Editorial Nº 12, 25-12-2021

‘La verdadera patria del hombre es la infancia’, afirmó el poeta austríaco Rainer María Rilke con ese tufillo machista tan de moda hace 100 años. El escritor Franz Kafka justificó su carácter mohíno y pusilánime culpando a un padre excesivamente riguroso y autoritario que llegó a dejarle encerrado en el balcón unas cuantas horas durante una dura noche de invierno en Praga. Otro escritor, el norteamericano Charles Bukowski, poema tras poema, relato tras relato, no hacía más que responsabilizar a su padre por haber elegido el alcoholismo como modus vivendi, dando por hecho que se trataba de una respuesta provocada por las palizas que recibió a diario cuando era un niño. Tal vez por esta razón el dramaturgo Osvaldo Quiroga afirmó que ‘la mayoría de nuestras desdichas provienen de esa época (la infancia) que para nadie fue un sueño dorado, pero que para cada uno fue el ensayo general de lo que sería la propia existencia del adulto que todavía somos’.

Saturno, como el padre de Bukowski o el progenitor de Kafka, devoraba a sus hijos, tal y como supo plasmar Francisco de Goya en su conmovedora pintura. Y en honor de este dios, los romanos, que no daban puntada sin hilo, celebraban en estas fechas que vivimos las saturnales, unas fiestas que los cristianos supieron despreciar para sustituirlas por la Navidad. En las saturnales se oficiaba un sacrificio en el Templo de Saturno, se intercambiaban regalos, se organizaban banquetes, se festejaba con desenfreno y la moralidad de los ciudadanos se relajaba notablemente durante las fechas en las que los romanos se entregaban a esta especie de carnaval grotesco. Unas fiestas que nacieron tarde, ya en el siglo III a.C., y por iniciativa del Senado de la República: el Estado quería que la plebe olvidase la dura derrota que les habían infligido los cartagineses. Con el transcurso de los años las saturnales se desprendieron de cualquier resquicio popular, espiritual y astrológico, a la par que iba aumentando el número de días de duración de unas celebraciones orgiásticas convertidas, ya en época imperial, en un auténtico esperpento.

Saturno, hijo del Cielo y de la Tierra, obtuvo el supuesto privilegio de ostentar el poder pese a ser menor que su hermano Titán, a cambio, eso sí, de renunciar a la descendencia. Solo una sociedad sin futuro puede entregarse al culto de una divinidad que devora a sus hijos y renuncia a la vida a cambio del poder temporal. Solo una sociedad sin futuro puede odiar a los niños, al tiempo que se entrega a las diversiones vanas, la glotonería y la embriaguez, como triste evasión de un grupo de personas que admiten que la vida se les escapa y que las riendas de la civilización se les han escurrido de las manos. Una “saturnal” especialmente bochornosa se produjo cuando los habitantes de Berlín, los mismos que habían apoyado la locura nazi hasta el final, celebraron con desesperación suicida la inminente derrota militar del Tercer Reich; mientras los berlineses se emborrachaban como piojos, los tanques del Ejército Rojo entraban en la ciudad con la única oposición de un grupo de niños con fusil y uniforme.

En los estertores de la putrefacta Roma nació la Navidad, igual que nacen algunas flores primaverales abriéndose paso bajo las últimas nieves. ‘Navidad’, no se nos olvide, es un término que significa ‘nacimiento’. ¿Qué celebramos en estas fechas? El nacimiento. No de Dios, ni siquiera de Jesús de Nazaret; ¡por supuesto que no celebramos el nacimiento del hijo de una mujer virgen!, un aditivo surgido de la imaginación de la Iglesia. El pesebre representa el nacimiento de un ser humano, hijo de su madre y de su padre. Algo tan simple, tan común, tan vulgar como el alumbramiento de un nuevo ser humano. Aunque, ¿puede haber algo más mágico y maravilloso? Y, como no podía ser de otra manera, la Navidad coincide con el solsticio de invierno, con el triunfo de la luz frente a la oscuridad, pues es justo en este punto del viaje cósmico cuando los días serán cada vez más largos, y las noches, más cortas.

Los poderes del Estado y del dinero, los señores de las tinieblas, llevan años haciéndonos creer que la Navidad se limita al consumo de objetos superfluos comprados en internet o mientras paseamos por las zonas comerciales iluminadas por las cruces invertidas que adornan las calles de ciudades como Granada o Zaragoza. La Navidad ha sido despojada de su carácter popular, familiar y amoroso para ser entregada a los mercaderes que venden juguetes transgénero, vaya a ser que éstos se declaren en huelga. ¡Ningún niñe sin juguete! Ningún niño con amor. Ningún niño en nuestras vidas. Este parece ser el lema de una sociedad que venera el aborto y considera que la maternidad esclaviza a las mujeres. Una sociedad, la nuestra, que compra niños en el tercer mundo para satisfacer el “derecho a la maternidad” de sus compradores, al tiempo que consume pornografía infantil. Una sociedad destinada a la extinción por tener un índice de fecundidad de 1,18 hijos por mujer según las cifras oficiales (las reales deben ser mucho peores).

