Horra, horra…

Como cada año Olentzero ha llegado a muchos hogares de Euskal Herria, trayendo en su saco regalos o carbón, según se hayan portado durante el año los más pequeños de la casa. Para entonces tenemos las noches impregnadas de luces, las abarcas en los pies y los villancicos navideños no paran de sonar en las (cada vez menos) casas familiares.

Olentzero es un carbonero que baja de las montañas ataviado con la indumentaria tradicional de casero, con su boina, su pipa, su saco y su alegría. Lo conocemos de manera genérica como Olentzero aunque en algunas comarcas le dicen Olentzaro, Orentzaro, Orantzaro… incluso se utiliza el nombre Subilaro también. A la palabra Olentzero se le conocen diversos orígenes posibles.  Según parece, antiguamente la palabra Onenzaro se utilizó para hacer referencia al cambio de estación coincidente con el solsticio de invierno, acercándose los últimos días del año. Así, se conocía en los territorios vascos a este nuevo periodo que traía el sol, la época de las cosas buenas (onen + [z]aro). Según esta hipótesis, lo que sirvió para nombrar esa transición estacional tomó el nombre del citado personaje.

Según otras voces que han estudiado el tema, estaría unido a una fiesta de canto-tradición llamada Les oleries que se celebraba en navidades en algunos territorios vascofranceses. Esto es, haría referencia a la época de decir adiós (Oles egin + [z]aro). Como se ha dicho, en algunas comarcas de Euskal Herria también se le llama Subilaro, relacionándolo directamente con el fuego, en tanto que época para la búsqueda del fuego (su + bila + aro).

Todo esto nos hace indicar que Olentzero es anterior a la cosmovisión cristiana y que era una figura común para celebrar el solsticio de invierno y el cambio de estación, es decir, existía dentro de los territorios vascos una unidad etno-cosmológica con una simbología compartida por comunidades próximas a la vez que distantes en el territorio. Con diferentes expresiones étnico-culturales este tipo de celebraciones han tenido lugar en Europa desde tiempos inmemoriales. Cuando posteriormente se extendió e instauró el cristianismo a lo largo y ancho de Europa (en su versión católica, apostólica-romana y estatal), le resultó imposible al poder eclesiástico eliminar los cultos tradicionales, decidiendo fusionarlos con la nueva religión dominante. Esto permanece hoy latente todavía en las canciones que se le cantan a Olentzero, por ejemplo cuando se dice que viene a “dar la buena nueva”, en relación al nacimiento de Jesús.

En el siglo XX, durante el Franquismo, muchas expresiones culturales populares fueron prohibidas y perseguidas. Más tarde con el ocaso de la dictadura franquista, y gracias a la fuerza del ente popular y al auzolan (el trabajo vecinal desinteresado), la celebración del Olentzero se fue recuperando en muchos pueblos. Así a partir de la década de los 60-70 la versión moderna de Olentzero tomó el aspecto de otros personajes similares que se habían extendido en otras culturas occidentales. Hasta entonces había sido un personaje aterrador, borracho y con los ojos enrojecidos, que comía y bebía mucho… que se convirtió en un carbonero bueno, genuino y laico a los ojos de la gente. El personaje estaría progresivamente siendo dirigido hacia los niños, trayéndoles a estos regalos por navidad, una adaptación sustancial moderna.

Esta nueva identidad de Olentzero se extendió a los territorios vascos, reduciéndose al mínimo las especificidades que hasta entonces había tenido en las diferentes comarcas. A pesar de ello, este año volveremos a permanecer a la espera de la llegada de Olentzero. Sin quitarnos las abarcas le abriremos las puertas de nuestra casa y en voz alta le cantaremos todas las canciones que por estas fechas nos vienen a recordar que estamos en navidad.

Horra, horra….gure Olentzero! (Ese es nuestro Olentzero)

Gka

Navidad

Hablar de la Navidad, implica hablar de la infancia. Mi infancia. Esa época de nuestras vidas en la que somos vasijas vacías, prestas a llenarse. Donde todo es nuevo, todo está envuelto de un halo de misterio, de magia, de sorpresa… que nos alimenta para el resto de nuestras vidas.

Recuerdo las calles de mi pueblo, iluminadas por tres bombillas incandescentes, una en cada esquina y otra en medio de la calle. Al anochecer, cuando la oscuridad invadía el pueblo, estos tres puntos eran los únicos habitados y centro de toda la calle. Se contaban historias del más variopinto pelaje: brujas, fantasmas, muertos vivientes, mantequeros, etc. La fantasía e imaginación volaban de tal manera que cualquiera se iba solo a casa, atravesando las penumbras de la calle. Por  muy valiente que fueras, siempre esperabas  que uno más grande se marchara, para irte con él.

