Editorial Nº 8 25-08-2021

No hay duda de que nos encontramos en un punto de inflexión para la Humanidad, un lugar en el que confluyen los buenos y los malos, los fuertes y los débiles, los ángeles y los demonios. Y en el medio de esa polaridad, que no es extraña pero sí explícita, nos ubicamos los seres humanos. Esa intermediación entre opuestos no se trata de una novedad, ni de un descubrimiento propio de forofos de la adrenalina, pero sí está sucediendo un acontecimiento singular, algo que caracteriza esta situación como un momento extrañamente paradójico: y es que los extremos del péndulo se tocan creando paradojas en nuestros pensamientos, en nuestras ideas, en nuestras creencias, y por qué no, también en nuestros recuerdos y proyecciones al futuro.

Los buenos pueden ser fuertes o débiles, igual que los malos que los hay feos y guapos, e incluso simpáticos, y podemos asumir que los ángeles y los demonios tienen algo en común, probablemente, que se alimentan del espíritu humano, ya sea para hacer bienes o males.

Durante este último mes tórrido y leonino donde los haya hemos observado que las paradojas se han ido aconteciendo unas entre otras, mezclándose en una barbarie de noticias que, como los coches de choque en las verbenas, se agolpan sin más intención que esa, la de golpear la tranquilidad de un mes que todavía conserva su cariz vacacional. Por ello, resulta inevitable extrapolar esos choques a nuestra burbuja personal, esa que habitamos, y que nos reconforta cuando no miramos al exterior con demasiado interés, con demasiado deseo, con un exceso por controlar la idea de que es el mundo el que debe estar equilibrado, aunque nosotros no lo estemos.

La paradoja es un concepto tanto de letras como de ciencias, ya empezamos por el lenguaje asociado, y es que viene definida como la coexistencia de dos términos o conceptos aparentemente opuestos. Ese rasgo de apariencia, esa ilusión de la realidad, es el velo que hay que rasgar entre choque y choque. No olvidemos que en la verbena sigue sonando la música y solo se detiene para descansar hasta el día siguiente, mientras la gente sigue comprando sus fichas para montar en las atracciones de la feria. Vivimos tiempos de feria, palabra que contiene dos significados compatibles: la de ser un mercado de compra-venta y la de celebración popular. Se trabaja y se festeja, qué paradoja, porque parece que no son actividades compatibles, sin embargo, cuando se crearon las ferias medievales, era lógica la celebración tras la actividad mercantil. Era un ritual que servía para cerrar el período comercial que permitía un intercambio de productos, una re-evolución de lo trabajado, invertido o cosechado.

Sin embargo, hoy en día las paradojas no tienen esa lógica ritualista de los acontecimientos naturales, no sirven para transmutar lo humano, para transitar el laberinto que acoge al héroe, tal y como expone Jaime Buhigas en su libro Laberintos.[1] Nos encontramos en un sumidero por el que se cuelan paradojas que invierten la realidad, hasta desdoblarla.

En los pasados juegos olímpicos de Tokio hemos comprobado cómo atletas transexuales competían en categorías que les correspondían por estado genérico actual pero no por la naturaleza con la que nacieron y, sin embargo, según quejas de algunas mujeres atletas no era justo[2]. ¿Será que aquello que se veía como beneficioso se tornará perjudicial?[3] Y no solo hemos asistido a esta controversia, sino que además, estos juegos de la competición en el olimpo de los dioses que descienden a la tierra nos hemos encontrado con ceremonias de inauguración sin espectadores, pero con mandatarios sospechosamente inmunes a lo que el común de los mortales parece estar expuesto; también hemos observado cómo lo normal es ser víctima y vencedor al mismo tiempo, por la proliferación de atletas que reivindican lo suyo con gestos y símbolos, como si los demás no tuvieran también sus cosas, sus peculiaridades, sus expectativas y sus pasados dolorosos.

