Así no…

Estaba yo, el otro día, viendo por la tele cómo el “pueblo” se manifestaba contra la proliferación de la energías renovables. Me la prometía muy feliz, la gente estaba “hartándose” del gobierno, pedían voz y voto en la elaboración y planificación, pedían no ser expulsados de las tierras… pero al final de todas las consignas siempre había una “coletilla”, que se repetía en todos los sitios, Andalucía, Galicia, Aragón… y era: “no estamos en contra de las energías alternativas… pero así no”.

Pero la gota que desbordó el vaso fue aquí, en mi pueblo, en una conversación entre el alcalde (PSE) y un dirigente de Podemos. Estaban discutiendo sobre la proliferación de torres eléctricas debido al exceso de plantas solares cuando uno decía (PSE): “cuando hemos llegado al Ayuntamiento vosotros (Podemos) ya habíais aprobado la línea 402”. Y le contestaba (Podemos): “vale, pero ahora podemos hacerlo bien con la Transición Ecológica”. O sea, las mismas consignas: “No estamos en contra de las energías alternativas… pero así no”.

La situación evidencia, muy a las claras, esa “estatolatría” que practica la izquierda hacia el Estado, esa nueva “religión líquida”, superadaptable a los intereses del Capital a través del Estado, de esa “fe ciega”  en que el Estado es el redistribuidor  de la riqueza y por lo tanto necesario para lograr una sociedad más justa. Esto me recuerda a Felipe González y la OTAN con su histórico eslogan: “OTAN de entrada NO”.

Vemos el paralelismo: ”No estamos en contra de las energías alternativas…pero así no.”

En esencia es: ”Sí… pero no.”Estoy de acuerdo… pero déjame participar.”

Y con la OTAN, ya tenemos una experiencia histórica. Tenemos las consecuencias: decían que no entrábamos en la estructura militar. ¿En cuántas guerras ha participado España, desde entonces? En todas: Irak, Afganistán, Libia, Siria… y en las que no sabemos.

A qué nos lleva este posicionamiento ante las energías alternativas: pues a lo mismo. A la famosa -Agenda Globalista- “vente y trinca”. No tendremos nada… pero seremos felices. A la que la izquierda y derecha rinden pleitesía.

Vamos a hablar de los coches eléctricos como alternativa a los coches de gasolina-gasoil. De forma inconsciente nos han metido en la cabeza que es una solución alternativa. Y por lo tanto es una energía alternativa.

Desde la Revolución Industrial todo el desarrollo del capitalismo se ha basado en dos energías: las Fósiles carbón-petróleo  y la electricidad.

Qué casualidad que la propiedad de estas energías hayan estado siempre en manos de unos pocos, dando lugar a la creación de grandes monopolios.

El carbón ya lo desechó el capital por antieconómico y para  ser moderno, como antiecológico. Ahora también el capital desecha el petróleo por antieconómico, pues sabe que el pico máximo de producción ya se ha alcanzado. Le queda poco recorrido. Prueba de ello es que todos los grandes del petróleo están invirtiendo en Salud–Medicina-Alimentación.

¿Qué hacer con la industria del automóvil, bastante potente? La mantenemos, simplemente cambiando el combustible gasolina por electricidad.

¿Ha cambiado algo? Veamos:

  • La propiedad de los medios de producción siguen en manos de una minoría, siguen existiendo los monopolios.
  • ¿Contaminación? Comprendo que un coche eléctrico emite menos gases que uno de gasolina. Pero esa no es toda la contaminación. Todas las últimas guerras se han producido por el robo de las materias primas del petróleo.
  • ¿Quién soporta en la actualidad la producción de energía eléctrica? Todavía el petróleo, gas natural, energía nuclear, solar y eólica. Todas contaminantes en su origen.
  • Tanto la solar, como la eólica, como las baterías de los coches tienen en común una cosa: los metales raros. Productos muy apreciados por las nuevas tecnologías y los nuevos causantes de las guerras y golpes de estados, sobre todo en los países pobres. Que se lo pregunten al pueblo boliviano.

Entonces, ¿qué aportan los coches eléctricos? Realmente nada importante. Solo la oportunidad a los creyentes de esa “nueva religión líquida” (estatolatría), esos creyentes progres de izquierda, también de la derecha, de pavonearse, de estar a la moda, poder comprarse un coche más caro, permitiendo indirectamente una subida de los precios de los coches y a la vez presumir de ser ecologistas y antisistema. Una auténtica comida de tarro.

En definitiva, como los eslóganes anteriores: ”No pero…sí.” ”Sí pero… no.” ”De entrada… no.”

Pero con un buen marketing, con un buen envoltorio y de colores bonitos… te lo compro.

Ahora estos nuevos creyentes estarán contentísimos, pues su Santísima Trinidad- Gobierno-Estado-Capital, les ha subido el precio de la luz un 43%, pero ellos ofrecen este sacrificio en aras del bien común y encima diciendo: “qué bueno es el Gobierno que nos ha rebajado el IVA de la luz hasta el 10%”.

Una cosa tengo clara: Así no… vamos a ninguna parte.

Jorge Martin González

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Reflexiones sobre el 15-M

José María Fidalgo (CCOO), Eduardo Punset, Eduardo Serra (Presidente de la Fundación Everis), en la presentación del Informe Transforma España, de carácter ultra neoliberal, en el año 2010.

Con la perspectiva que da el paso del tiempo, diez años, voy a realizar una serie de reflexiones sobre lo ocurrido a partir del 15 de mayo del 2011.

Primero voy a contextualizar dicha fecha. En el año 2001, hay un hecho determinante que marca un “antes” y un “después” en la historia reciente de la humanidad. El (auto) atentado de las Torres Gemelas en Nueva York. Se  declara la “guerra mundial al terrorismo”. Se instaura un nuevo “paradigma político”. El Imperio (EEUU),  decide qué país es terrorista y por lo tanto queda autorizado para invadirlo y destruirlo. Irak, Libia, Siria….

Este es el primer paso para un Gobierno Mundial (Globalización), que empieza con la proclamación de un Gendarme Mundial.

Casi al mismo tiempo (2000-2005) empiezan a ocurrir un fenómeno nuevo en los países del bloque comunista. Son las llamadas “revoluciones de colores”. Desde la caída del Muro de Berlín, a finales del 1989, comienza la disolución del imperio de la URSS. En múltiples estados, como consecuencia de dichas revoluciones. Teniendo todas ellas un denominador común: todas son pro-occidentales y sufragadas por dinero a través de ONG y Fundaciones capitalistas. Se empieza a hablar de la Open Soviet. Y hay un acuerdo hoy en día,  casi mayoritario, que esto fue así.

Las “revoluciones de colores” fueron: Yugoslavia (2000). Georgia (2003). Ucrania (2004). Kirguistán (2005).

En el año 2006 en EEUU se produce la crisis de las hipotecas “Sub-prime”, produciéndose una crisis financiera  que da pie a revueltas sociales. En el 2008 se extiende a nivel mundial. Llegando a España.

Para contrarrestar las  revueltas, el Capital, proclama presidente de EE.UU. a Barack Abana en Enero de 2009 .Primer presidente de raza negra. La prensa lo publicita como la gran esperanza de la humanidad. Lo va a resolver todo. Le dan el Premio Nobel de la Paz. Terminó siendo el presidente que más guerras había iniciado.

En el 2010, en los países árabes, se da un fenómeno muy parecido, por no decir idéntico, a las “revoluciones de colores”. Aquí llamadas “Las primaveras árabes”. Países del norte de África, Túnez, Egipto, Libia…fueron recorridas por revueltas civiles, que contra todo pronóstico conseguían sus propósitos de derrocar a sus gobernantes. Pero con la sorpresa que los nuevos gobernantes eran peores que los anteriores. Hermanos musulmanes  en Egipto, apoyados por EE.UU. Destrucción de Libia con mercenarios y el apoyo  de la OTAN  y de Francia.

Las “primaveras árabes” tienen en común con las “revoluciones de colores”, es que son promovidas por ONG, Fundaciones Extranjeras y por Internet. Aparentemente no hay un líder, una cara visible, pero si hay una estructura en la retaguardia que las dirige.