Una sociedad, la nuestra, que ha dado luz verde a la vacunación infantil contra el Covid-19 para que todas las familias puedan comer en el McDonald’s, ir al cine para ver el último bodrio sobre Santa Claus y su reno volador o poder viajar a Disneyland París para hacerse fotos con un desgraciado disfrazado de ratón Mickey en medio de un marco arquitectónico de cartón piedra. Mientras los adultos se entregan a una saturnal autodestructiva de bebida, comida y viajes, previo escaneo del ‘Pasaporte Covid’, los pocos niños que quedan se asfixian en el colegio por llevar puesto el bozal obligatorio y están padeciendo o padecerán miocarditis, arritmias y parálisis de Bell a causa del tratamiento génico experimental al que están siendo sometidos por culpa del miedo y el egoísmo de sus progenitores, por culpa de la maldad del Estado. ¿Qué futuros adultos serán los niños de hoy si sus padres los convierten en moneda de cambio para poder seguir disfrutando de unos pequeños placeres hedonistas que jamás llenarán de plenitud sus desorientadas vidas?

Ahora, mejor que nunca, celebremos la Navidad. Celebremos la vida y la grandeza del ser humano. Celebremos el futuro, el porvenir de nuestra familia y de nuestro pueblo. Celebremos que estamos vivos, celebremos el amor a nuestros iguales. Es hora de compartir, de reír, de cantar, de abrazarse, de juntarse y de rejuntarse. ¡Incumplamos las normas y directrices que atentan contra la vida y contra el amor! DESOBEDECE. ¡Juntémonos todos! Unos cuantos, unos muchos; vacunados y sin vacunar, para dar abrazos sin mascarilla y besos sin mascarilla; para brindar por un futuro sin miedo y sin restricciones dictatoriales. Porque cuando recuperemos la alegría volverán la salud, las ganas de vivir, el anhelo de libertad y las ganas de amarnos y reproducirnos.

-¡Escucha esto, Melchor! ¡Y vosotros también, Baltasar, Papa Noel, Olentzero y toda la pandilla!- ¡A los niños no hay que regalarles juguetes, ni vacunas! A los niños hay que brindarles un futuro de valores y de libertad. En estas fiestas regalaremos a los niños y a los jóvenes conocimientos, habilidades, valores, seguridad en sí mismos, coraje, un buen ejemplo y mucho cariño, pues solo de esta manera llegarán a ser adultos funcionales y de provecho.

Ahora, mejor que nunca, celebremos la Navidad.

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Horra, horra…

Como cada año Olentzero ha llegado a muchos hogares de Euskal Herria, trayendo en su saco regalos o carbón, según se hayan portado durante el año los más pequeños de la casa. Para entonces tenemos las noches impregnadas de luces, las abarcas en los pies y los villancicos navideños no paran de sonar en las (cada vez menos) casas familiares.

Olentzero es un carbonero que baja de las montañas ataviado con la indumentaria tradicional de casero, con su boina, su pipa, su saco y su alegría. Lo conocemos de manera genérica como Olentzero aunque en algunas comarcas le dicen Olentzaro, Orentzaro, Orantzaro… incluso se utiliza el nombre Subilaro también. A la palabra Olentzero se le conocen diversos orígenes posibles.  Según parece, antiguamente la palabra Onenzaro se utilizó para hacer referencia al cambio de estación coincidente con el solsticio de invierno, acercándose los últimos días del año. Así, se conocía en los territorios vascos a este nuevo periodo que traía el sol, la época de las cosas buenas (onen + [z]aro). Según esta hipótesis, lo que sirvió para nombrar esa transición estacional tomó el nombre del citado personaje.

Según otras voces que han estudiado el tema, estaría unido a una fiesta de canto-tradición llamada Les oleries que se celebraba en navidades en algunos territorios vascofranceses. Esto es, haría referencia a la época de decir adiós (Oles egin + [z]aro). Como se ha dicho, en algunas comarcas de Euskal Herria también se le llama Subilaro, relacionándolo directamente con el fuego, en tanto que época para la búsqueda del fuego (su + bila + aro).

Todo esto nos hace indicar que Olentzero es anterior a la cosmovisión cristiana y que era una figura común para celebrar el solsticio de invierno y el cambio de estación, es decir, existía dentro de los territorios vascos una unidad etno-cosmológica con una simbología compartida por comunidades próximas a la vez que distantes en el territorio. Con diferentes expresiones étnico-culturales este tipo de celebraciones han tenido lugar en Europa desde tiempos inmemoriales. Cuando posteriormente se extendió e instauró el cristianismo a lo largo y ancho de Europa (en su versión católica, apostólica-romana y estatal), le resultó imposible al poder eclesiástico eliminar los cultos tradicionales, decidiendo fusionarlos con la nueva religión dominante. Esto permanece hoy latente todavía en las canciones que se le cantan a Olentzero, por ejemplo cuando se dice que viene a “dar la buena nueva”, en relación al nacimiento de Jesús.