Mientras transitamos la ilusión de la realidad, de la paradoja excesiva en los días calurosos de la feria, entre coches de choque, siempre algunos aprovechan para hacer sus compra-ventas en el mercado. Incluso establecen su chiringuito de verano, en el cual los personajes con bañador y cerveza son sustituidos por ministros con traje y carteras con doble fondo; los niños que corren entre las mesas y piden ir al agua son futuros tiburoncillos de la banca y ya apuntan maneras manejándose como peces en Benidorm, entre las instituciones internacionales y las nacionales; las mujeres que apoyan sus pies en la silla, con sombrero y gafas de sol, también se aparecen como aquellos individuos que esperan sentados su turno, su momento de gloria. En estos chiringuitos de verano de las compra-ventas de países, la modificación del clima, de ahora te atravieso un barco en un canal y ahora os toco las narices hasta que me dé la gana, no hay alegría de agosto. No tenemos más que atender a la gran proliferación de noticias que se han publicado sobre acuerdos políticos que podrían ser susceptibles de que los votantes se quejaran y pidieran la devolución de su voto. Entre decretos y acuerdos del Gobierno sobre concesiones a Cataluña[4], las zambullidas de la ideología de género en la educación -creando asignaturas adoctrinadoras o inventando unas matemáticas que deban incluir sí o sí este tema, porque el gobierno lo dice, no porque sea un tema esencialmente matemático- o permitiendo, cual cómplice deshonesto y desprovisto fríamente de una conciencia social, una subida histórica de las tasas en el recibo de la luz.

Así que mientras la realidad se distorsiona y se retuerce en un sumidero por el que se cuelan los valores más esenciales, y con ellos los derechos y deberes de todo hijo de vecino, la feria sigue con sus luces y sus sombras, con ese ruido de verbena, entre lo mecánico y la música alegre, los placeres de los dulces, pero, sobre todo, los coches de choque han aumentado sus golpes. Del mismo modo, las informaciones de unos y otros, ya sea por la verdad, por el bien común o por la libertad, se enredan en las experiencias de cada individuo, de cada lectura, de cada conversación.

Con este escenario tan ruidoso, tan perturbador, ¿cómo guiarnos para conservar la cordura y llegar a buen puerto? Esa es la pregunta cuya respuesta ha de darse en estos tiempos. Agosto es un mes sin leyes, así que hemos de acudir a algo esencial, algo que esté por encima y por debajo de todo: el sentido común. Es lo único que resuelve cualquier paradoja, esa vacuidad de la certeza. Hemos de recordar y practicar el sentido común, como el mayor de los sentidos, para el cual no hace falta tener estudios con título, ni viajar lejos para encontrar el tesoro de oriente, ni es necesario competir con nadie, solo hemos de ubicar la certeza. Y el sentido común puede instalarse en todas las parcelas vitales, desde el amor al prójimo, al intercambio de productos, la justicia interna, la medicina, el trabajo de la tierra, la relación con nosotros mismos o la educación. Abarca toda la vida, sin chiringuitos de playa malsanos, sin la ubicación del poder más allá del acto consciente de uno mismo. Eso no quita para que no haya coches de choque que a veces necesitemos para rasgar ese velo de la realidad. Podemos volver a la verbena cada noche, en el universo que queremos vivir, en el que cada uno baile con su sentido común. Y que la feria siga su curso.

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[1] Buhigas Tallón, Jaime. Laberintos. Ed. La Esfera. (2013, Madrid)

[2] Atletas transexuales en competiciones deportivas: la controversia (infowod.com)

[3] Las atletas dicen basta: no quieren competir con transexuales – Aceprensa

[4] El Gobierno pacta por sorpresa con Cataluña invertir 1.700 millones en el aeropuerto de El Prat | España (elmundo.es)

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El Comunal o la Renta Básica Universal (RBU)

El progresismo estatólatra está obsesionado con que la gente común reciba una renta incondicional con la que pueda cubrir sus necesidades básicas, o en otras palabras, pueda hacer lo que le de la gana con una cantidad mensual de dinero ingresada en su cuenta bancaria. Esa es la libertad por la que abogan: la de recibir dinero y gastarlo en lo que a uno le venga en gana. Con otras palabras. Vivir del cuento. Vivir un cuento de miseria en el que quienes ostentan el poder y la riqueza lo seguirán ostentando, mientras la cultura de las migajas sirve para hacer más pasivas y dependientes a las clases populares. Más animales, menos humanos.