En el 2008 llega la crisis financiera a España, aquí popularmente se la llama “crisis del ladrillo”. Gobernaba Zapatero. Los años anteriores a la crisis, el desarrollo y el crecimiento parecían no tener fin. Muchos estudiantes dejaban los estudios para irse a trabajar a la obra, donde podían ganar, de 3000-5000 euros mensuales. En este tiempo Zapatero negaba la existencia de la crisis y que si llegaba a España, no nos afectaría, pues nuestro sistema bancario era de los más sólidos del mundo. Gracias a su “clarividencia” TUVIMOS QUE RESCATARLOS. Algunas cifras, no oficiales, hablan de 500.000 millones de euros.

Empieza a derrumbarse la economía, aumenta el paro, empieza el malestar social, comienzan las huelgas, las marchas de los mineros sobre Madrid, las marchas de la dignidad…todo el mundo protesta. Incluidos los jueces que también hacen su huelga. Los madrileños se quejan de los atascos que se producen diariamente en sus calles debido al exceso de manifestaciones.

Todo ello, debido a la solución, que aplica el Gobierno Socialista, a la crisis. La “austeridad”. Apretarles el “cinturón”  a los trabajadores. Aumenta el descontento popular.

El Partido Socialista, es obligado, por Europa, a aplicar la “austeridad”. Aunque  eso, significara, su suicidio electoral. Pero no importa, su papel ya lo había interpretado. Y como buen “siervo” lo acata sin rechistar. Solo les quedaba perder las próximas elecciones. Para dar paso a los PP. Bipartidismo.

No solo lo acatan, sino que se ponen a ello. Es la primera vez en la historia que un partido político, realiza una campaña electoral para perderla.

  • Adelantan las elecciones al  veinte de noviembre (20N). Fecha de la muerte de  Franco.
  • Eligen como candidato a Pérez Rubalcaba. Personaje “gris”, sin tirón popular.
  • De forma inesperada, Zapatero junto a Rajoy, reforman la constitución, en su artículo 131.Para priorizar el pago de la deuda a las necesidades del pueblo.
  • Garantizado, los Socialistas van a perder las elecciones. Sus amos están contentos.

Ante este maremágnum de acontecimientos, hay un hecho que pasa desapercibido. En el 2010, la Fundación Everis, publica un informe llamado: Transforma España. Patrocinado por : BBVA, Santander, La Caixa, Grupo Prisa, Vocento, Repsol, Cepsa, Telefónica, Bankinter, Mafre, , Barclays…..y entre los “expertos” redactores-colaboradores: César Alierta (telefónica), Felipe Benjumea (Abengoa), José María Entrecanales (Acciona), Eduardo Serra (Presidente de Averis, participante en los gobiernos del PSE y del PP), Eduardo Punset (FMI), José María Fidalgo (CCOO)…..

Dándose una notable coincidencia, una vez leído el informe, Transforma España, es el guión de lo que pasará un año después, el 15-M del 2011. (1)

En una de las varias intervenciones que tuvo Eduardo Punset en la Puerta del Sol, dijo textualmente: “muchas gracias por mantener vivas unas esperanzas que llevamos cultivando desde hace mucho tiempo”.

¿Quién la está cultivando? ¿Tú como economista del FMI? O ¿Tú como experto en la redacción del informe Transforma España?

Otro hecho importante. De buenas a primeras aparece Democracia Real Ya. Nadie la conocía, pero de tanto salir en la prensa y la tele, parecía que existía de toda la vida. Eran varias personas afines al partido socialista. Todas ellas eran “progres”, “emprendedores”, “empresarios jóvenes”….muy relacionados con las finanzas. Su líder-portavoz, Olmo Gálvez, hasta el 2010 había vivido en el extranjero, Londres, China. Es empresario de la empresa “Clustermath”, inventor de un algoritmo de agrupamiento multidimensional.  Es portada en “TIME” como manifestante o “Protester” del 15-M.

La gente que vivíamos  el 15-M del 2011  en España y ajenos a todos estos antecedentes, de buenas a primeras nos vimos bombardeados desde todos los ángulos, pero sobre todo desde la televisión, que España se levantaba para erradicar a los políticos corruptos, las veinte cuatro horas del día, todos los días de la semana. Madrid, Barcelona, Valencia….todas las capitales y pueblos de España. Acampadas, manifestaciones…..Y sobre todo que la policía no las “reprimía”. Vamos que por “generación espontanea” se iba producir la revolución. Todos unidos, no había derechas ni izquierdas, los de arriba con los de abajo…algunos nos teníamos que “pellizcar” para comprobar si estábamos soñando.

Pero había que estar con la gente. Había que formar parte de la Historia. Fuimos al 15-M. Recuerdo mi primera experiencia.

Eran las doce de la mañana, me iba acercando a la plaza del ayuntamiento  de Granada, centro neurálgico de la ciudad. Lugar de la acampada del 15-M granadino. Mis ojos no daban crédito a lo que veían. Allí había un campamento militar, perfectamente montado, superordenado y con unas medios técnicos –dinerarios casi infinitos. Unas carpas increíbles, unos equipos de sonido casi profesionales, unos generadores de luz a estrenar, unas cocinas perfectamente montadas para dar de comer, guardería, secciones por temas…

Había mucha gente, sobre todo en el lugar de la asamblea. Como antiguo militante enseguida me di cuenta. Había dos-tres personas que llevaban el ritmo de la asamblea, que daban la palabra sus afines. Si alguno, por insistencia, le daba la palabra. Había entre el público, dos o tres personas, en este caso con aspecto hippy-rasta, que los interrumpía. Todo esto a una señal de los organizadores. Enseguida me percaté de la jugada, ellos también, se levantaron y se metieron entre “bastidores”, disimuladamente les seguí  y me di cuenta que formaban parte de la organización, pues hablaban con los organizadores de las secciones como colegas.

Otro día me fui a una asamblea de barrio. Unas 40-50 personas sentadas en círculo. Se presenta una persona como del 15-M y por lo tanto moderadora de la asamblea. Se inicia esta y toda opinión diferente a la suya era no tenida en cuenta. Creo que la asamblea se realizo dos o tres veces. Enseguida se disolvió.

Otro día fui a una manifestación, por cierto multitudinaria. Con todos las consignas típicas del 15-M. Realmente había jóvenes, mayores, clases medias, derechas, izquierdas… Como iba solo, me relacioné con varias personas. Todas estaban muy motivadas por el trabajo, un buen sueldo, que para eso habían estudiado una carrera, contra la corrupción, contra los políticos… pero cuando tú hablabas de un cambio de sociedad, cuestionar la democracia, el parlamentarismo, de la revolución te miraban como un bicho raro, uno dejó de hablar conmigo y se fue.

Por estas razones pienso que el 15-M fue una “revolución de colores” o una “primavera árabe”. Fuimos manipulados por la élite del Poder. A través de sus servicios secretos, ONG y Fundaciones afines. Por mucho que nos duela nuestro orgullo y de que mucha gente lo vivió con buena fe.

Jorge Martín González


(1) Quien quiera  profundizar en los entresijos del 15-M visitar la página web “todo está relacionado” en su apartado “la farsa del 15-M”.                                                                                                                

Alma dormida

La memoria que dejó el 15 M, aquel acontecimiento en el que algunos se levantaron o más bien se asentaron en la Puerta del Sol de Madrid para manifestar el descontento ante la situación socioeconómica del país, me ha generado otro recuerdo, una copla de Jorge Manrique: “Recuerde el alma dormida/avive el seso y despierte..” En esta y en otras coplas del gran poeta se asientan muchas de las cuestiones horadadas a fuego lento en el sentir de cada ser humano que estuvo, está y, aun sin querer, estará vinculado a los cambios que estamos viviendo desde aquel momento. Tal vez aquellos días que vivimos hace 10 años ya anunciaban el acontecimiento de hoy y, por qué no, la actualidad retumbará como recuerdo de almas que duermen o están despiertos en un futuro aledaño.

