la Puerta del Sol de Madrid para manifestar el descontento ante la situación socioeconómica del país, me ha generado otro recuerdo, una copla de Jorge Manrique: “Recuerde el alma dormida/avive el seso y despierte..” En esta y en otras coplas del gran poeta se asientan muchas de las cuestiones horadadas a fuego lento en el sentir de cada ser humano que estuvo, está y, aun sin querer, estará vinculado a los cambios que estamos viviendo desde aquel momento. Tal vez aquellos días que vivimos hace 10 años ya anunciaban el acontecimiento de hoy y, por qué no, la actualidad retumbará como recuerdo de almas que duermen o están despiertos en un futuro aledaño.

Fue tan rápido el surgimiento de aquello que durante los primeros días se desconocía la dimensión de lo que estaba sucediendo en  la festividad de Madrid, el día de San Isidro, el patrón de los labradores. Los noticiarios, aquellos que parecían tener las llaves de la oficialidad, de manifestar la realidad, comentaban que algunas personas se habían instalado con tiendas de campaña o sentado simplemente en el suelo de una plaza emblemática de Madrid, la Puerta del Sol. Y cada vez eran más y había reuniones de personas muy diferentes que hablaban sobre los problemas de la realidad  y en los medios de comunicación no había una cobertura partidista, probablemente porque no había por allí ni políticos, ni banqueros, ni intelectuales, ni artistas ni toreros. Ni un solo futbolista, ni nadie que saliera en la televisión. Solo gente que se parecía a nuestro vecino o a aquellas personas que te encuentras en el vagón de metro, porque no nos engañemos, aunque había hippies y alternativos, también encontrábamos a gente prototípica de un voto más centrista o conservador, y eso desconcertaba al principio, pero luego aliviaba, porque convertía el acontecimiento en una certeza, la de “estar juntos, siendo diferentes”.

A toro pasado, cada uno se embucha las consecuencias de aquel movimiento. Si rememoramos el modus operandi de los principales actores debemos remitirnos a aquella organización llamada Democracia Real Ya, que fue la detonadora de la creación de una acción que después se trasladaría a las plazas públicas del resto de ciudades y pueblos de nuestro país y de otros países de la UE. En este momento actual habría que preguntarse cuánto de espontaneidad hubo en aquello y cuánto de precesión y estrategia, por parte de aquellos que se beneficiaron.

No fue tan espontáneo como nos hicieron creer. Madrid era una ciudad hipersaturada de manifestaciones, concentraciones, marchas de trabajadores de todos los sectores (mineros, agricultores, ganaderos, joyeros, médicos, policías, educadores ¿cuántas profesiones existen que tengan cabida en un ministerio?) reivindicaciones y acampadas. Además, hay que recordar que era una ciudad que años antes había vivido una tragedia humana, el 11 M, –escogida y sentenciada, no fue aleatoria-  y que ya en ese momento, había experimentado un sentimiento colectivo, de dolor, sí, pero ya tenía en su memoria una experiencia de unión profunda que, históricamente, tampoco había sido la primera. Y de los trenes a la plaza, en un período de 7 años, casi una octava para proyectar una fuerza conjunta. Los trenes, símbolo universal del devenir de la vida, facilitaron una pausa para pensar, para detener un porcentaje de protagonismo a los votados en la supuesta democracia en la que vivíamos y ceder asiento a los verdaderos seres que habitan la tierra. Por un instante, por unos días, el ser humano era más humano, y eso calaba en el inconsciente colectivo como el agua del mar es capaz de ahondar en la arena, y hasta cambiar el paisaje si es necesario. Pero también podía ser un contrincante para aquellos que adoraban el sistema vigente, un actor que se presentaba sin ser invitado a una fiesta donde unos pocos disfrutaban y unos muchos servían.  Detrás había organizaciones que propiciaron lo que después se consideró un hito que abanderaron algunos como estandartes y adalides de un pueblo resurgido y que se enfrentaba, por fin, a un sistema opresor, el ogro que todo se lo come, el capitalismo –que en boca de comunistas podía sonar igual que una carcajada sin gracia- blandiendo pancartas que reclamaban un sistema democrático basado en asambleas y consensos, provocando que los ciudadanos se reunieron para pensar sobre el sistema que nos regía, para sentirse partidario y participativo de manera activa en decisiones que atañen a cualquiera.

Muchas cosas en Madrid pasan en el mes de mayo, habría que consultar a los astros,  pero claramente la sociedad fue viéndose afectada por lo que estaba sucediendo: muchos se mantuvieron al margen, pasivos y aceptantes de lo que los telediarios comentaban, pero se notaba cierta ola de “aires nuevos que auspiciaban una nueva energía”, parecía que aquello volvía a dotar a los habitantes de una conciencia de voluntarios, de seres con voluntad de acción, en pro de una mejor vida, de una manera de ser y estar más felices, y muchos se pasaban por la Puerta del Sol, lugar de uvas, encuentros, despedidas y kilómetro cero. Esa era la sensación, una oportunidad nueva, un partir de cero, como el kilometraje de las carreteras españolas, sin ser ombligo ni modelo de nada. Hospitalidad al poder.