El liberalismo estatofílico tiene una posición contraria a esta medida, ya que según ellos, cada cual debería competir en un teórico mercado libre, con su fuerza de trabajo y creatividad, sin la caritativa renta estatal. Falacia capitalista que proporciona el mismo resultado que el anterior: sometimiento por la vía de la acumulación de unos pocos para dominar la voluntad de los muchos.

Bien, todas estas propuestas utópicas son antes que nada indeseables y después irrealizables. Son indeseables porque se implantan desde arriba, neutralizan las capacidades humanas para su libre desarrollo en el acto creativo del trabajo libre y anulan la voluntad del individuo. La RBU solo es posible con un Estado todo poderoso en el que la persona es solo un animal que debe sobrevivir materialmente al margen de su libertad, que para nada sirve. Ser sumiso y dependiente de la renta estatal, del imperio de la ley (el que algo quiere, algo le cuesta).

En lugar de entregar rentas incondicionales dinerarias (donde el uso del dinero es solo secundario), la sociedad popular altomedieval se dotó de un fantástico sistema universal de apoyo mutuo: el Comunal. Este sistema se basó en la apropiación comunitaria de las tierras y los medios de producción, instaurando el usufructo universal para todos los vecinos y vecinas de una población determinada. Es decir, la gente se entregó a sí misma un sistema de justicia redistributiva para poder garantizar la reproducción de la vida de todos los vecinos, con la condición de que debían trabajar con sus propias manos y medios para lograr su subsistencia. Se instauró así el TRABAJO LIBRE UNIVERSAL, donde nadie es más que nadie, donde el concejo de los vecinos libres establece las normas de uso de los bienes comunes que garantizan el acceso libre para todos. Propiedad comunal, trabajo universal, libertad individual.

En la sociedad tradicional, mientras ha dominado el ente popular, ha primado el Comunal junto con las instituciones de auxilio, cofradías, fraternidades y todo un conjunto de asociaciones para el socorro y el apoyo mutuo. Además, cabe reseñar que la sociedad Comunal ha sido ante todo una sociedad del amor y los cuidados, de la ayuda y el esfuerzo desinteresados, de la preservación y la sostenibilidad en actos, del conjunto de la naturaleza y de las relaciones afectivas para con los iguales. La sociedad contemporánea del mercadeo, de las pagas y subvenciones, no puede decir lo mismo: en ella todo se compra y se vende, desde los derechos de emisión de CO2 hasta los criados que “cuidan” de nuestros ancianos.

El espíritu de comunalidad ha sido la mejor garantía para que todo el mundo pudiera producir y cuidar libremente, al contrario de la RBU que pretende universalizar el consumo. Universalizar el consumo (la pasividad) frente a universalizar la producción (la actividad), esa es la gran paradoja del obrerismo contemporáneo frente al comunalismo altomedieval. En el modelo liberal, la única salida para los desposeídos es ser esclavo-salariado de quienes ostentan el poder y la riqueza, esa es su condena. Por eso frente al modelo liberal el Comunal es la garantía de que todo el mundo pueda vivir dignamente y desarrollarse económicamente, todo lo que pueda acaparar con su trabajo y el de sus iguales, nunca a costa del trabajo de los demás.

¡No a la Renta Básica Universal!
¡Sí al Comunal! ¡Sí al Trabajo Libre Universal!

Gka

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Proyecto para la formación de Comunidades Integrales Revolucionarias

Este Proyecto se publica de manera gratuita y desinteresada a conciencia. Incluso, se podría afirmar que ponerle un precio sería minusvalorarlo. Además, la intención es que este escrito llegue al máximo número de personas posible.

La naturaleza del Proyecto en sí es ante todo preparatoria. A pesar de que contiene una fracción importante de elementos prácticos, su esencia es inspiradora. Pretende estimular un nuevo movimiento histórico de carácter comunitario-colectivista. Pretende servir como fase previa necesaria, en la cual se reflexiona y planea cómo se puede materializar hoy día una revolución comunal, del amor, e integral.