Fue tan rápido el surgimiento de aquello que durante los primeros días se desconocía la dimensión de lo que estaba sucediendo en  la festividad de Madrid, el día de San Isidro, el patrón de los labradores. Los noticiarios, aquellos que parecían tener las llaves de la oficialidad, de manifestar la realidad, comentaban que algunas personas se habían instalado con tiendas de campaña o sentado simplemente en el suelo de una plaza emblemática de Madrid, la Puerta del Sol. Y cada vez eran más y había reuniones de personas muy diferentes que hablaban sobre los problemas de la realidad  y en los medios de comunicación no había una cobertura partidista, probablemente porque no había por allí ni políticos, ni banqueros, ni intelectuales, ni artistas ni toreros. Ni un solo futbolista, ni nadie que saliera en la televisión. Solo gente que se parecía a nuestro vecino o a aquellas personas que te encuentras en el vagón de metro, porque no nos engañemos, aunque había hippies y alternativos, también encontrábamos a gente prototípica de un voto más centrista o conservador, y eso desconcertaba al principio, pero luego aliviaba, porque convertía el acontecimiento en una certeza, la de “estar juntos, siendo diferentes”.

A toro pasado, cada uno se embucha las consecuencias de aquel movimiento. Si rememoramos el modus operandi de los principales actores debemos remitirnos a aquella organización llamada Democracia Real Ya, que fue la detonadora de la creación de una acción que después se trasladaría a las plazas públicas del resto de ciudades y pueblos de nuestro país y de otros países de la UE. En este momento actual habría que preguntarse cuánto de espontaneidad hubo en aquello y cuánto de precesión y estrategia, por parte de aquellos que se beneficiaron.

No fue tan espontáneo como nos hicieron creer. Madrid era una ciudad hipersaturada de manifestaciones, concentraciones, marchas de trabajadores de todos los sectores (mineros, agricultores, ganaderos, joyeros, médicos, policías, educadores ¿cuántas profesiones existen que tengan cabida en un ministerio?) reivindicaciones y acampadas. Además, hay que recordar que era una ciudad que años antes había vivido una tragedia humana, el 11 M, –escogida y sentenciada, no fue aleatoria-  y que ya en ese momento, había experimentado un sentimiento colectivo, de dolor, sí, pero ya tenía en su memoria una experiencia de unión profunda que, históricamente, tampoco había sido la primera. Y de los trenes a la plaza, en un período de 7 años, casi una octava para proyectar una fuerza conjunta. Los trenes, símbolo universal del devenir de la vida, facilitaron una pausa para pensar, para detener un porcentaje de protagonismo a los votados en la supuesta democracia en la que vivíamos y ceder asiento a los verdaderos seres que habitan la tierra. Por un instante, por unos días, el ser humano era más humano, y eso calaba en el inconsciente colectivo como el agua del mar es capaz de ahondar en la arena, y hasta cambiar el paisaje si es necesario. Pero también podía ser un contrincante para aquellos que adoraban el sistema vigente, un actor que se presentaba sin ser invitado a una fiesta donde unos pocos disfrutaban y unos muchos servían.  Detrás había organizaciones que propiciaron lo que después se consideró un hito que abanderaron algunos como estandartes y adalides de un pueblo resurgido y que se enfrentaba, por fin, a un sistema opresor, el ogro que todo se lo come, el capitalismo –que en boca de comunistas podía sonar igual que una carcajada sin gracia- blandiendo pancartas que reclamaban un sistema democrático basado en asambleas y consensos, provocando que los ciudadanos se reunieron para pensar sobre el sistema que nos regía, para sentirse partidario y participativo de manera activa en decisiones que atañen a cualquiera.

Muchas cosas en Madrid pasan en el mes de mayo, habría que consultar a los astros,  pero claramente la sociedad fue viéndose afectada por lo que estaba sucediendo: muchos se mantuvieron al margen, pasivos y aceptantes de lo que los telediarios comentaban, pero se notaba cierta ola de “aires nuevos que auspiciaban una nueva energía”, parecía que aquello volvía a dotar a los habitantes de una conciencia de voluntarios, de seres con voluntad de acción, en pro de una mejor vida, de una manera de ser y estar más felices, y muchos se pasaban por la Puerta del Sol, lugar de uvas, encuentros, despedidas y kilómetro cero. Esa era la sensación, una oportunidad nueva, un partir de cero, como el kilometraje de las carreteras españolas, sin ser ombligo ni modelo de nada. Hospitalidad al poder.

El 15 de mayo se había convertido en pocos días en una confluencia del espacio-tiempo, en un movimiento que caracterizaría a las gentes en protagonistas, finalmente, de su propio modelo de vida, de ser decisores de cómo queremos vivir, dejando a un lado la política, tal y como la conocíamos, con un sistema de representantes que ya empezaban a adolecer de un anacronismo intelectual y burgués que ya dejaba ver el artificio teatral – corrupto, sombrío y satánico, en ese orden- en el que se había convertido y no conseguía que el público, es decir, los votantes, confiaran en el espectáculo como antes, aunque seguían haciéndolo.

En los medios de comunicación la cobertura era máxima. El proceso se había contagiado a Barcelona, Sevilla, a La Coruña, por todo el país e incluso se veían asambleas en pequeños municipios; parecía como si el ser humano hubiese despertado de un letargo y tomara las riendas de su sueño, dejando que la cooperación y el consenso asumieran un primer valor, el valor prioritario y esencial, por encima del yo soy de izquierdas o yo soy de derechas, tan manidos y que tantos festines de conflictos han alimentado a vete tú a saber quién.

Una vez más,cuán presto se va el placer/cómo después de acordado/da dolor, vuelve a cantar Manrique. Se han cumplido 10 años de aquello. Y, sin embargo, ¿quién se pregunta por qué San Isidro es patrono de Madrid? Me veo en la obligación de hacerlo, porque hay un peculiar paralelismo en todo esto. Isidro era un labrador que nació en un avanzado siglo XI y que, a pesar de ser denunciado por sus compañeros por vago, el patrono fue a ver si era verdad y descubrió que era un santo. Sí, mientras rezaba –algo que sus compañeros confundían con la inutilidad, por ignorancia y falta de espíritu, seguramente- los ángeles araban con sus bueyes, y además, tanto él como su mujer, la que hoy conocemos como Santa María de la Cabeza, fueron protagonistas de una devoción sincera y humilde. Después de muertos, ya podemos imaginar la historia: cuerpos incorruptos, milagros, lo típico. Y es que así se concibió inicialmente el movimiento del 15 de mayo, como un milagro incorrupto, angelical, inocente y puro.

Pasados unos meses y con el devenir de los acontecimientos, fue siendo exprimido y drenado social y políticamente. Fue controlado, como lo fueron los primeros cristianos, por un grupo que se erigió como representante de la disidencia y la indignación, y quiso vender la moto de cambiar el sistema desde dentro del sistema, cuando hoy en día sabemos que eso es imposible y que los cambios van por otro lado. En un corto período de tiempo dejamos de ver asambleas en barrios, pueblos y municipios porque fueron sustituidos por los mítines de un partido político que, curiosamente, había hecho suyo el lema de un conocido ex presidente estadounidense. Y alguno llegó a la presidencia de nuestro país.

Hoy aquello parece que fue mucho más lejano en el tiempo, pero creo que si San Isidro y Santa María de la Cabeza hubieran vivido en Madrid en estos tiempos habrían rezado por todos nosotros, mientras muchos que iban a los mítines de aquellos que se quedaron con la energía buena del 15 M les habrían denunciado por inútiles. Y ellos, tranquilamente, habrían entendido que en Madrid hay de todo, y que cada uno tiene su proceso y que la conciencia está donde el alma despierta. Vuelvo a nuestro poeta, ahora, “los ríos que van a dar a la mar/que es el morir”. Qué de cosas cambiarían si todos leyésemos a Don Jorge Manrique.

Nuestro poeta, que sabía muy el poder igualatorio de la muerte, me recuerda en algunos versos cuán confundido está aquel que habla de lucha de clases, porque está vendiendo una fisión. Ahora percibo con claridad que mencionar al pueblo es como tocar la fibra sensible a aquel que se siente parte de un estrato castigado y castigable de la sociedad, siempre la víctima, y siempre dependiendo de un Estado que todo lo puede, pero ojo, que esto fue y es una trampa intelectual. Hemos aprendido muchas cosas en estos años, aunque no todos han asistido a clase, y no todos se han enterado de la lección. Puede que ya sea tarde para algunos.

Hablemos de humanidad, y no de pueblo. Hablemos de conciencia, y no de política. El cambio no viene de que el Estado se gestione de otra manera, el cambio ya se ha dado, y solo aquel que está dispuesto a arriesgar, a pagar el coste, podrá hablar de Humanidad. El resto, puede que se encuentre todavía sentado con una pancarta en la mano.