Cuando llegaba la Navidad todo cambiaba. Volvía el color a nuestras vidas. Ya no era todo en blanco y negro. Los comercios y las tiendas se decoraban con los más diversos colores, la gente volvía a sonreír y las calles se llenaban de gente, sobre todo el centro del pueblo. En esta época del año era cuando los niños lo pisábamos con más regularidad. Todo era bullicio y alegría.

Hasta en nuestras casas se notaba esa alegría. Todos éramos más amables, se limpiaba a fondo la casa, se montaba un belén, nos ponían nuestras mejores ropas y todos en familia íbamos a la misa del gallo. Que siendo un acto religioso, también era un acto social. Allí las familias se mostraban. Al finalizar la misa, aquello era un jolgorio, sobre todo para los niños, se hacían fogatas y no parábamos de corretear alrededor de ellas. Nuestros padres esa noche nos dejaban libres hasta altas horas de la madrugada ¡Qué sensación de libertad y de hacer cosas de adultos experimentábamos esa noche¡ Todavía no la he olvidado. Ahora comprendo que, cuando niño, estuviera deseando que siempre fuera Navidad.

Pero el hecho más apabullante, más espectacular, lo que más nos hacia volar la imaginación era… la llegada de los pastores. Gente ruda, que se vestían con la piel de los animales, llevando borreguitos en el cuello, entraban en el pueblo en cuadrilla, cantando, bailando y bebiendo. Venían del monte, un mundo desconocido, y asaltaban el pueblo, dotándolo con una nueva energía. Irrumpían en las calles del pueblo, con una vitalidad indescriptible, que nos arrastraba a todos a seguirlos, embelesados, como por el flautista de Hamelín. Sobre todo las mujeres, que reían, bailaban… con una energía contagiosa.

Los seguíamos por las calles… hasta llegar al belén viviente. Allí le entregaban los borreguitos a San José y a la virgen María. Uno se quedaba deslumbrado, por tanta luz, por tanto brillo… impregnándose de tanta divinidad, de tanta humanidad y de tanta energía. Que cuando un año descubrí que San José y la virgen María eran unos vecinos del pueblo, no me produjo ningún tipo de ruptura.

Con la vasija bien llena y con el paso de los años, en mi adolescencia, descubrí la religión. La herramienta idónea para derramar la vasija sobre la sociedad. Valores como: el amor al prójimo, ayuda al necesitado, todos somos hijos de Dios… eran principios rectores de mi vida, que me llevaron a ir a los barrios de los pobres a enseñar a leer y a escribir. Asimismo los días de fiesta íbamos al paseo del pueblo, un grupo numeroso, a cantar la “nueva buena” con canciones del tipo “Viva la gente”.

A la par fui descubriendo a la Iglesia, como estructura de poder, con sus normas restrictivas, su cohabitación con el poder estatal… Estaba cantado mi paso a la política, no sin antes hacer un paso intermedio, como “cristiano por el socialismo”. La llegada del marxismo, anarquismo, anarco-marxismo, ateísmo, agnosticismo… era inevitable.

Cuando reflexiono sobre mi infancia-adolescencia, o sea mi navidad, veo que fue una época, como diría Félix Rodrigo, muy convivencial, muy experiencial y muy ateórica; en el sentido que las teorías no me llenaban completamente, pues saltaba regularmente de una a otra.

Hoy en día qué queda de aquella infancia-navidad. Creo que poco, por no decir nada. Casi han destruido al ser humano. En palabras de Antonio Hidalgo, en su magnífico libro “El Minotauro en Alcacer” dice: «El niño que viaja a Disneyland Paris se convierte en un ser consentido, caprichoso, insolente, superficial, ambicioso y egocéntrico cual aristócrata empelucado del siglo de las luces. La diferencia es que este niño es un principito sin poder real, es un peón, una ficha, un objeto y su único privilegio es el dar vueltas en una montaña rusa, un viaje que no conduce a ningún lugar y le devuelve al mismo punto de partida, como un indefenso ratoncito que vive en su jaula y da vueltas en su pequeña noria.”

Nuestra esperanza real es que no todos los niños van a Disneyland Paris. Por lo que todavía merece la pena luchar por una Transformación (Revolución) Integral.

                                                                       Jorge Martin González