Editorial Nº 8 25-08-2021

No hay duda de que nos encontramos en un punto de inflexión para la Humanidad, un lugar en el que confluyen los buenos y los malos, los fuertes y los débiles, los ángeles y los demonios. Y en el medio de esa polaridad, que no es extraña pero sí explícita, nos ubicamos los seres humanos. Esa intermediación entre opuestos no se trata de una novedad, ni de un descubrimiento propio de forofos de la adrenalina, pero sí está sucediendo un acontecimiento singular, algo que caracteriza esta situación como un momento extrañamente paradójico: y es que los extremos del péndulo se tocan creando paradojas en nuestros pensamientos, en nuestras ideas, en nuestras creencias, y por qué no, también en nuestros recuerdos y proyecciones al futuro.

Los buenos pueden ser fuertes o débiles, igual que los malos que los hay feos y guapos, e incluso simpáticos, y podemos asumir que los ángeles y los demonios tienen algo en común, probablemente, que se alimentan del espíritu humano, ya sea para hacer bienes o males.

Durante este último mes tórrido y leonino donde los haya hemos observado que las paradojas se han ido aconteciendo unas entre otras, mezclándose en una barbarie de noticias que, como los coches de choque en las verbenas, se agolpan sin más intención que esa, la de golpear la tranquilidad de un mes que todavía conserva su cariz vacacional. Por ello, resulta inevitable extrapolar esos choques a nuestra burbuja personal, esa que habitamos, y que nos reconforta cuando no miramos al exterior con demasiado interés, con demasiado deseo, con un exceso por controlar la idea de que es el mundo el que debe estar equilibrado, aunque nosotros no lo estemos.

La paradoja es un concepto tanto de letras como de ciencias, ya empezamos por el lenguaje asociado, y es que viene definida como la coexistencia de dos términos o conceptos aparentemente opuestos. Ese rasgo de apariencia, esa ilusión de la realidad, es el velo que hay que rasgar entre choque y choque. No olvidemos que en la verbena sigue sonando la música y solo se detiene para descansar hasta el día siguiente, mientras la gente sigue comprando sus fichas para montar en las atracciones de la feria. Vivimos tiempos de feria, palabra que contiene dos significados compatibles: la de ser un mercado de compra-venta y la de celebración popular. Se trabaja y se festeja, qué paradoja, porque parece que no son actividades compatibles, sin embargo, cuando se crearon las ferias medievales, era lógica la celebración tras la actividad mercantil. Era un ritual que servía para cerrar el período comercial que permitía un intercambio de productos, una re-evolución de lo trabajado, invertido o cosechado.

Sin embargo, hoy en día las paradojas no tienen esa lógica ritualista de los acontecimientos naturales, no sirven para transmutar lo humano, para transitar el laberinto que acoge al héroe, tal y como expone Jaime Buhigas en su libro Laberintos.[1] Nos encontramos en un sumidero por el que se cuelan paradojas que invierten la realidad, hasta desdoblarla.

En los pasados juegos olímpicos de Tokio hemos comprobado cómo atletas transexuales competían en categorías que les correspondían por estado genérico actual pero no por la naturaleza con la que nacieron y, sin embargo, según quejas de algunas mujeres atletas no era justo[2]. ¿Será que aquello que se veía como beneficioso se tornará perjudicial?[3] Y no solo hemos asistido a esta controversia, sino que además, estos juegos de la competición en el olimpo de los dioses que descienden a la tierra nos hemos encontrado con ceremonias de inauguración sin espectadores, pero con mandatarios sospechosamente inmunes a lo que el común de los mortales parece estar expuesto; también hemos observado cómo lo normal es ser víctima y vencedor al mismo tiempo, por la proliferación de atletas que reivindican lo suyo con gestos y símbolos, como si los demás no tuvieran también sus cosas, sus peculiaridades, sus expectativas y sus pasados dolorosos.

Mientras transitamos la ilusión de la realidad, de la paradoja excesiva en los días calurosos de la feria, entre coches de choque, siempre algunos aprovechan para hacer sus compra-ventas en el mercado. Incluso establecen su chiringuito de verano, en el cual los personajes con bañador y cerveza son sustituidos por ministros con traje y carteras con doble fondo; los niños que corren entre las mesas y piden ir al agua son futuros tiburoncillos de la banca y ya apuntan maneras manejándose como peces en Benidorm, entre las instituciones internacionales y las nacionales; las mujeres que apoyan sus pies en la silla, con sombrero y gafas de sol, también se aparecen como aquellos individuos que esperan sentados su turno, su momento de gloria. En estos chiringuitos de verano de las compra-ventas de países, la modificación del clima, de ahora te atravieso un barco en un canal y ahora os toco las narices hasta que me dé la gana, no hay alegría de agosto. No tenemos más que atender a la gran proliferación de noticias que se han publicado sobre acuerdos políticos que podrían ser susceptibles de que los votantes se quejaran y pidieran la devolución de su voto. Entre decretos y acuerdos del Gobierno sobre concesiones a Cataluña[4], las zambullidas de la ideología de género en la educación -creando asignaturas adoctrinadoras o inventando unas matemáticas que deban incluir sí o sí este tema, porque el gobierno lo dice, no porque sea un tema esencialmente matemático- o permitiendo, cual cómplice deshonesto y desprovisto fríamente de una conciencia social, una subida histórica de las tasas en el recibo de la luz.

Así que mientras la realidad se distorsiona y se retuerce en un sumidero por el que se cuelan los valores más esenciales, y con ellos los derechos y deberes de todo hijo de vecino, la feria sigue con sus luces y sus sombras, con ese ruido de verbena, entre lo mecánico y la música alegre, los placeres de los dulces, pero, sobre todo, los coches de choque han aumentado sus golpes. Del mismo modo, las informaciones de unos y otros, ya sea por la verdad, por el bien común o por la libertad, se enredan en las experiencias de cada individuo, de cada lectura, de cada conversación.

Con este escenario tan ruidoso, tan perturbador, ¿cómo guiarnos para conservar la cordura y llegar a buen puerto? Esa es la pregunta cuya respuesta ha de darse en estos tiempos. Agosto es un mes sin leyes, así que hemos de acudir a algo esencial, algo que esté por encima y por debajo de todo: el sentido común. Es lo único que resuelve cualquier paradoja, esa vacuidad de la certeza. Hemos de recordar y practicar el sentido común, como el mayor de los sentidos, para el cual no hace falta tener estudios con título, ni viajar lejos para encontrar el tesoro de oriente, ni es necesario competir con nadie, solo hemos de ubicar la certeza. Y el sentido común puede instalarse en todas las parcelas vitales, desde el amor al prójimo, al intercambio de productos, la justicia interna, la medicina, el trabajo de la tierra, la relación con nosotros mismos o la educación. Abarca toda la vida, sin chiringuitos de playa malsanos, sin la ubicación del poder más allá del acto consciente de uno mismo. Eso no quita para que no haya coches de choque que a veces necesitemos para rasgar ese velo de la realidad. Podemos volver a la verbena cada noche, en el universo que queremos vivir, en el que cada uno baile con su sentido común. Y que la feria siga su curso.

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[1] Buhigas Tallón, Jaime. Laberintos. Ed. La Esfera. (2013, Madrid)

[2] Atletas transexuales en competiciones deportivas: la controversia (infowod.com)

[3] Las atletas dicen basta: no quieren competir con transexuales – Aceprensa

[4] El Gobierno pacta por sorpresa con Cataluña invertir 1.700 millones en el aeropuerto de El Prat | España (elmundo.es)

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