El fin de los tiempos

¡Cómo le gusta a esta gente meternos el miedo en el cuerpo! Son muchos años viendo la televisión con cara de susto…

Los atentados terroristas orquestados por las cloacas de los distintos Estados amenazaban nuestra vida e integridad física, nos ponían siempre en alerta; y el mismo Estado que los perpetraba o consentía se alzaba como protector policiaco de unos ciudadanos convertidos en desvalidas damiselas de novela caballeresca, simples fichas de peón que volvían a coger el tren para ir al trabajo cada mañana a seguir con su rutina o acertaban la Bonoloto para recoger su premio en la delegación de Atocha el 11-M.

Menos violento es el miedo a morir por un constipado mal curado, pero más pesaroso el de matar a la abuelita por habernos convertido en una contagiosa bomba biológica, una nueva especie mutante de ser humano y murciélago de Wuhan dado a la superchería, que si se pone el amuleto que cuelga de las orejas, no sale de casa por la noche como Cenicienta o se sienta con rapidez en la silla de la terraza de algún bar podrá esquivar los envites del selectivo y escurridizo agente infeccioso. Un escuadrón policial conformado esta vez por sanitarios con sotana blanca, científicos alquimistas y mercaderes de almas nos ha ofrecido ya el milagroso antídoto, ese que ya sabemos que no funciona, el mismo que todos intuyen que mata más que el constipado, pero que todavía mata menos que el miedo inculcado a una confiada masa de televidentes aterrorizados entregada a una extraña bacanal consumista de varillas nasales compradas en botica, gel hidroalcohólico y metros y metros de papel higiénico.

No olvidaremos citar otros miedos ya añejos, los Gran Reserva de la manipulación diaria del sermón oficiado en los nuevos templos de la comunicación. Una amenaza con solera, y nunca mejor dicho, es la del calentamiento global, renombrado más tarde como cambio climático para que, como las zapatillas deportivas, se adapte bien a cualquier acontecimiento climatológico del año. Si a las pastorcillas de Fátima se les apareció la virgen para que transmitieran un mensaje a la humanidad, a la repelente Greta se le apareció, entre las coníferas de Suecia, el mismísimo Demonio para que acusara a toda la humanidad de ser unos malditos pecadores que con sus malos actos se están cargando sin remedio los diferentes ecosistemas, que es justo lo mismo que llevan haciendo desde hace siglos aquellos que están implantando la tan cacareada ‘Agenda 2030’. ¡No contamines, pecador!, dice el presidente desde su avión privado. 

Del Sida apenas se habla; ya no es tendencia; pero ha transmutado como por arte de magia en ‘viruela del mono’ (no es una broma; si usted acaba de regresar de un viaje a otro planeta sepa que la nueva epidemia es esta). Los mismos intelectuales del Movimiento que nos llaman homófobos día sí, día también, ahora se han sacado de la manga una enfermedad que estigmatiza a todos aquellos que eligen una determinada opción sexual. ¡Homófobo!, dice el Ministerio de Sanidad mientras criminaliza al colectivo gay; ¡Machista!, dice el empresario que obliga a abortar a sus trabajadoras; ¡Racista!, dice el oligarca de ONG que importa esclavos inmigrantes del África tropical.

Entre pandemia y epidemia ha regresado Hitler de entre los muertos; pero es un Führer cambiado, pues habla ruso y se expande hacia el oeste, al ocaso del sol, invadiendo la occidental Ucrania en esta enésima guerra entre Estados, entre ejércitos, entre eso que es la manifestación del poder y la desdicha del pueblo pero que tantos se niegan a ver, confundiendo a la OTAN con los masones, a los militares con acaudalados “filántropos” y al peso de la ley y la “justicia” con las volátiles y oportunas teorías conspirativas. Rusia es la principal amenaza de eso que se atreven a llamar “democracias” (¡malditos orwellianos!), pero su aliada China es el oscuro objeto de deseo de las élites que nos afligen. La inhumana y tecnológica dictadura china se la pone muy dura a los altos funcionarios de la Unión Europea que, entre comisión de algún lobby sediento de una nueva directriz que les llene las alforjas y la visita a un prostíbulo de Bruselas, sueñan con someter a los europeos a la misma esclavitud que padecen los infelices habitantes de Shanghái, por poner un ejemplo. La guerra de Ucrania sería tan vieja como las guerras del Peloponeso si no fuera porque pone de manifiesto que el depósito mundial de combustible está en reserva, que queda más vergüenza que petróleo barato (que ya es decir) y que el viaje de la economía mundial ha entrado en vía muerta por falta de mano de obra, talento y recursos naturales.