En la historia universal, y en la nuestra peninsular, tenemos diversos ejemplos  de revoluciones similares; que han inspirado en parte esta obra. Ergo lo que se expone en ésta no es nada especialmente insólito ni original.

Con el propósito de analizar dichas revoluciones, así como suplementar este Proyecto, un servidor decidió elaborar un Prefacio extenso que lo complementara; el cual he elaborado junto a Félix Rodrigo Mora.

Así que de manera paralela, debido asimismo a su profusa extensión, el Prefacio y este Proyecto se han publicado conjuntamente como libro en papel bajo el título Vida comunal y transformación. La Comunidad Integral Revolucionaria.

Mas el Proyecto por sí mismo contiene numerosos ingredientes inspiradores. Suficientes para proyectar desde ya la constitución de esa vida comunitaria que tanto precisamos.

Puesto que, como se argumenta en este escrito, es la vía más factible para transformar el mundo; y, por ende, para salvarlo de la catástrofe.

José Maenza

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¡Disparen¡ ¡Es una orden¡

Unos ganaderos cántabros andan a la greña porque las instituciones del Estado han decidido cargarse un puente que para ellos es imprescindible para poder llevar a cabo su labor y mantener su sustento. El Estado evalúa una situación y dicta una orden en función de su propio interés estratégico, que siempre resulta ser inhumano, insensible y tan contrario al interés general, como al particular. Al obediente contribuyente no le queda otra que emplear la máxima del ‘ajo y agua’: a joderse y aguantarse. O no, pero pasa muy pocas veces que los damnificados se atrevan a plantar cara, como han hecho unas pocas mujeres y hombres del rural del norte de la Península, ancianos en su mayoría, que han tenido la osadía de salir al encuentro de la Benemérita armados con varas y provistos de un volquete con el que han conseguido impedir la demolición de su necesario puente. No podemos pasar por alto que el Estado da las órdenes, pero que quienes las ejecutan con frialdad y obediencia son los miembros de las fuerzas de seguridad. ¡A mandar!

Tanto me inspiró el ejemplo de dignidad y valentía de los ganaderos de Serdio por emprender una acción de resistencia tan poco común, como me indignó el comentario que escuché en televisión proferido por una psicóloga peliteñida que prestaba sus servicios como opinóloga en una de las docenas de tertulias que la televisión nos ofrece.

¿Puede haber en el siglo XXI un oficio más indigno, más grosero, más dañino, más servil, lisonjero y cobarde que el de los secuaces contertulios de la caja tonta? Ingenieros de la opinión, expertos de la nada, voceros del poder, estos inútiles bien pagados repiten como loros los dictados de sus benefactores, mientras engañan e insultan a los incautos con sus clericales sermones para el adoctrinamiento de las masas. La misión de la psicóloga oxigenada era la de dar un estirón de orejas a los vaqueros cántabros: ¿qué culpa tienen los pobres agentes de la Guardia Civil para tener que sufrir en sus carnes, uniformes y coches patrulla la furia de los iracundos montañeses?, ladraba la estúpida opinadora.

Lavrenti Beria fue jefe de la NKVD, la sanguinaria policía secreta de Stalin. Además de ordenar miles de detenciones arbitrarias, trabajos forzados en gulags, torturas y ejecuciones, Beria mató con sus propias manos a no sabemos cuántas personas, participaba activamente en las torturas de los prisioneros sospechosos de oponerse al régimen soviético y tenía como principal afición la de

ordenar el secuestro “legal” de mujeres y niñas con las que el político abjasio se encaprichaba y a las que acababa violando y golpeando en su palacio de Moscú. Beria es tristemente conocido por ordenar la Masacre de Katyn, en la que 22.ooo polacos fueron ejecutados por el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos de la URSS en la oscuridad y el silencio de los bosques de la Rusia occidental durante la primavera de 1940. Las víctimas eran prisioneros de guerra, funcionarios del Estado polaco y civiles.

