Editorial Nº 11, 25-11-2021

En la época presente, el panorama internacional más que nunca está dominado por un escenario de Guerra de cuarta generación (en el que no hay un enfrentamiento directo entre potencias hegemónicas) y/o Guerra híbrida (en el que se utiliza cualquier otro medio antes de la agresión bélica) lo que hace casi imposible inteligir las verdaderas causas que acontecen a nivel geoestratégico y apenas nos queda contentarnos con analizar las consecuencias de dichos actos de guerra encubierta. Así, el tan cacareado Apagón sucederá o no sucederá, lo que está claro es que la causa última de este es la falta de soberanía, en este caso energética, de las comunidades locales, lo que las hace totalmente dependientes de las decisiones geoestratégicas de las diferentes potencias en liza. Ahora el problema de la electricidad es el gas, curiosa paradoja, el gas de Rusia, el del Magreb o el de EEUU, quien lo posee en su subsuelo gobierna las decisiones de los demás y por tanto, debe asegurarse que es el propio el que se compra y consume en los mercados en este caso Europeos.

La escasez para disponer de materias primas y energía sigue su curso, con momentos de turbulencias y reajustes que irán golpeando la cotidianidad, aunque esta es golpeada a cada momento cual rana en la olla mientras la temperatura se incrementa de a poco. La falsa ilusión de la abundancia apenas a durado 60 años y quienes no lo hemos hecho todavía, nos toca bajar al lodo, a la realidad mundana y recuperar la vida frugal que a dominado el curso de la historia de las clases populares. Vivir con poco es un acto de virtud, para con nuestros iguales y un acto para con la sostenibilidad ecológica del conjunto del planeta. Vivir con poco, es decir consumir lo mínimo indispensable y producir lo máximo que podamos sostener en nuestras manos, mediante el trabajo libre y sin explotar la fuerza de trabajo de nuestros iguales. La vida frugal es sin duda una de las elecciones individuales y colectivas estratégicas para la supervivencia de la especie y la emergencia de una sociedad comunal democrática.

Mientras tanto, la hermana mayor de las materias primas, la fuerza de trabajo humana, sigue su devenir siendo forzada a abandonar hogares y atravesar territorios y fronteras que manejan a su antojo los Estados-nación modernos. Bielorrusia, apoyada por Rusia, está lanzando a la frontera con Polonia varios miles de inmigrantes para presionar a la UE y así esta le compre el gas a Rusia, mientras Marruecos hace lo propio en el sur de la península ibérica o arriba por el sureste la inmigración Afgano-Siria. La UE es una potencia venida a menos, en plena desintegración, mientras Polonia está poniendo en jaque el poder supraestatal de la UE del que se aprovecha Rusia para el ataque a sus fronteras a cuenta del gas.

Europa necesita destrozar a su enemigo interior (sus gentes y sus pueblos) y por eso necesita empobrecerlos (con la entrada, entre otros, de inmigrantes), embrutecerlos (con las religiones políticas, el inmigracionismo entre ellas) y obligarlos a claudicar.

Los ataques van por tierra, como en la frontera Polaco-Bielorrusa, por mar como en costa de lo que es la península ibérica o Canarias y por aire, como el aterrizaje forzoso en el aeropuerto de Palma, para entrar en la UE. El movimiento de migrantes ni es súbito, ni es accidental ni es pasajero. Es una realidad que continuará hasta que todos los pueblos sean diezmados poblacionalmente y por tanto destruidos culturalmente en nombre de esa meta que llaman bienestar-felicidad. Ejemplo de esto son los significativos abusos grupales que se continúan ejerciendo contra mujeres, por individuos que principalmente tienen un rasgo común: tratan al otro como a un objeto a su servicio, al que someter para obtener el consiguiente rédito moral. Quienes principalmente comparten este amargo amoralismo son miembroas directos e indirectos de fuerzas y cuerpos de seguridad del estado y las personas cuya cultura-religión consiste en someter a la mitad de la población inferiorizada y victimizada. La gran mayoría de la población reprueba este tipo de actos no así las corrientes ideologizadas ansiadas de poder que intentan evitar por todos los medios juzgar moralmente las aberrantes acciones de cierta gentuza. El racismo y la islamofobia son el disfraz tras el que se esconden la mayor y más miserable de las jaurías que se dicen defensoras de la justicia social. Sucumbiréis ante la miseria de vuestros actos, silencios cómplices y vuestras vacuas palabras. La endofobia es hoy uno de los grandes males de las sociedades contemporáneas, en las que se intenta evitar por todos los medios obcecación del ser humano por sus raíces. Porque como decía Simone Weil, “Echar raíces quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana”.

En estas, la dictadura del Covid sigue sin haberse rentabilizado todavía y se necesita hoy meter en cintura, es decir, hacer que se obedezca, a todos aquellos que han osado evitar ser “pinchados” con la nueva inyección milagrosa. La vacunación va a ser usada para generar campos de concentración de facto, ya que aquellos que no hayan claudicado ante el “bien común” serán enviados a la periferia, sobre todo negándoseles el pan del salario y por tanto las oportunidades de prosperar en el mundo de hoy. Los confinamientos de no-vacunados ya están a la vuelta de la esquina, con los avances realizados en Austria y que poco a poco se irán implantando en los diferentes Estados-nación mundiales. De hecho los medios ya realizan sus correspondientes encuestas para ir creando opinión pública y el estado de ánimo necesario para aceptar el encarcelamiento y el ostracismo forzado de miles de personas.

No olvidemos que las medidas “sanitarias” que se vienen tomando, reconocidas por los propios gestores en el poder, son decisiones aleatorias y sin criterio médico alguno, con la única finalidad de incrementar el control sobre la población. Esa es la lógica del poder ayer, hoy y siempre. Quienes no obedezcan deberán pasar a la semi-clandestinidad.

Desde este humilde editorial queremos hacer un elogio a la semi-clandestinidad, a la elección consciente de un modo de vida que, en la medida de lo posible, dependa lo mínimo de los artefactos con los que el sistema nos mantiene atados y siendo conscientes de que hoy día es prácticamente imposible vivir fuera del sistema, no así en la periferia: tanto material como espiritual. La censura sistemática de las ideas y de los movimientos que cuestionamos al poder se irá agravando poco a poco, lo que nos llevará (ya nos está llevando) a la semi-clandestinidad virtual (buscando canales y vías de comunicación alternativas mientras sea posible) y física, para eludir así ciertas imposiciones en el control de acceso a espacios de consumo o trabajo.

Cuando el sistema coercitivo-legal aprieta y cuando la virtud humana se presenta todavía en pie, hay esperanza para el combate. Así ha sido históricamente, así lo hicieron entre otros los Bagaudas, y así lo haremos quienes somos hoy, en pleno siglo XXI, herederos del amor por la libertad.

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