Cristina Migallón Gallego

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Breve crítica fraternal a “Biólogos por la verdad”

En primer lugar, he de reconocerle a este colectivo su esfuerzo por desentrañar la verdad, la valentía con la que han decidido dignificar el debate libre y enfrentarse al discurso oficial, que ya ha supuesto la ruina profesional de varios disidentes con el mismo, y la buena voluntad (eso pienso) que les mueve.


Sin embargo, la crítica es oportuna y necesaria, si de lo que se trata es de avanzar hacia la comprensión y superación del fenómeno “Covid-19”.


El debate es siempre enriquecedor, y el descontento popular a raíz de la pandemia debe servir para terminar con la sociedad de las “multitudes mudas”. Para que desconectemos de los medios de comunicación, que han demostrado un flagrante desinterés por la búsqueda de la verdad, se han desvelado como inquisidores implacables y han impuesto un mensaje férreamente unilateral. Pero también para que las clases populares tomen la palabra sin la necesidad de credenciales y sin restricción en su discurso.


Debemos diferenciarnos de los poderhabientes, responsables de la situación pandémica, no solo en nuestros argumentos, sino también en nuestro escrupuloso respeto por la libertad de expresión. La voz debe volver al pueblo, y no solo para quienes disponen de formación académica, sino también para quienes se aproximan a la realidad desde la experiencia, la intuición o el ingenio, y también para quienes no.


Por esto me resulta inaceptable que este colectivo, en su “Informe de revisión científica Covid-19”, anuncie dirigirse “a las organizaciones colegiales, a las autoridades sanitarias y al público general”. Estos últimos destinatarios, las clases populares, son así rebajados a la categoría de espectadores, de silenciosos oyentes de un nuevo monopolio informativo en clave disidente.


Por si no lo dejaran suficientemente claro, continúan lamentándose de “la falta de presencia de los representantes oficiales de nuestra profesión ante la sociedad” y de “constatar que durante toda esta pandemia nuestra profesión no ha llevado el liderazgo en un asunto como ha sido esta crisis”, por lo que se marcan como objetivo “despertar a nuestra profesión para que tome ese liderazgo”.


Si bien es importante y esperanzador que el discurso oficial tenga una respuesta en términos científicos, es intolerable que se use su mismo argumento para acallar a aquellas gentes que se revuelven contra él descontentas y se las devuelva a su butaca de asistentes mudos. Este argumento al que me refiero, el de la “autoridad”, es el que han blandido medios de comunicación y parlamentarios desde el principio, para quienes no ha hecho falta más explicación para sus desmanes que la invocación a “los expertos”.


Esto, extrapolable al resto de colectivos que dicen combatir “por la verdad”, no debería aceptarse bajo ningún concepto. No, porque es contrario a toda noción de libertad, democracia y, también, de verdad, pues siempre es sacrificada cuando una minoría acapara la totalidad del discurso.


Además, pensar que la cuestión del coronavirus es exclusivamente (siquiera principalmente) biológica, es un error garrafal. Sus motivaciones son múltiples y, por tanto, debe explicarse desde todos sus componentes: demográfico, político, económico, energético, sanitario, biopolítico, etcétera. Aún con todo, comprenderlo en su totalidad es de una complejidad colosal, algo para lo que los especialistas, precisamente, están menos preparados, pues tienden a ser menos aptos para una visión de conjunto.


Desmontarla argumentalmente, como digo, no será suficiente para terminar con la “plandemia”, puesto que ha sido gestada desde una multitud de causas. Es la necesidad del sistema de poder (Estado y gran capitalismo, principalmente) la que nos ha situado en el punto actual, y por tanto este solo podrá ser sobrepasado mediante la superación de aquel y la construcción popular de una nueva realidad.


Elevar la voz con el fin de persuadir a las instituciones para que enmienden su “error” es estéril, inocente e irreal, puesto que, incluso arrinconados ideológicamente, seguirán adelante con su gestión de la pandemia. Esto es así porque no lo hacen por “ignorancia”, “corrupción” o “desorganización”, sino que es una necesidad para quienes quieren mantener el poder y tienen abiertos todos los frentes que he mencionado anteriormente (demográfico, político, económico, etc.).


Para terminar, me gustaría apuntar que la solución pasa por la organización popular, y de ello es condición, en primer lugar, construirse como sujeto apto para tal fin. Arrodillarse ante una minoría, cualquiera que sea, es indigno, antidemocrático, no libre e inútil, puesto que esperar a que alguien resuelva nuestros problemas nunca será una solución. Así pues, animo a quienes se encuentren preocupados por el momento en el que viven a que reflexionen desde sí mismos, a que convivan y se organicen y a que debatan en condiciones de igualdad y libertad de expresión.


Por lo que respecta a “Biólogos por la verdad”, agradezco la redacción del documento al que hago referencia, de gran utilidad por lo demás, y les animo a que “con” el pueblo, y no “sin” ni “para”, continúen con su muy valiosa labor didáctica.


Fdo: Un biólogo que reniega del poder y sus instituciones y apuesta por una Transformación Integral junto al pueblo.

Diego Martínez Urruchi

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El veganismo engaña, contamina y mata

“El paradigma que nos pide que rechacemos la muerte nos proporciona sin duda un código ético sencillo, un código que reúne a los rectos, pero que representa el pensamiento en blanco y negro de un niño pequeño.”

Lierre Keith

Voy a empezar por el final: el veganismo es la negación de todo lo que promete, ni es sostenible, ni es saludable, ni es una opción éticamente responsable. Más bien al contrario.

Hace no tantos años ser vegano suponía transitar por una senda desconocida para la mayoría, mientras que hoy día se está consolidando como una opción atractiva, por un motivo u otro, por una fracción de la población urbana. A su vez, una parte de ésta desanda el trayecto que le condujo a privarse voluntariamente de todo producto de origen animal, ya sea mediante un abandono reflexivo o, más frecuentemente, debido a problemas de salud[1].

No sería justo obviar que una parte de quienes hacen el esfuerzo de alterar sus pautas de alimentación convencionales en esta dirección lo hacen desde la buena voluntad, y es de agradecer que decidan actuar en base a sus valores. Sin ir más lejos, un servidor decidió hace años acercarse al movimiento por este motivo, y hoy pretendo que este texto sea un paso más hacia la superación del actual sistema de producción de alimentos, destructivo, insano e inmoral.

Quizá la mayor mentira vertida por el veganismo sea que es una forma sostenible de alimentar seres humanos. Esto es falso porque depende de una de las facetas más terribles que adopta la devastación ambiental: la agricultura. La agricultura (convencional o ecológica) que destripa los suelos y los abandona a la erosión; que inunda el entorno de tóxicos perniciosos para humanos, fauna y flora; que deseca los ríos, manantiales y acuíferos a la vez que demanda obras faraónicas que devastan el territorio para irrigar sus campos; que es incompatible con el bosque y necesita talarlo alterando el régimen de lluvias y destruyendo el hábitat de la mayoría de la fauna silvestre;que saliniza irreversiblemente los terrenos sobre los que se asienta; que demanda cantidades ingentes de petróleo y otras materias primas contaminantes, ya sea directamente o para la fabricación en grandes industrias de la maquinaria, las herramientas, los fertilizantes y los fitosanitarios; y, sobre todo, que concentra la propiedad en pocas manos, despoblando el medio rural, y conoce algunas de las formas más atroces de explotación laboral.

Poner en marcha un cultivo agrícola impone la necesidad de destruir el entorno antes existente, normalmente un bosque, cuyos árboles y arbustos han de ser talados, y los animales que en él se cobijaban y logran sobrevivir deben desplazarse a territorios más propicios. A continuación, es preciso roturar el suelo, acción que se repetirá año tras año, donde se acabará con la vida de cientos de roedores, conejos o liebres que habitan en las madrigueras del lugar, así como con millones de insectos y otros invertebrados. El uso de insecticidas, herbicidas, rodenticidas y otros plaguicidas se torna fundamental, ya sean convencionales o ecológicos, eliminando buena parte de la fauna del lugar ya sea directa o indirectamente. Muchos de los animales hacia quienes no se dirigen estos químicos, como jabalíes, corzos, ciervos o conejos deberán ser controlados igualmente, pues de otra manera comprometerían enormemente los cultivos. La cosecha es también un factor grande de mortalidad, y no es extraño descubrir en las lindes de los caminos amasijos de pelo y huesos de animales que han sucumbido bajo las aspas de una cosechadora.