No se sabe demasiado de la vida de ‘Blojin’, solo que era el jefe de verdugos de la Lubianka, la prisión moscovita cercana al Kremlin en la que la NKVD torturaba a los prisioneros políticos. Blojin tiene el despreciable récord de haber sido la persona que ha matado a más seres humanos, uno a uno, en un menor lapso de tiempo, a lo largo de la historia. Fue enviado a Katyn para que se encargara de la ejecución de miles de prisioneros polacos. En solo 28 días, consiguió matar a

7.000 personas con una pistola Walther alemana, un arma cuya procedencia pretendía evitar que la historia responsabilizara a los soviéticos de semejante crimen contra la humanidad. Blojin ejecutó con un tiro en la nuca a unos 250 prisioneros polacos en cada una de las noches que pasó en el bosque de Katyn.

¿A santo de qué viene semejante cambio de tema? En relación a lo siguiente: ¿quién es más responsable de sus criminales actos, el que da la orden o el que la ejecuta? ¿Beria o Blojin? ¿El Ministerio de Transportes que ha ordenado el derribo del puente de Serdio sin que haya previsto su sustitución o los agentes de la Guardia Civil que cobran unos

1.500 euros al mes a cambio de hacer realidad la voluntad de poder del Estado? ¿Está justificado emprender una lucha contra la policía si los que toman las decisiones trabajan en un despacho de la capital?

La psicóloga de la tele lo tiene claro: los policías son seres de luz, inocentes y sin mácula; funcionarios profesionales que se limitan a hacer su trabajo; son solo herramientas que no piensan, no toman decisiones ni cuestionan las órdenes que deben acatar. ¿Cómo vamos a criminalizar del asesinato de Julio César a las dagas que acabaron con su vida? ¿No serían más responsables de la muerte del dictador romano los senadores que conspiraron contra César y le asestaron las 23 puñaladas? Tal vez el Ministerio se haya equivocado, admite la contertulia, pero, según ella, en ningún caso el ganadero Carlos tenía derecho a envestir con su vehículo la barricada de la Guardia Civil. Este asunto me recuerda al de todos estos criminólogos y aficionados que se lamentan de que el triple crimen de Alcàsser se cerrara en falso con la detención y condena de un chivo expiatorio, al mismo tiempo que exculpan de toda responsabilidad a la Guardia Civil, la institución que hizo posible tan abominable mentira de Estado.

Yo siempre pensé que los malos, los grandes criminales de la historia, son, efectivamente, aquellos que dan las órdenes, los que planean los crímenes, los que detentan el poder sobre los pueblos y los individuos, los Stalin, Hitler, Franco, González, Bush, Obama y compañía. Que los que las ejecutan son malos también, pero que su nivel de responsabilidad es, a la fuerza, menor. Y eso pensaba hasta que escuché en un vídeo al norteamericano Mark Passio, el de la ley natural, asegurando que no es así, que los principales responsables de cualquier crimen político son aquellos que lo cometen, los brazos ejecutores, los que terminan el día con las manos manchadas de sangre. ¿Quiénes son más responsables de lo que está ocurriendo? ¿Gobernantes, jueces y legisladores?

¿Alto Estado Mayor del Ejército? ¿Responsables de la OMS? ¿Ejecutivos de las multinacionales farmacéuticas? ¿Sus accionistas? ¿Bill Gates? Según la teoría de Passio, deberíamos culpar de lo que está ocurriendo a científicos fabuladores, médicos y sanitarios

que aconsejan y colaboran, practicantes que pinchan, periodistas que mienten, policías que multan, madres, padres y profesores que consentimos que los niños consuman sus horas respirando sus propios desechos.

