Tiempo

Es maravilloso descubrir nuevas perspectivas epistemológicas, así como maneras más escépticas y realistas de conocer el mundo. En este caso me refiero al interesante libro Time Reborn, del conocido físico Lee Smolin, por desgracia únicamente disponible en inglés.

Smolin explica satisfactoriamente cómo todas las leyes o teorías son simples modelos matemáticos, esto es, simples abstracciones lógicas que se aproximan a la realidad, pero de manera parcial e imperfecta. De ahí que el escepticismo cotidiano y el gnoseológico sean cruciales.

Sin embargo, la absolutización determinista y positivista lo ha corrompido todo; la verdad no cuenta, solo importan las teorías y los intelectuales-expertos al servicio del Estado. Y esto ocurre tanto en la ciencia pura (física, biología, medicina, etc.), como en las llamadas “ciencias sociales”, las cuales han degenerado aún más si cabe con la imposición de religiones políticas como el feminismo, el inmigracionismo o los orientalismos.

Respecto al tiempo, que es el tema central de su obra, Smolin describe de qué manera ha sido desterrado de la física desde Newton, junto con otras muchas cosas. Es cierto que dicho autor asimismo peca de cientifismo, lo que resalta sobre todo en la última parte del libro, la propositiva; si bien prefiero exponer a continuación algunas reflexiones en torno a la idea de tiempo, que puedan servir para la reflexión.

Considero que todo ocurre en el tiempo, o en un tiempo. El cambio se da si se desarrolla en el tiempo, de no ser así, no es cambio. Todo proceso es cambio. El conocimiento de cualquier proceso necesita comprender el marco temporal en el que se desarrolla, además de las interrelaciones de los factores internos de ese proceso y los externos a dicho proceso.

Es decir, nuestro actuar en el ahora caracteriza y configura el pasado de mañana; y proyectando en el futuro desde el hoy, modificamos y reconfiguramos el presente por medio del análisis del pasado.

Si de manera general podemos describir al sujeto como ser particular, ser colectivo, ser biográfico y ser histórico; también se debería incluir el ser proyectado o proyección del ser.

Obviamente nada tiene que ver con Freud, y se restringe, si eso es posible, al aspecto temporal de lo humano. Sin duda, la formación de nuestro ser biográfico (experiencias vividas) e histórico (conocimientos, creaciones y experiencias de nuestros allegados o comunidades con relación al individuo, más o menos lejanas en el pasado), determina nuestro ser particular y colectivo, dependiendo la intensidad de su impronta de nuestro esfuerzo reflexivo, amor por lo nuestro y por la propia cultura, afán investigador, etc.

La proyección del ser depende de los aspectos constitutivos del sujeto, dado que en base a todas sus experiencias, circunstancias, sentimientos, reflexiones y conocimientos será capaz en cierta medida de considerar, planear, imaginar y proyectar cómo será o desea que sea su futuro. Empero, este aspecto del ser también constituye al sujeto, estando presente continuamente, y determinando su sentir, pensar y actuar.

Este ser proyectado puede tener dos rasgos fundamentales, el reflexivo y el creativo, y ambos poseen aspectos individuales y colectivos. El reflexivo se podría considerar como análisis, planificación y estrategia. Y el creativo se podría prematuramente describir como esperanza, ilusión, imaginación, grandeza y creatividad, relacionado con sueños y anhelos particulares o colectivos, capacidad de soñar, aspirar y crear estadios superiores de lo humano.

La aculturación y la degradación espiritual de la persona común han dilapidado su estructura biográfica e histórica, mas esto a la vez le impide y anula su proyección. Se produce una castración en el sujeto, se aniquila su pasado y su futuro, se disuelve su ser en un presente emocionalmente aislante, estimulante y atemporal.

En nuestros días la proyección hacia el futuro se extirpa no sólo como reflexión, sino como emoción, imaginación y creación. Se fabrican seres sin pensamiento reflexivo ni estratégico, sin sueños, esperanzas, ilusiones, aspiraciones o metas; viviendo el día a día, perdidos en lo trivial y anecdótico.

