Mi experiencia con Covid

He pasado trece días de las fiestas navideñas bastante enfermo, encamado, sin probar bocado, con fiebre, dolores, diarrea, náuseas y malestar. Ya estoy recuperado, he adelgazado unos cuantos kilos y el mundo ha seguido girando al margen de mis problemas.

La Covid-19 me ha decepcionado, igual que un partido de fútbol que levanta una gran expectación en los medios y luego acaba con empate a cero. ¿Tanto hablar en televisión de la terrible pandemia para esto? El mundo se ha paralizado, la economía de las familias se ha visto comprometida y las libertades fundamentales están siendo vulneradas; ya no podemos viajar, salir a la calle, entrar en el interior de un bar a tomar un café o respirar aire fresco, y miles de personas están teniendo graves problemas de salud a causa de los efectos adversos de la llamada “vacuna”, casi obligatoria. Pero yo he tenido Covid-19 y el mundo ha seguido girando.

Cuando estás enfermo te dejas cuidar, y no sé cómo, ni porqué, acabé sentado en la poco concurrida sala de espera del ambulatorio de mi pueblo. No suelo ir al médico y enseguida recordé por qué. Me atendió “mi” médico de cabecera, a la que no conocía, me preguntó qué síntomas tenía y si estaba vacunado. No me auscultó, no me reconoció, no me tocó, apenas me miró y solo se limitó a ponerme el termómetro, uno de estos termómetros electrónicos modernos que no contienen mercurio y nunca funcionan correctamente. Me dijo que me haría una PCR. Yo me negué rotundamente. ¡Antes la muerte! Segundos después, me sometí a la prueba PCR, tan fiable como el termómetro. Estaba débil, enfermo, tenía fiebre… y cedí. La doctora se salió con la suya y consumó la violación de mis dos orificios nasales, eso sí, con la condición de que no me iba a hacer daño, que iba a penetrarme con suavidad, con cariño, con ternura. Cumplió su palabra, así que la agresión fue consumada sin dolor, pero con la desagradable sensación de notar una fina varilla penetrando en zonas tan profundas de mi cuerpo que incluso desconocía su existencia.

Unos minutos después, y con gran alegría por su parte, la doctora certificó que tenía Covid-19. ¿A santo de qué tanta alegría? El hecho de diagnosticar la enfermedad de moda parecía el único objetivo de la sanitaria, un objetivo felizmente consumado por la funcionaria.

-Tienes Covid (ya te puedes marchar de mi consulta). No salgas de casa en 7 días. ¡Estás confinado!-.

¿Consejos? Ninguno. Ningún remedio, ningún tratamiento, ni siquiera un tóxico e ineficaz medicamento de la industria química. Nada de nada. ¿Este es el papel de la tan aplaudida ciencia médica? ¿Hacer una prueba de dudosa fiabilidad para poder inscribirme en el registro de la burocracia estatal como “apestado”, como ‘paciente no vacunado que ha dado positivo’, y ya está? Me fui a casa con picor en los orificios nasales, con fiebre y con cara de tonto. Me metí en la cama y esperé a recobrar la salud, como se ha hecho toda la vida, siglos antes del nacimiento de Hipócrates, de Galeno, de Bill Gates y de la tan aclamada ciencia médica.

Durante la semana y pico que pasé en cama descubrí el escaso criterio y la gran capacidad que tengo para tragarme cualquier cosa que echen en la televisión. Pero entre programa de reformas domésticas y anuncios de perfumes, también pude comprobar que estoy vivo. La enfermedad nos conecta con la vida, con nuestra misión en este mundo, con nuestra dimensión espiritual. La enfermedad nos aleja de la rutina, de las preocupaciones vanas y superficiales y nos acerca a lo que de verdad importa.

Estaba agotado. Estresado. Mi vida se había convertido en una vorágine y mi cuerpo dijo basta. Mi cuerpo me dijo que parase, que descansara, que meditara, que empezara el año 2022 con más calma y con más criterio. Mi cuerpo se declaró en huelga y, sabiamente, me alejó del teléfono móvil, de las redes sociales y de la obsesión por hacer cosas continuamente. Disfruté del dolor, de sentir cada uno de los músculos y los órganos de mi cuerpo, disfruté de mi olor corporal y de mí mismo. La tan temida enfermedad me ha puesto en mi sitio, me ha ayudado y ha conseguido lo que yo mismo había sido incapaz de hacer: encontrarme a mí mismo. ¡Gracias, Covid! ¡Gracias, misteriosos científicos del laboratorio de Wuhan! ¡Gracias al murciélago, al pangolín y a las atrevidas recetas culinarias de la exótica China! ¡Gracias, Pfizer-BioNTech! ¡Gracias, Fernando Simón! ¡Gracias, SARS-CoV-2!

Y ahora sin sarcasmos: ¡doy gracias a la vida aunque exista la enfermedad, que es tan antigua como la vida misma!

Pero sobre todo le doy las gracias a la persona que me ha cuidado todos estos días, las 24 horas. También a la gente de mi familia y a los amigos que cada día han preguntado por mi estado de salud y me han hecho sentirme querido. Un enfermo necesita tiempo, reposo y los cuidados de las personas de su entorno. Un enfermo no necesita vacunas milagrosas, ni un costoso sistema sanitario. Un enfermo necesita el amor de sus iguales, pero las autoridades han decidido que la “pandemia” de Covid-19 se debe curar con brebajes experimentales, con soledad y con miedo, justo con todo aquello que mata y enferma.

El amor y mis defensas naturales me han sanado. El mundo ha seguido girando. Y yo seguiré dando guerra.

Antonio Hidalgo Diego

2 respuestas a “Mi experiencia con Covid

  1. Piltzo 26 enero, 2022 / 11:48 am

    Felicidades por tu recuperación.
    Es vergonzoso el desprecio por el ser humano de tantos matasanos estatales. Tu salud y tu vida les importa un pimiento, solo piensan en la comisión que cobran por diagnosticar «cobi».
    Y aun has tenido suerte de que te hayan mandado a casa castigado y así te hayas podido curar, y no te hayan enchufado al ventilador para quemarte los pulmones, asesinarte y después quemar el cadaver para destruir pruebas, como han hecho con tantísimos.
    Hay que evitar médicos del sistema y hospitales a toda costa. Nos puede ir la vidaven ello.

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  2. Mara Mago 27 enero, 2022 / 12:07 am

    Totalmente de acuerdo, Piltzo. Un saludo. Y feliz regreso a la vida, Antonio. Ya sabes por propia experiencia que el sistema sanitario público no resuelve los problemas de salud. Mucho menos los protocolos genocidas de la OMS. Nuestros antepasados prevenían y curaban con remedios caseros y plantas medicinales, la base de toda buena medicina. No la que se practica desde hace un siglo, que se limita a recetar química, precisamente, perjudicial para la salud. Saludos

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