Militares y guardias civiles se rigen en base al concepto de ‘obediencia debida’, así que sus acciones nunca pueden ser objeto de responsabilidad legal si han sido ordenadas por una instancia superior. Este concepto legal se basa en el ‘principio de autoridad’, propio de regímenes e instituciones jerarquizados y antidemocráticos, así que se contradice con el llamado ‘principio de juricidad’ propio del estado de derecho o imperio de la ley que debería regir los Estados pomposamente autodenominados “democráticos”: los actos tienen que ser legales en todo caso; la ‘obediencia debida’ no exime al ejecutor de sus actos criminales. Ciertamente, bloquear un puente con un coche patrulla no es un delito, pero sí asesinar a 7.000 personas en un mes o poner en práctica políticas sanitarias ordenadas por el Ministerio, aun a sabiendas de que éstas, lejos de protegernos, afectan y afectarán gravemente la salud de los pacientes. ¿El médico de cabecera debe seguir el protocolo que le dicta el Ministerio de Sanidad o debe proteger la salud de sus pacientes en base a su dignidad personal y en obediencia al juramento hipocrático que ha realizado?

La televisión apela a la ‘obediencia debida’ para eximir de toda responsabilidad a los trabajadores del Estado, todo lo contrario que hicieron en 1945 los magistrados de los juicios de Núremberg cuando decidieron anular esta argucia legal y condenar con severas penas a unos cuantos criminales de guerra nazis. Mientras que los agentes de la Guardia Civil quedan excluidos de la categoría ‘seres humanos’, en tanto que se les niega la capacidad de tomar decisiones morales por sí mismos, anulando su libre albedrío y cosificándoles como meros instrumentos, los oficiales nazis fueron elevados a la categoría de sujetos libres por los tribunales de Núremberg alegando que pudieron desobedecer las órdenes de personajes como Adolf Hitler o Reinhard Heydrich, pero no lo hicieron. El sistema de poder altera a su antojo sus propios principios jurídicos en función de sus necesidades temporales, sean éstas proteger a sus matones o escarmentar a sus enemigos.

La filósofa Hannah Arendt escribió su excelente obra Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal en 1963. Arendt nos demostró que Adolf Eichmann, el oficial de las SS que dirigió la logística del transporte de cientos de miles de judíos a los campos de concentración y exterminio alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, era responsable de este genocidio, al margen de que aludiera al ‘principio de obediencia debida’ en el tribunal de Jerusalén que le acabó condenando a la horca después de un secuestro ilegal llevado a cabo por agentes del Mossad. Eichmann afirmó en el juicio que no era racista, que no era antisemita, que no era un ferviente nacionalsocialista, que nunca había matado a una mosca, que desaprobaba la decisión final, que se limitaba a hacer su trabajo obedeciendo las órdenes de sus superiores y que si él no lo hubiera hecho, se lo hubieran encargado a otro. Y, probablemente, el miembro de las Waffen SS decía la verdad. Eichmann suplicaba por su vida alegando que no era un sujeto, sino un instrumento de la maquinaria criminal nazi, una sola pieza del siniestro engranaje. De poco le sirvió, pues si el Estado de Israel ordenó la captura en Argentina del criminal de guerra alemán, fue con la intención de acabar con su vida y vengar a sus víctimas; el veredicto del juez estaba decidido antes de que comenzara el juicio. Seguramente, Adolf Eichmann no hubiera podido detener el genocidio negándose a participar en el mismo, pero si el obersturmbannführer consiguió mantenerse sereno en el cadalso mientras le

ceñían la soga al cuello fue porque, en su fuero interno, sabía a la perfección que era responsable directo de la matanza de cientos de miles de inocentes.

En un estado de derecho, la ‘culpa’ se impone solamente a aquellos individuos que incumplen la legislación vigente, así que la culpabilidad de un sujeto se reduce a un simple elemento jurídico vinculado a los requerimientos de los Estados. Mientras el asesino que mata a cien enemigos en la guerra será considerado un héroe, un humilde trabajador que no pueda hacer frente al pago de impuestos podrá ser multado o acabará con sus huesos en la cárcel. La ley establece la culpabilidad de los actos al margen de la moral, de lo que está bien o lo que está mal. ¿Es ‘moral’ vacunar a decenas, cientos o miles de personas con un brebaje experimental que genera graves efectos adversos a corto plazo, e imprevisibles a medio y largo plazo? No, pero es legal, está remunerado y socialmente bien visto.