Tampoco es inocuo para muchos animales el acto de empacar la paja en fardos una vez se ha cosechado el cereal, ya que es el lugar que perdices o codornices escogen para resguardarse.

Dicho esto, quien crea que su simple adscripción a la ideología vegana es capaz de evitar el sufrimiento animal o la devastación medioambiental yerra profundamente. Incluso en sus formas más respetuosas, la agricultura supone y demanda la eliminación de un gran número de animales (y plantas), y si quiere renunciar al empleo de combustibles fósiles (para, en este caso, fabricar fertilizantes químicos)ha de emplear estiércol, para lo que es necesario que exista la ganadería.

El veganismo no podría haber reunido seguidores de no ser por el alejamiento que se da entre quienes habitan en la urbe y el medio natural, y de esta manera ignoran la insoslayable norma que exige que para que unos vivan otros deben morir. Ignoran igualmente el funcionamiento del sistema productivo que abastece los supermercados de los que extraen sus alimentos. Por otro lado, el veganismo no es sino la forma que tiene un sector urbano de relajar su conciencia ante su indisposición a adquirir un compromiso real con los animales y el medio ambiente, ya que hacerlo supondría la renuncia a ciertas comodidades y actividades que practican cotidianamente, por ejemplo, la misma vida en las ciudades.

Adoptar un “estilo de vida” vegano es la píldora mágica que algunos urbanitas necesitan para pasar por alto lo derrochador, ineficiente, destructivo, expoliador y egoísta de su existencia en la ciudad.

El veganismo exige cumplir una simple norma, “no uses productos de origen animal”, que promete pretenciosamente a quien la obedezca la superioridad moral de quien se ha hecho un guardián del planeta y un amigo de los animales con la sencilla solución de cambiar ciertos hábitos de consumo.

No en vano, la feroz negativa de buena parte del movimiento vegano de adoptar un compromiso vivencial para la superación del actual régimen decadente de producción de alimentos lleva a acumular en sus filas un alto número de fanáticos. Así, la persecución, el enfrentamiento, el insulto, el chantaje y la amenaza son herramientas muy frecuente en la sección más degradada de esta corriente[2].

Las directrices que promulga el veganismo son a veces claramente ridículas y dañinas. La fórmula que proscribe el uso de todo producto animal exige la eliminación de, por ejemplo, todo derivado de la actividad apícola. La miel probablemente sea el edulcorante natural menos agresivo con el medio, de hecho, la apertura de una explotación apícola supone un gran beneficio para el entorno. En su lugar, el veganismo promueve el cultivo de la caña de azúcar, del ágave o de otros productos que demandan ser cultivados, con el consiguiente perjuicio que genera la actividad agrícola, además del transporte y la transformación industrial en la mayoría de casos.

Es más, si un agricultor escoge complementar su explotación con unas cuantas colmenas, deberá aplicar un gran cuidado al aplicar los pesticidas de rigor, dado que las abejas son un insecto muy susceptible a estos y los acusan especialmente.

Por otro lado, la cera o el propóleo son una atractiva alternativa a otros productos industriales y farmacológicos contaminantes, finitos y costosos energéticamente.

Tratar de comparar a una abeja con un ser humano y otorgarle su sentido del dolor, su necesidad de libertad o su conciencia como ente individual es un nefasto antropomorfismo[3]. La abeja no es comparable, en ninguna de las facetas mencionadas, con un ser humano, puesto que su realidad vital es tajantemente distinta. Ésta es la colmena, y el sentido de su vida es el de proteger, criar, pecorear o copular, según su asignación genética.

Atribuir a un animal aspiraciones humanas es una crueldad aberrante de quienes dicen amar a la naturaleza, pero no la comprenden ni en lo más básico.

No es mi intención defender la ganadería intensiva, como más adelante desarrollaré, pero es necesario comprender que no es la única alternativa a la agricultura pese al limitado espectro que esbozan quienes publicitan el veganismo. Para ellos, sirve la escueta fórmula que asegura que producir un kilo de carne animal supone un gasto de “16 kilos de cereales, 20.000 litros de agua y la energía equivalente a 8,3 litros de combustible”[4] , por lo que animan a ingerir el cereal y ahorrarse el coste de producir un nuevo alimento a partir de él.

Esta frase admite muchas variantes, pero es una constante en la justificación del modo de vida vegano. Todo lo que afirma es cierto, siempre y cuando enfrentes dos realidades que deberíamos rechazar: la agricultura convencional y la ganadería industrial. Además, obvia que es irreal que un ser humano se alimente exclusivamente de cereales, pues su salud se resentiría rápidamente, y el veganismo admite y habitualmente consume otros tantos productos mucho más exigentes en agua y abonos que el cereal[5].

Si esta misma operación sustituyese la ganadería intensiva por la extensiva, mediante la que son aprovechados los pastos, el agua de los ríos o los frutos de los árboles y arbustos, para luego ser devueltos al territorio del que salieron vía micciones y excrementos, el veganismo sufriría una dramática pérdida de seguidores.

El veganismo es bien acogido por ciertos sectores poblacionales sencillamente preocupados por la salud. Hoy es una variante dietética más que muchos “profesionales” de la nutrición venden dada la enorme demanda que tiene por los deseosos de milagros a bajo coste.

Personalmente desconfío de que haya tantos nutricionistas como dietas distintas. Hay gurús para dietas carnívoras, cetogénicas, vegetarianas, veganas, bajas en grasas, bajas en carbohidratos,frugívoras, etc.

Hay que ser muy cuidadoso y crítico a la hora de plantearse cualquiera de estas dietas, e ignorar a quienes justifican su consejo con el argumento de autoridad, esto es, poniendo por delante su interminable lista de títulos académicos y cargos profesionales. Como muchos nutricionistas plenos de diplomas y reconocimientos defienden dietas radicalmente opuestas, prefiero prestar atención a quienes basan sus propuestas en la experiencia, en vez de en teorías e hipótesis, ya sea adquirida a través de sus pacientes o del estudio antropológico.

Un libro de enorme valía es “Nutrition and Physical Degeneration. A comparison of primitive and modern diets and their effects”, del doctor Weston A. Price. El autor, odontólogo estadounidense, decide llevar a cabo una investigación alrededor del globo hacia los años 30 del siglo XX, sobrecogido por el incremento de las enfermedades dentales que observaba en su consulta. Su estudio consiste en comparar poblaciones que mantienen un estilo de alimentación premoderno con aquellas que ya ingieren alimentos procedentes de la industria moderna.

De este periplo deja constancia gráfica a través de multitud de fotografías, donde muestra una salud dental generalmente impecable para los nativos alimentados a la manera tradicional, mientras que aquellos que la habían abandonado salen bastante mal parados al ser cotejados. Se suelen considerar poblaciones genéticamente relacionadas.

Sus conclusiones llegan más allá al, por ejemplo, advertir una escasa o nula incidencia de la tuberculosis en los nativos suizos que mantenían su estilo de vida, cuando esta enfermedad mermaba poblaciones modernizadas del país. Similares son los resultados para la malaria, disentería, tifus o fiebres producidas por garrapatas en distintas poblaciones africanas.

El doctor Price prestó especial atención a la dieta, y la describió para cada una de las poblaciones. A pesar de buscarlas, fue incapaz de encontrar ninguna comunidad que se alimentara exclusivamente de plantas. De hecho, los alimentos mejor valorados por todas ellas eran los procedentes de animales y ricos en grasa, siendo muy importantes las vísceras animales.

Algunos de ellos, como los esquimales, se alimentan exclusivamente de alimentos de origen animal, exhibiendo una vigorosa salud. Para su visita al continente africano asegura que la salud es superior en las tribus pastoras o cazadoras, siendo algo inferior la de las tribus agrícolas, aun consumiendo también estos animales en su dieta.

El conocimiento adquirido es puesto a prueba en su consulta, donde alcanza muy buenos resultados.

Su investigación dio lugar a una fundación que ostenta su nombre, a partir de la que se puede seguir profundizando en el asunto.