El 15 de mayo se había convertido en pocos días en una confluencia del espacio-tiempo, en un movimiento que caracterizaría a las gentes en protagonistas, finalmente, de su propio modelo de vida, de ser decisores de cómo queremos vivir, dejando a un lado la política, tal y como la conocíamos, con un sistema de representantes que ya empezaban a adolecer de un anacronismo intelectual y burgués que ya dejaba ver el artificio teatral – corrupto, sombrío y satánico, en ese orden- en el que se había convertido y no conseguía que el público, es decir, los votantes, confiaran en el espectáculo como antes, aunque seguían haciéndolo.

En los medios de comunicación la cobertura era máxima. El proceso se había contagiado a Barcelona, Sevilla, a La Coruña, por todo el país e incluso se veían asambleas en pequeños municipios; parecía como si el ser humano hubiese despertado de un letargo y tomara las riendas de su sueño, dejando que la cooperación y el consenso asumieran un primer valor, el valor prioritario y esencial, por encima del yo soy de izquierdas o yo soy de derechas, tan manidos y que tantos festines de conflictos han alimentado a vete tú a saber quién.

Una vez más,cuán presto se va el placer/cómo después de acordado/da dolor, vuelve a cantar Manrique. Se han cumplido 10 años de aquello. Y, sin embargo, ¿quién se pregunta por qué San Isidro es patrono de Madrid? Me veo en la obligación de hacerlo, porque hay un peculiar paralelismo en todo esto. Isidro era un labrador que nació en un avanzado siglo XI y que, a pesar de ser denunciado por sus compañeros por vago, el patrono fue a ver si era verdad y descubrió que era un santo. Sí, mientras rezaba –algo que sus compañeros confundían con la inutilidad, por ignorancia y falta de espíritu, seguramente- los ángeles araban con sus bueyes, y además, tanto él como su mujer, la que hoy conocemos como Santa María de la Cabeza, fueron protagonistas de una devoción sincera y humilde. Después de muertos, ya podemos imaginar la historia: cuerpos incorruptos, milagros, lo típico. Y es que así se concibió inicialmente el movimiento del 15 de mayo, como un milagro incorrupto, angelical, inocente y puro.

Pasados unos meses y con el devenir de los acontecimientos, fue siendo exprimido y drenado social y políticamente. Fue controlado, como lo fueron los primeros cristianos, por un grupo que se erigió como representante de la disidencia y la indignación, y quiso vender la moto de cambiar el sistema desde dentro del sistema, cuando hoy en día sabemos que eso es imposible y que los cambios van por otro lado. En un corto período de tiempo dejamos de ver asambleas en barrios, pueblos y municipios porque fueron sustituidos por los mítines de un partido político que, curiosamente, había hecho suyo el lema de un conocido ex presidente estadounidense. Y alguno llegó a la presidencia de nuestro país.

Hoy aquello parece que fue mucho más lejano en el tiempo, pero creo que si San Isidro y Santa María de la Cabeza hubieran vivido en Madrid en estos tiempos habrían rezado por todos nosotros, mientras muchos que iban a los mítines de aquellos que se quedaron con la energía buena del 15 M les habrían denunciado por inútiles. Y ellos, tranquilamente, habrían entendido que en Madrid hay de todo, y que cada uno tiene su proceso y que la conciencia está donde el alma despierta. Vuelvo a nuestro poeta, ahora, “los ríos que van a dar a la mar/que es el morir”. Qué de cosas cambiarían si todos leyésemos a Don Jorge Manrique.

Nuestro poeta, que sabía muy el poder igualatorio de la muerte, me recuerda en algunos versos cuán confundido está aquel que habla de lucha de clases, porque está vendiendo una fisión. Ahora percibo con claridad que mencionar al pueblo es como tocar la fibra sensible a aquel que se siente parte de un estrato castigado y castigable de la sociedad, siempre la víctima, y siempre dependiendo de un Estado que todo lo puede, pero ojo, que esto fue y es una trampa intelectual. Hemos aprendido muchas cosas en estos años, aunque no todos han asistido a clase, y no todos se han enterado de la lección. Puede que ya sea tarde para algunos.

Hablemos de humanidad, y no de pueblo. Hablemos de conciencia, y no de política. El cambio no viene de que el Estado se gestione de otra manera, el cambio ya se ha dado, y solo aquel que está dispuesto a arriesgar, a pagar el coste, podrá hablar de Humanidad. El resto, puede que se encuentre todavía sentado con una pancarta en la mano.

Cristina Migallón Gallego

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