Antaño, la ‘moral’ estaba regida en base a criterios religiosos, distinguiéndose así de la legalidad. Actuar conforme a los principios morales impuestos por la Iglesia era hacer lo correcto, desde ‘no matar’, a no tener pensamientos impuros, pese a que los pensamientos erótico-festivos no podían ser sancionados por las leyes. La religión es el aparato ideológico que permite prevenir la transgresión de los tabúes, es un mecanismo tradicional de los poderhabientes para que las personas se comporten conforme a sus propios intereses. Al igual que ocurre con la ‘ley positiva’, los preceptos religiosos establecen la diferencia entre lo que está permitido y lo que está prohibido. Más que ser buena persona, el beato meapilas se caracterizaba por ser un individuo sumiso y obediente con el poder establecido.

John Adams ya nos advirtió que la falta de fe propia de los individuos de la modernidad occidental desencadenaría en una sociedad inmoral, como la que ha permitido y fomentado los crímenes de las dictaduras del siglo XX, como la que ha justificado el lanzamiento de las bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, como la sociedad que ha olvidado ya el genocidio de miles de ancianos en las residencias dependientes del Estado español en marzo de 2020. Dos antiguos, Aristóteles y Cicerón, desvincularon el bien de los preceptos religiosos al referirse a la virtud cívica como objetivo de toda ética individual: nuestros actos siempre tienen que responder al deseo de que prevalezca el bien común, lo que es mejor para toda la comunidad. Unos siglos más tarde, el renacentista Maquiavelo separó la ‘ética’ de la ‘ciencia política’ cuando aconsejó a los príncipes de Europa que todas sus decisiones de gobierno debían responder a la satisfacción del interés individual del gobernante, centrado en la conquista y mantenimiento del poder. El fin justifica los medios.

Mucho más interesante resulta el concepto de ‘imperativo categórico’ formulado por Immanuel Kant. El ser humano solo es un sujeto libre cuando tiene la suficiente libertad de conciencia y de acción como para poder ejercer su ‘autonomía de voluntad’, es decir, el libre albedrío de toda la vida. Solo nosotros somos responsables de nuestros actos, y éstos pueden ser buenos o malos. Nosotros decidimos. Yo añadiría que son buenos cuando se hacen por amor, y no por voluntad de poder; cuando no le imponemos nada a nadie; cuando nuestro interés particular no ocasiona un perjuicio a los demás. Para Kant, la práctica del mal es una opción, pero la práctica del bien es una obligación, un ‘imperativo categórico’ decidido por uno mismo en cada una de nuestras acciones diarias. Lejos del motivante lema new age ‘puedes conseguirlo si te lo propones’ que cantaba el músico de

ska jamaicano Desmond Dekker, Kant apuesta por la frase ‘Debo porque puedo’. Es el deber moral el que debe guiar todos nuestros actos.

La práctica del mal está asociada inextricablemente al ejercicio del poder. El mal tiene como fundamento obtener ventajas personales a costa del perjuicio ajeno, así que el mal es una práctica cotidiana, necesaria y fácil para aquellos que “disfrutan” de un puesto de gran capacidad en la toma de decisiones. Mis inclinaciones pueden ser perversas, pero mi capacidad para llevarlas a cabo está seriamente limitada. En cambio, el directivo de una empresa que explota a sus asalariados, el gobernante que restringe las libertades de sus súbditos o el oficial del ejército que ordena las matanzas puede, con una simple orden, imponer su voluntad a costa del esfuerzo o de la integridad física y moral de sus víctimas; sus subordinados se encargarán de ejecutar sus deseos para que el poderoso no tenga que ensuciarse las manos; el rango en la escala jerárquica otorgará al maléfico poderhabiente la impunidad necesaria para que los damnificados desistan de ejercer su derecho de revuelta o de venganza.

Si el poder es el mal, ¿cómo es posible que obedecer sus leyes y preceptos religiosos (si los hubiere) nos convierta en bienhechores? No podemos obrar con bondad si obedecemos las órdenes o satisfacemos la voluntad de las minorías con poder. El que da la orden es tan detestable como aquél que la ejecuta.