Lierre Keith, en su imprescindible libro “El mito vegetariano”[6], relata su desgarradora experiencia, que le hizo abandonar el veganismo por una exigencia corporal. Su fanatismo había llegado a tal punto que mantuvo durante unos 20 años un estilo de alimentación que llegó a producirle daños irreversibles en su salud. En sus propias palabras: “lo que consiguió abrirse paso a través de la estructura de mi fe fueron la enfermedad y el agotamiento”.

Fueron dos décadas lo que le costó a Keith darse cuenta de que el veganismo la estaba destruyendo, y fue así porque esta ideología se convirtió para ella en una religión, situación compartido por multitud de veganos actuales: “Estos vegetarianos no buscan la verdad sobre la sostenibilidad ni la justicia. Solo buscan los hechos específicos que respaldan su ideología y sus identidades. Y aquí es donde una opinión política se convierte en religión, desde el punto de vista psicológico, donde el que investiga busca la confirmación de sus creencias en lugar de un conocimiento activo sobre el mundo”.

La reincorporación de alimentos animales fue determinante para su salud, lo que comenta en su obra, junto con una valiosa investigación dietética al respecto.

No es extraño que para mucha gente llevar una dieta vegana sea una opción razonable. Siempre se nos ha dicho, sin que comprendamos muy bien por qué, que buena parte de nuestra alimentación ha de corresponder a frutas y verduras, o que no hay que excederse con las grasas animales ni la carne roja. Los titulares de multitud de noticias anuncian que consumir carne es cancerígeno, produce diabetes, aumenta el colesterol que obstruye nuestras arterias, y un largo etcétera. Por su parte, la pirámide nutricional cada vez arrincona más los productos de origen animal.

Con este panorama, adoptar una dieta que evita todo aquello que potencialmente nos mata no es en absoluto descabellado.

Sin embargo, la experiencia vegana prueba que esto no es así, que en la mayoría de los casos quienes han sido veganos demandan en un momento u otro retornar a una alimentación que incorpore alimentos de origen animal, y en todos ellos precisa el consumo de suplementos. Una dieta basada en vegetales necesita, como poco, la suplementación con vitamina B12, y lo óptimo es añadir unas cuantas más, como las vitaminas liposolubles (A, D, E, K), difíciles o imposibles de conseguir en el mundo vegetal. Esto, que no suele ser discutido por los propios veganos, debería ser motivo de sospecha, pues supone admitir que es una dieta deficitaria.

Así las cosas, para quienes no optan por el veganismo, la carne se presenta como un veneno necesario en pequeñas proporciones, del que hay que huir cuando el colesterol asoma la patita.

No es mi intención entrar en este artículo en cuestiones técnicas, pero diré que hay una fuerte tendencia contraria a estos postulados, que arguye que el consumo de colesterol, carne roja, huevos o queso no son los causantes de las enfermedades mencionadas[7].

Por otro lado, otra cuestión que debería hacernos reflexionar es la semejanza de nuestro sistema digestivo con el de otros animales carnívoros, mucho más parecido al de, por ejemplo, un perro, que, al de un gorila, un chimpancé o, por supuesto, una vaca o una oveja[8].

Como he dicho, en la red existen múltiples testimonios de antiguos veganos que hubieron de abandonar la dieta vegana dado que su salud se resintió enormemente. Sin embargo, muchos deciden desatender las señales que les da su cuerpo y puede observarse en ellos un claro deterioro físico. Esto ha llamado la atención de toda una serie de usuarios de las redes sociales que deciden retratarlos en sus intervenciones[9].

También es interesante prestar atención a aquellos testimonios que aseguran grandes mejoras en la salud tras incorporar grandes cantidades de alimentos animales a su dieta, en ocasiones superando enfermedades crónicas graves. Tal es el caso de las YoutubersStrongSistas o EastCoastCreep. También de los personajes famosos Mikhaila Peterson o Joe Rogan.

Como he dicho anteriormente, pude experimentar por mí mismo los efectos de esta dieta en la salud. Para mí el veganismo nunca conllevó un convencimiento pleno, sin embargo, sí que adopté a rajatabla los hábitos alimenticios que propugna. Dejé atrás esta forma de alimentarme por una cuestión argumental, tras una investigación más profunda descubrí que estaba errado.

Si bien aún estaba convencido de que era una opción dietética bastante buena, también en esto estaba equivocado. Tras un mes de reintroducción de productos cárnicos adquirí unos cuantos kilos en forma de músculo sin alterar mi actividad física, gané en fuerza y resistencia, y me di cuenta de que las digestiones que realizaba durante mi etapa de alimentación exclusivamente vegetal eran pésimas.

Los testimonios de conocidos que han recorrido el mismo camino son similares o, incluso, más dramáticos.

Dicho esto, quien abrace el veganismo que sepa que no logrará con ello suprimir el sufrimiento y la muerte animal, ni alcanzar la superioridad moral, estar más saludable o terminar con el hambre en el mundo. Más bien al contrario, ahondará en un proceder que le cegará y le impedirá comprender el verdadero meollo del sistema productivo actual y, por tanto, le alejará de las posibles soluciones. Es más, les cerrará la puerta.

Quienes crean que virando la dirección de su consumo podrán hacer frente al modelo agropecuario actual y su destructividad inherente están (casi) por completo equivocados. Éste debe ser entendido en su abismal complejidad, y debe comprenderse en un sentido holístico, es decir, como parte de una realidad formada por elementos políticos, económicos, sociales, demográficos y culturales, entre otros.

Que a día de hoy la producción se realice de la manera en que lo hace, no obedece a un determinismo económico, tecnológico o social, por el que todas las sociedades tenderían a evolucionar hacia una agricultura como la actual. En realidad, este es el desenlace de un largo proceso en el que ha impuesto sus metas, estas son, la maximización de poder, el agente que principalmente regula la vida política de un país, este es, el Estado.

Paul Roberts, en su importante libro “El hambre que viene”, desgrana los muchos movimientos a través de los que los Estados regulan la actividad agraria, en función de sus intereses y en base a una estrategia interna.

A pesar del supuesto debate sobre si es apropiado un libre mercado o una intervención económica estatal, la agricultura está atada en corto por el Estado, ya sea mediante subsidios, políticas arancelarias o control indirecto sobre el mercado. La producción es controlada por el Estado enteramente, y los movimientos en pos de liberalizar o regular más el mercado agrario no son sino medidas destinadas a cumplir con los objetivos impuestos por el mismo, según sus intereses coyunturales, para cumplir su objetivo invariable, acumular mayores cotas de poder.

Y por esto es que hoy la agricultura es destructiva y augura un mal futuro, algo imposible de ocultar ya. Por eso usa masivamente la tecnología, aun cuando la eficiencia que le proporciona es escasa[10], por eso demanda cantidades ingentes de químicos y maquinarias[11] y por eso una solución eficaz demanda una transformación política y económica profundas y, por tanto, una transformación del individuo.

El veganismo, como mucho, le permitiría al Estado pertinente mejorarse y prolongar un tiempo más su decadente forma de producir alimentos, si en algún momento la producción agrícola disminuyese a un punto en que no fuera posible seguir cebando a la ganadería intensiva. Sin embargo, esto no evitaría el sufrimiento animal, pues muchos animales seguirían siendo triturados en beneficio de la producción agrícola, incluso más puesto que paulatinamente será necesario intensificarla más para obtener el mismo beneficio, tampoco supondría un mayor reparto del alimento mundial, pues esta es una decisión política[12].

Lo que sí hace el veganismo, al ocultar los principales factores de devastación ambiental, es alinearse con el poder estatuido, cercenando una posible movilización popular que fuera capaz de restaurar los ecosistemas y recuperar la soberanía política que permitiera orientar la producción hacia otros valores que no fueran la voluntad de poder, como la búsqueda de la libertad, de la verdad, de la convivencialidad o de la belleza.

El movimiento vegano, al presentarse como una iniciativa “revolucionaria”[13], que viene a liberar el planeta de la devastación ambiental, el sufrimiento animal o el hambre de otros seres humanos, miente descaradamente. Pero no sólo eso, además degrada a todo sujeto que cautiva, convenciéndole de que ha de dirigir su energía militante a esta empresa, privándole de reflexionar sobre los pasos que habrían de conducir a un movimiento revolucionario popular para la superación del actual régimen de producción de alimentos, de tiranía política, de atomización y solipsismo, de devastación ambiental generalizada o de ausencia de libertad de conciencia y debate, por citar algunas.