Tras más de siete décadas de no pensar en el mañana, 75 años de cuento de la cigarra, de habernos cebado con cerveza y grasas trans, de habernos entretenido con fútbol, política y televisión, de habernos aletargado con estupefacientes, de habernos castrado con pornografía y feminismo, de haber aprendido a odiarnos los unos a los otros, los estadistas de Occidente le han visto las orejas al lobo, les han entrado las prisas y han emprendido a machamartillo una huida hacia delante consistente en acelerar la muerte de ancianos e improductivos varios para reducir el número de consumidores, así como de reducir el consumo de aquellos que se empeñen en seguir con vida. ‘No tendrás nada y serás feliz’, dicen aquellos que tienen de todo menos amor al prójimo. El BBVA nos avisa que cincuentones y cuarentones ya pueden ir a su oficina a venderles el pisito porque el Estado dejará de pagar las pensiones de jubilación. La TV3 nos amenaza con que el dinero físico desaparecerá y cualquier actividad económica no podrá escapar del control del fisco. Se acabaron los viajes de placer, adiós al automóvil privado y el bistec de ternera será sustituido por insectos de criadero. La fiesta se acaba. El final… del verano… llegó… y anuncia que winter is coming. En breve se van a cerrar las puertas de la discoteca y solo quedan en su interior los tíos más feos y las tipas más solas y borrachas, que nunca llegarán a casa. El DJ pincha reguetón, la música del Apocalipsis; suenan las trompetas, llega la hora de la verdad. Y la verdad es tan dura que nadie quiere escucharla.   

Las élites, más asustadas que nosotros, se entregan a la ilusión de la tecnología transhumanista, esa que les permitiría seguir pastoreando el rebaño de mamíferos nacidos oveja y que, hambrientos, pueden comenzar a autopercibirse lobo (cosas de la ideología de género). Pero los mandamases han olvidado que la computadora Hall se cepilló a todos los astronautas de 2001: una odisea del espacio. A todos. Así que ellos también están en peligro. Porque nos han traído el final de los tiempos, y su tiempo es el de todos. La tecnología es una imbatible amenaza para la humanidad… hasta que alguien decida desenchufar el aparato.

¡Pero no le echemos la culpa a las élites!, porque no se puede culpar al Diablo de ser malo. El Mal es la voluntad de poder, el Diablo es el Estado. Hemos consentido. Nos hemos dejado; adictos al estado de bienestar; a no tomar decisiones; a no responsabilizarnos de nada, ni de la salud ni de la educación ni de nuestra seguridad. No sabemos producir alimentos, construir una casa, hacernos la ropa o los zapatos; no tenemos oficio; no sabemos fabricar utensilios ni herramientas, no tenemos armas; no sabemos tener hijos, ¡y mucho menos sabemos educarlos! en el respeto, la templanza, la resiliencia, la serenidad, la alegría, la autonomía personal, la empatía, el esfuerzo y el servicio al prójimo.

El mundo se acaba, al menos el mundo que hemos conocido hasta la fecha y para el que hemos sido entrenados. Ese tiempo ha terminado. Muchos lo ignoran, muchos lo intuyen; muchos se suicidan, muchos se evaden; muchos enferman; muchos se desesperan, muchos se han perdido; muchos han “despertado” y han alcanzado un estado superior de conciencia (¡pandilla de ilusos!). A todos vosotros os decimos: -BIENVENIDOS AL APOCALIPSIS-, ese tiempo de confusión que pronto lo será de llanto. Camparán a sus anchas los cuatro jinetes que, implacables, no discernirán entre “despiertos” y dormidos, entre “grafenados” o “sin grafenar”.  Pero también es tiempo de acercarse a la verdad, pues se está cayendo la venda que tapa nuestros ojos y por fin llamaremos al pan, pan y al vino, vino. El Apocalipsis es tan terrible como la vida misma, como lo ha sido la vieja normalidad, ahora convertida en cadáver que espera la autopsia en una fría cámara de la morgue. El Apocalipsis dará sentido a nuestra muerte tras una vida sin sentido.

No habrá ningún cambio de era, ni acontecimiento astrológico que ponga las cosas en su sitio y nos devuelva, sin tener que mancharnos las manos de grasa, a la tan ansiada edad de oro. El riesgo de que todo se vaya al carajo es demasiado elevado. Pero no nos pongamos pesimistas; bajo la capa de ropa de algodón barato, tatuajes horteras y depósitos de lípidos de los seres-nada de la posmodernidad se esconde un ser humano destinado a renacer de entre las cenizas de esta podredumbre. Entre otras razones, porque no nos queda más remedio. ¡No penséis que el renacer de la humanidad es inevitable! Pues solo los justos, es decir, aquellos que se pongan el mono de trabajo, alcanzarán el reino de los cielos, que no es otro que la vida amorosa y laboriosa en combate con el poder y en compañía de nuestros iguales.

No pedimos, no rogamos, no exigimos, no rezamos, no soñamos, no confiamos, porque no hay soluciones mágicas y nadie va a venir a rescatarnos. Pero sí trabajamos en la autoconstrucción personal para estar a la altura de los acontecimientos a través del cultivo de la virtud basada en la fortaleza, el afán de conocimiento, la sociabilidad, la templanza, la sinceridad y la audacia. Y muy lejos estamos de conseguirlo, empezando por los aquí firmantes, el colectivo de escritores por la transformación integral Amor y Falcata, los mismos que anunciamos a nuestros lectores el fin de nuestro tiempo, un cese de actividad que será realidad tras la publicación del editorial de junio de 2022. Tras muchas batallas y no pocas victorias de nuestra falcata, estamos agotados. No sabemos si este cese de actividad será tan definitivo como la muerte, pero antes de pagarle el óbolo al barquero Caronte, los escritores de Amor y Falcata aspiramos a regresar igual de combativos, más dignos y virtuosos.

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