En una sociedad vertical, estatista y capitalista como la nuestra, donde las relaciones entre los individuos son en mayor medida relaciones de poder, el mal se ha convertido en una especie de obligación cotidiana. El bien, en contra, ha pasado a ser una rareza excéntrica y contraproducente, un acto revolucionario y antisistema; la práctica del bien, igual que el lince ibérico, está en inminente peligro de extinción. ¿Qué te puede ocurrir si, a pesar de nadar contracorriente, decides haces el bien? Puedes perder tu trabajo. Puede que te pongan una multa o no puedas coger un avión. Puede que tus amigos, familiares y vecinos te den la espalda. Puedes acabar en la cárcel, en un campo de concentración o bajo tierra.

Lo más probable es que te vaya mejor si haces lo incorrecto. Hace ya muchos siglos que Sócrates nos advirtió de que el bien es el camino correcto, pero no es precisamente el camino más fácil: ‘es preferible padecer la injusticia que cometerla’, afirmó el sabio ateniense. Hay cosas que son mucho más importantes que nosotros mismos. Para los ganaderos cántabros hubiera sido más fácil resignarse y lamentar la decisión de los altos funcionarios del Ministerio de Transportes; hubieran podido implorar al Estado y a sus medios de comunicación para que les construyan un nuevo puente, a saber cuándo. Pero optaron por el combate, por asumir riesgos en defensa de su dignidad, la misma dignidad de la que adolecen las herramientas del poder que hacen realidad las consignas de los altos funcionarios del Estado, tanto los guardiaciviles que bloquearon el puente, como la colaboradora televisiva que cuestiona la acción de los valientes vaqueros de Serdio. Los guardias civiles optaron por obedecer, la contertulia por decir lo que se esperaba que dijera. Hacer el mal es tan fácil como no querer meterse en problemas.

El poder es una ficción que se representa a través de la mentira y de la coerción. ¿Unas pocas personas nos pueden dominar, a todos y cada uno de nosotros? Solo a través del engaño y, cuando éste ya no funciona porque ha sido desvelado, nos dominan por la fuerza de las armas, unas armas que empuñan seres humanos que obedecen órdenes. Si Eichmann y todos los demás se hubieran negado a colaborar en la deportación de cientos

de miles de civiles hacia los campos de exterminio, la decisión final que ordenaron Hitler y sus compinches se hubiera visto reducida a una mera anécdota de la historia. Si los soldados soviéticos hubieran dejado escapar a los polacos en los bosques de Katyn,

22.000 inocentes hubieran salvado la vida. La lucha contra el mal no puede consistir en empoderarse, en tomar el poder mediante el engaño o las armas. Sustituir un poder por otro es aceptar el mal, como cuando los soldados de Espartaco se entregaban a los lujos patricios, a la rapiña, al asesinato y a la violación, ante la desesperación del comandante tracio que perseguía el noble fin de liberarse de la esclavitud, dejando de ser un esclavo al no esclavizar a los demás. ¡Ya está bien de excusas! Votar a cualquier partido político nos convierte en cómplices. Obedecer una orden criminal o un protocolo sanitario criminal nos convierte en criminales. Ningún ejército salvador nos va a liberar del poder enloquecido. Ningún político, ningún nuevo partido va a construir una sociedad más libre. Ningún sistema que ingeniemos, por muy justo y democrático que sea, hará realidad una sociedad mejor. Solo nuestros actos dan forma al mundo, un mundo que, poco a poco, piedra a piedra, a través de nuestras decisiones, vamos construyendo. Solo a través del cultivo de la virtud personal podemos alcanzar el estado de entereza y dignidad necesario que nos permitirá enfrentarnos con valentía a las pruebas que nos depare el destino, por difíciles que éstas sean. Es nuestra decisión negarnos a apretar el gatillo. De nosotros depende plantar cara, sacar pecho, asir la vara e impedir la demolición de nuestro puente.

Antonio Hidalgo Diego

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