Si hoy el veganismo se resume en cuatro consignas refutadas y aun así está ascendiendo es por la sencilla razón de que produce cuantiosos beneficios monetarios y políticos para influencers, celebridades, periodistas, investigadores, profesores de universidad y otros agentes cercanos a las estructuras de poder y mimados por él. Además, el Estado sale beneficiado al promoverlo de distintas maneras, simplemente por tratarse de un debate que genera confrontación popular y le rodea de una horda de sujetos desconsolados que le claman mendicantes una solución al problema.

El Estado, gran promotor de la ganadería industrial, una actividad inmoral, despilfarradora, ineficiente y económicamente aberrante[14], es a la vez quien impone una normativa destinada supuestamente al “bienestar animal”. Así, crea el problema y a la vez se cubre de gloria al prometer tener la llave de su solución. Sin embrago, estas leyes lo único que logran es desplazar cada vez más a los ganaderos dedicados a las pequeñas explotaciones en extensivo, muchos verdaderamente preocupados por los animales, las montañas, los pastos, los ríos y el aire que inhalan.

La ganadería industrial surge de la necesidad de cada país de liberarse de sus excedentes agrícolas, o de controlar y supervisar escrupulosamente las actividades productivas del mismo. De esta manera, además, niega la soberanía alimentaria de los pueblos y los condena a la dependencia de la industria, asunto que el veganismo no acostumbra a considerar.

Por tanto, si el día de mañana la producción agrícola sufriera una recaída, como advierte en su libro Paul Roberts, una factible solución para soportar mejor el declive sería el animar (u obligar) a la población a consumir mucha menos carne, o ninguna. Con esto el Estado en cuestión sería capaz de competir en la escena internacional durante un tiempo más, aunque no solucionar el problema, y lo que antes usaba para cebar vacas, pollos o cerdos, lo usará para cebar mano de obra.

Así las cosas, la solución pasa por entender el lío en el que estamos metidos, y pergeñar una propuesta atractiva de superación popular del orden actual.

Para terminar, presentaré una serie de propuestas que pueden ayudarse en este cometido:

En primer lugar, es necesario abandonar las ciudades[15]. Estos son auténticos agujeros negros improductivos que demandan enormes cantidades de energía y recursos para abastecerse. La población debe dispersarse en pueblos y aldeas, conectados mediante órganos de soberanía popular (asambleas) organizados en distintos estratos. La razón de ser de la ciudad no es otra que, una vez más la voluntad de poder, puesto que es donde se concentra el artefacto estatal mediante sus múltiples instituciones, y desde donde mejor se ejerce el dominio sobre la fracción popular.

Que los alimentos silvestres vuelvan a introducirse en nuestra dieta, puesto que es la única forma en que es posible la convivencia con los bosques, montes y ríos. Así, el cereal debe reducir su importancia en beneficio de la bellota[16] o la castaña. También deben consumirse hierbas, frutos o bayas silvestres.

Promover la ganadería extensiva, imprescindible en nuestros ecosistemas, que se ven indudablemente beneficiados con su presencia[17]. El animal disfruta de una vida digna, y además reduce las probabilidades de incendios, fertiliza y da vida al entorno, y transforma las malezas, hojas y hierbas en carne, huevos o leche, de una calidad a la que no aspiran otras formas de ganadería. Además, la ganadería extensiva es garantía de la buena salud del territorio natural[18], puesto que necesita pastos vigorosos, árboles que le alimenten con hojas y frutos, y que le cobijen durante el verano y el invierno o ríos que calmen la sed de sus integrantes cuando se hallan fuera de la cuadra.

Arrinconar las actividades agrícolas allí donde su práctica no es perniciosa, dado que hay terrenos en los que puede realizarse de manera sostenible. Sin embargo, su expansión frenética actual obliga a la realización de grandes obras para asegurar el regadío, como los embalses o los trasvases o a la roturación de suelos fácilmente erosionables.

También hay que recuperar los bosques, hoy mermados y sustituidos por especies poco apropiadas, como el pino, el chopo o el eucalipto. Se tiene que dar un proceso reforestador a gran escala, que asegura una revitalización ecológica a medio/largo plazo. Es esperanzador el “Proyecto Arrendajo”, al ser una iniciativa popular que establece la necesidad de esto que expongo.

Y lo más importante, todos, individualmente, debemos realizar un profundo trabajo reflexivo que nos permita comprender el funcionamiento, a todos los niveles y con una perspectiva integral, del mundo en que vivimos.Además de trabajar por construirnos como sujetos capaces de compartir, amar, combatir, sufrir, pensar, convivir o aguantar, pues estos son los ingredientes de los que ha de rodearse quien decide de corazón comprometerse con el planeta, el ser humano (como ente no solo fisiológico), la dignidad animal o la propia salud.

Diego Martínez Urruchi


[1] Merece la pena conocer el mundo de los influencers de este “estilo de vida”. Muchos obtienen la totalidad de sus ingresos de la promoción de suplementos y otros productos de origen vegetal, además del amplio número de visualizaciones que reúnen. Todos los años un número considerable de ellos reconoce que la dieta que defienden no es tan maravillosa como aseguraban, y se ven obligados a incluir de nuevo en ella carne, pescado, huevos o lácteos. Los más inmorales, aun así, no abandonan este rentable negocio. Los youtubers que cito a continuación, cuyos testimonios pueden encontrarse en la red, son una muestra de lo que expongo: Jon Venus, Vegana Dominicana, Rawvana, Sarah Lemkus, Bobby’sPerspective, KasumiKriss, EastCoastCreep, Alyse Parker, Gastrawnomica y un largo etcétera.

Entre los personajes mediáticos más populares también se da esta situación, algunos ejemplos: Angelina Jolie, Miley Cyrus, Jaden Smith, Samuel L. Jackson, AnneHattaway, entre otros.

[2] El revuelo que se crea cuando un vegano decide claudicar, normalmente por problemas de salud, es lamentable. El abandono suele saldarse con el ostracismo y el rechazo, además de con la acusación de ignorar una planificación correcta de la dieta vegana, lo que en la comunidad anglosajona ha llevado hasta la parodia la manida frase: “You did veganism wrong”.

Más allá del espectáculo, más de una vez quienes reivindican la ganadería extensiva como solución a este problema se han topado con amenazas de todo tipo. También ha originado problemas en colectivos autoorganizados asambleariamente, donde en alguna ocasión han optado por ignorar las decisiones tomadas por la comunidad. Los centros sociales son otro de los escenarios de su fanatismo.

[3] Según la RAE: “Atribución de cualidades o rasgos humanos a un animal o a una cosa.”

[4] “20 cosas que hace un vegano para sentirse mejor que tú”, diario ABC (28/12/2018) https://www.abc.es/familia/vida-sana/abci-20-cosas-hace-vegano-para-sentirse-mejor-201812280122_noticia.html?ref=https:%2F%2Fduckduckgo.com%2F

[5] Los productos hortícolas requieren grandes cantidades de agua, y a día de hoy el grueso de su producción en el Estado español se realiza en la “utopía ecológica” del sur peninsular conocida como el “mar de plástico”. Similar ocurre con la fruta. El aguacate, el tomate, el melón o la piña no entran en la sobada ecuación.

Por supuesto no contempla los nuevos productos veganos que se asemejan a productos de origen animal, sencillamente pseudo alimentos, artefactos industriales para los que necesitas mucha paciencia para leer la lista de ingredientes, y costosísimos material y energéticamente. Más adelante me referiré a ellos.

[6] El libro de Keith desmonta por completo el veganismo, y que no haya tenido más repercusión demuestra que las razones por las que este movimiento ha saltado a la palestra son ajenas a la búsqueda de la sostenibilidad o el amor por los animales. Si estos objetivos se desearan perseguir sinceramente desde el veganismo, este tendría antes que rebatir los argumentos esgrimidos por la autora. Sin embargo, esto desbancaría a quienes hacen de esta moda un negocio, ya sea mediante la publicidad o mediante puestos institucionales para promocionarlo. A pesar de un análisis de esta tendencia exquisito, y el importante aporte de algunas soluciones para la situación actual, Keith da palos de ciego al intentar explicar el origen y fundamento del actual sistema de producción. Sobre esto se hablará más adelante.

[7] Para más información, recomiendo el libro “¿Quiero ser vegetariano?” de la Dra. Natasha Campbell McBride, el sitio web https://www.diagnosisdiet.com/ de la Dra. Ede, “Cerebro de pan” de David Perlmutter o el propio libro antes sugerido de Lierre Keith.