En el siglo XX, durante el Franquismo, muchas expresiones culturales populares fueron prohibidas y perseguidas. Más tarde con el ocaso de la dictadura franquista, y gracias a la fuerza del ente popular y al auzolan (el trabajo vecinal desinteresado), la celebración del Olentzero se fue recuperando en muchos pueblos. Así a partir de la década de los 60-70 la versión moderna de Olentzero tomó el aspecto de otros personajes similares que se habían extendido en otras culturas occidentales. Hasta entonces había sido un personaje aterrador, borracho y con los ojos enrojecidos, que comía y bebía mucho… que se convirtió en un carbonero bueno, genuino y laico a los ojos de la gente. El personaje estaría progresivamente siendo dirigido hacia los niños, trayéndoles a estos regalos por navidad, una adaptación sustancial moderna.

Esta nueva identidad de Olentzero se extendió a los territorios vascos, reduciéndose al mínimo las especificidades que hasta entonces había tenido en las diferentes comarcas. A pesar de ello, este año volveremos a permanecer a la espera de la llegada de Olentzero. Sin quitarnos las abarcas le abriremos las puertas de nuestra casa y en voz alta le cantaremos todas las canciones que por estas fechas nos vienen a recordar que estamos en navidad.

Horra, horra….gure Olentzero! (Ese es nuestro Olentzero)

Gka

Pongamos que hablo de… Barcelona

Soy un trabajador que vive en Badalona, ciudad que ya es un barrio periférico de Barcelona. Me levanto todos los días a las seis de la mañana para poder cumplir el horario laboral de mi puesto de trabajo, que está en el extremo opuesto de la ciudad.

Estoy obligado a circular por Ronda del Litoral, pues mi coche es de gasoil, un poco viejo, y por ende no puedo conducir por dentro de la ciudad de lunes a viernes, pues no es ecológico. Ley impuesta por la señora Ada Colau.

Venía yo, el otro día, después de un mal día de currelo, “destrozao perdío”, cuando, casi llegando a Badalona, hay un atasco de “un par de cojones”, y yo deseando llegar a mi casa. Y aquello no avanzaba ni empujándole.

Se me ocurre una idea, me salgo por San Adriá del Besos, cojo el río, me bajo por su ribera y en un momento estoy en mi casa. Y así sucedió. Podía terminar bien el día. Mi familia, mi hijo, mi droga, perdón, quiero decir la televisión… dormir y mañana será otro día.

Pero no, la alegría en la casa de los pobres dura muy poco. A los pocos días me llega una multa de cien euros por haber circulado por terreno prohibido para mi coche, Zona de baja emisión la llaman, y, por tanto, prohibido también para mí.

Pero la multa también traía la trampa sicológica de toda la vida. Si la pagas antes de treinta días, sólo pagarás cincuenta euros.

Te quita toda posibilidad de reacción. Cuando empiezas a cabrearte, a reaccionar… entonces lees… si pagas antes de treinta días… se te aparece la “puñetera realidad”: con lo justo que voy este mes, mejor pagar y encima me ahorro cincuenta euros.

Y claro, una vez que has pagado, que has aceptado la multa, aceptas su autoridad, su poder sobre ti. CÓMO VAS A PROTESTAR.

De modo que yo le pregunto señora Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, ¿para esto ha llegado al gobierno de la ciudad? ¿Para hacer lo mismo o peor que la derecha en Barcelona?

Sí, he dicho peor. Se imaginan a la derecha prohibiendo que determinados coches no puedan circular por el centro de la ciudad, se armaría la “marimorena” promovida por la izquierda. Pues en realidad quien no puede circular por el centro de la ciudad son los pobres obreros y parte de clase media que no pueden comprar un coche nuevo, y mucho menos un coche eléctrico.

A los ricos esta medida no les afecta. Siempre, cualquier día, a cualquier hora, podrán circular por Barcelona.

Y todo esto basándose en que: si libero de un número de coches el centro, en éste habrá menos contaminación. A esto, yo, lo llamo: Madrid Central.

Pero esto es una aberración, a todos los niveles: científico y de sentido común…

Que alguien me lo explique. Si en una zona (varias calles) no circulan coches y éstos se van a las calles de al lado, esa zona o calles ya no van a tener contaminación. Es de locos. Es como decir: la contaminación y el aire se rigen por los bandos municipales; o esto otro: se prohíbe a la contaminación y al aire soplar hacia el centro de Barcelona-Madrid. En caso de desobedecer serán multados.

Veamos paralelismos. Si voy a un siquiatra y le digo que quiero que la contaminación y el aire me obedezcan, inmediatamente me pone una camisa de fuerza.

Si voy a un médico y le digo: ampúteme un brazo que me siento manco, inmediatamente me pone una camisa de fuerza.

Pero esto dicho como ideología política y de género está bien. Pues vale.

Señora Colau, qué fácil es ser fuerte con los débiles y débil con los fuertes. ¿Por qué no le echa ovarios y prohíbe la mayoría de cruceros que llegan al puerto de Barcelona, que uno solo de ellos, en un día, contamina un millón de veces más que un pobre currante?

Hoy en día la izquierda progre solo hace dos cosas: prohibir y recaudar.

Para este viaje no hacían falta tantas alforjas.

                                                                              Jorge Martin González.