[8] Además de la bibliografía otorgada, es interesante el siguiente vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=Yg0Ojxyc0PI&list=PL2KYBm2SJPfZZHEMRDJekGzQZqBbb9F2_&index=34

[9] Tal es el caso de canales de Youtube como “VeganDeterioration” o “VeganPhobic”. Una reveladora compilación es la serie de vídeos “Vegans: The epitome of malnourishment” del excéntrico youtuber Sv3rige.

[10] La cantidad de energía producida en forma de alimentos es bastante baja en comparación con la energía invertida para producirlos. Esta situación es así cuando la tecnología lo es todo en la producción y la fuerza de trabajo humana (o animal) es empleada en la industria y otros sectores económicos.

[11] Las fábricas que los producen son fácilmente transformables en industrias bélicas si estallara una guerra. “En época de paz la cantidad y calidad de las industrias de un país (en tanto que Estado) susceptibles de ser reconvertidas a la elaboración de medios de guerra otorga una parte decisiva del poder negociador poseído por ese país (Estado) en la esfera internacional, y es lo que le abre la posibilidad de hacerse con más y más influencia en todos los ámbitos”, en “Naturaleza, ruralidad y civilización” de Félix Rodrigo Mora.

[12] Según Paul Roberts en el libro mencionado, casi mil millones de seres humanos “no tiene garantías de seguridad alimentaria”, aun cuando se produce alimento de sobra para ellos.

[13] Así la considera Javier Morales Ortiz en su artículo “¿De qué hablamos cuando hablamos de veganismo?” (14/3/2021), incluido en la sección el caballo de Nietzsche del periódico elDiario.es.

[14] Pero no poco rentable. Si afirmo que la ganadería industrial es económicamente aberrante es porque sin la ayuda que el Estado le presta en forma de subsidios extraídos mediante su aparato tributario, sin las políticas mediante las que se adquieren productos baratos fruto de la esclavitud laboral, a veces infantil, de terceros países, sin medios energéticos poco sostenibles a largo plazo, y sin el permiso que el ente estatal le otorga para desmadrarse con los costes ocultos o externalidades (por ejemplo, la destrucción de los ríos) sin sufragarlos, sería imposible que existiera. Por esto, su finalidad no es el beneficio económico sino la voluntad de poder.

[15] Este asunto puede estudiarse en la parte final del capítulo “Las malas hierbas y el proyecto de una nueva civilización”, de Félix Rodrigo Mora, contenido en la obra “Bienaventurada la maleza porque ella te salvará la cabeza”.

[16] Para obtener más información sobre cómo aprovechar la bellota para la alimentación humana, consultar el libro “Manual de cocina bellotera para la era post petrolera” de César Lema Costas.

[17] Al respecto, se puede consultar la obra de Allan Savory, Joel Salatin, Pedro Monserrat Recoder o Jaime Izquierdo Vallina para empezar. O, lo que es mejor, acudir a escenarios donde hay ganadería extensiva y compararlos con donde no existe, lo imprescindible de esta actividad se hace evidente.

[18] Frente a quienes aseguran sin demasiadas pruebas que fueron los campesinos, pastores y otras gentes del mundo rural quienes devastaron los bosques, hay que señalar que los acontecimientos históricos más desgraciados en materia ambiental fueron las desamortizaciones, mediante las que el Estado expolió a los pueblos de sus bienes comunales y los desvió de sus usos tradicionales, la actividad bélica o las propias ciudades (pues conllevaron vigas para casas, carbón para calentarlas, el ferrocarril para abastecerlas o los embalses para suministrarles agua e higienizarlas). Todas estas atrocidades no fueron obra de la gente común, sino de la minoría poderhabiente organizada en el Estado.

De raperos y policías

Pablo Hasél es un idiota, un letrista torpe y un peor músico. Un ser pequeñito e insignificante que se ha hecho famoso sin saber cómo ha ocurrido. Un “revolucionario” de pacotilla. El rapero más citado de un país en el que a casi nadie le gusta el rap. Hasél es un cantante blanco que todavía no se ha dado cuenta de que no es negro. Pablo Rivadulla Duró ‘Hasél’ (de nombre artístico árabe, porque todo lo islámico mola y es muy progre) presenta un aspecto desaliñado que contribuye a que caiga mal a casi todo el mundo. Su música no tiene apenas seguidores. Antes de que empezara la última función del circo mediático de turno, Hasél era un artista desconocido, el payaso triste y gruñón del circo, el “intelectual” enfadado que destila bilis cada vez que coge el micrófono, una bilis que se torna dulce néctar a oídos del Estado y la gran empresa capitalista a la que cree combatir con sus canciones. Porque, como buen comunista, Pablo Hasél es un “niño” pijo de 32 años, el hijo de papá de un rico empresario de la construcción que provocó la desaparición de la Unió Esportiva de Lleida tras dejar el club con una deuda de 10 millones de euros, y el nieto de un teniente franquista que se dedicó a masacrar a combatientes revolucionarios del maquis en el Valle de Arán en octubre de 1944.

Pero, por encima de todo, Pablo Hasél es un pringado. Mientras que el perrito ladrador Willy Toledo, el chihuahua del cine español, ese pésimo actor y polemista tuitero, lleva muchos años viviendo del cuento a merced de su papel de falso revolucionario al servicio del poder, al rapero catalán le ha tocado ser chivo expiatorio del último culebrón orquestado por el CNI. El palmero del Che Guevara, Stalin y distintos grupos paramilitares al servicio de las cloacas del Estado español, ha sido varias veces condenado por su frenética labor como letrista y activista “antisistema”. Hasél ha sido detenido por ‘enaltecimiento del terrorismo e injurias a la Corona’ y su detención, lejos de haber pasado desapercibida como las otras veces, ha propiciado una más bien poco espontánea oleada de indignación que está recorriendo las calles de diferentes ciudades con manifestaciones de protesta y enfrentamientos violentos con la policía.  

¿Quiénes son los indignados? Los mismos de siempre. Antifas encapuchados que queman contenedores de basura, tiran piedras y petardos, trazan las manoseadas pintadas de turno y actúan al compás de la policía en una coreografía mil veces ensayada, en una especie de combate de wrestling más falso que una peseta de madera, en un toma y daca del gato y el ratón, en una batalla urbana precocinada a modo de protesta social de la que la sociedad ni participa ni apoya, porque es cosa de la policía, de sus confidentes y de los reporteros que toman las imágenes que nos arrojan los noticieros. Las manifestaciones en solidaridad con Pablo Hasél son tan poco revolucionarias como las canciones que han llevado al cuartelillo al rapero leridano.

Mientras los medios de comunicación denuncian tamaña injusticia que atenta contra la libertad de expresión, las redes sociales continúan censurando contenidos verdaderamente revolucionarios. Mientras Hasél se hace el malote con sus letras antimonárquicas, la obra ¿Qué pasó en Alcàsser? de Juan Ignacio Blanco, bastante más despiadada con la figura del rey, sigue siendo el único libro censurado en la España del Régimen de 1978. Mientras Hasél incendia las calles con sus canciones, el Estado está aplastando nuestras libertades fundamentales con la excusa de proteger nuestra salud. Mientras los “antifascistas” se enfrentan a la policía, la policía multa, niega libertades, maltrata, agrede, zurra y tortura como hacía años que no se veía, a cada vez más personas de a pie por no llevar la dichosa mascarilla o por saltarse el confinamiento. Mientras la opinión pública mira la fea cara de Hasél, los medios de comunicación distraen la atención de lo que está ocurriendo, que no es otra cosa que la implantación de una dictadura totalitaria y liberticida dirigida por un gobierno de la misma izquierda que defiende Hasél, y consentida por la misma derecha a la que Hasél critica. Que Pablo Hasél haya sido detenido en una universidad, antigua sacristía vetada a la policía, dice mucho de “nuestra” más que supuesta “democracia”. Que los Mossos d’Esquadra hayan dirigido la operación policial de detención del rapero, dice mucho de este cuerpo y de su adhesión al sistema de represión del Reino de España.  

Pablo Hasél es un idiota.

¡Libertad para Pablo Rivadulla Duró! Porque la palabra, no delinque.

Antonio Hidalgo Diego