¿Dónde está la pasión de nuestros corazones? ¿Quién nos ha robado la esperanza y la épica? ¿Qué recuerdo dejaremos en las piedras de la historia? ¿Queda alguien que anhele construir un mundo nuevo?

José F.E. Maenza

Culpa, Venganza, Perdón

El cine se ha utilizado como herramienta del poder para adoctrinar a las masas. Esta ha sido, y no otra, su principal función y razón de ser. Productores, directores, guionistas y actores han formado parte del clero adoctrinador de la modernidad, una casta sacerdotal que usaba como reclamo para atrapar a los incautos la belleza de sus imágenes y el encanto de sus historias, burda manipulación de los sentimientos del pasivo espectador que acudía al tocólogo de emociones previo pago de una entrada que le aseguraba ser sermoneado para creerse más culto y mejor ciudadano.


Hoy es prácticamente imposible ver una buena película. El cine actual se ha desprendido de su bonito envoltorio de luces de neón y belleza de postín para mostrarse tal cual es, pura propaganda. Hace ya tres décadas era casi imposible ver películas de cierta calidad como Teniente Corrupto (1992), una oscura y controvertida película dirigida por Abel Ferrara y extraordinariamente protagonizada por Harvey Keitel. Tan bueno fue el resultado del filme que la industria del celuloide tuvo que lanzar una reposición en 2009 para enterrarlo en el olvido: la película Teniente Corrupto de Werner Herzog, protagonizada por un vergonzoso Nicolas Cage, es más mala que la quina.


El cine es cosa del pasado, y en su funeral admito que soy uno de esos incautos que ha malgastado a saber cuántas horas de su vida delante de una pantalla, reducido a triste receptor de la ingeniería social de Hollywood. Hace ya un tiempo que decidí, igual que el cura del Quijote, realizar un donoso escrutinio de todas esas obras que me han secado los sesos; y si el Licenciado Pedro Pérez salvó del fuego a la novela Tirant lo Blanc de Joanot Martorell, yo haré lo propio con el Teniente Corrupto de Abel Ferrara, una peli tan cruda y realista, como trascendente.


El teniente, corrupto hasta el paroxismo, no tiene nombre. Es un policía de Nueva York casado y con hijos, que se pasa el día y la noche fuera de casa, bebiendo y tomando todo tipo de drogas en compañía de prostitutas. En medio de una irreversible crisis personal, el teniente trabaja en la investigación del asalto a la iglesia católica del barrio, un acto vandálico en el que los agresores destrozaron el templo, se entregaron a todo tipo de sacrilegios y violaron y torturaron a una joven monja de origen irlandés. El policía solo necesita reunir las pruebas suficientes para incriminar a los culpables, pues todo el barrio conoce la identidad de los jóvenes autores de la brutal agresión, antiguos alumnos de la joven a la que violaron. Mientras avanza la investigación, se acelera también la caída al abismo del antihéroe, entregado en cuerpo y alma a su propia autodestrucción, un proceso aniquilador que no pasa por alto la ludopatía. En las series finales de béisbol se empaña en apostar su dinero, y el de sus colegas, a la improbable victoria de los Mets, y dobla la apuesta tras cada derrota sin disponer del capital suficiente para hacerse cargo de la enorme deuda contraída con la mafia.


La ‘culpa’, según la teología, es ‘el pecado o transgresión voluntaria de la ley de Dios’. El teniente se siente tan culpable por su vida disoluta como deberían sentirse los delincuentes a los que investiga, así que mientras se autodestruye por puro arrepentimiento poniendo en serio peligro su vida timando a la mafia y consumiendo estupefacientes, propone a la joven novicia “tomarse la justicia por su mano” y matar a los violadores, en vez de detenerlos. Pero la monja se opone a esta propuesta de venganza con gran entereza y paz de espíritu, asegurando haber perdonado ya a sus torturadores. El teniente pretendía redimirse a sí mismo cometiendo un asesinato que vengara el honor de otra persona, depositando su propia culpa en unos jóvenes camellos de poca monta que habían cometido un crimen mesurablemente más aberrante que los desmanes habituales del funcionario.


¿Cuántas ideologías líquidas y terapias modernas pretenden liberarnos de nuestra culpa encerrando nuestro ego en una burbuja solipsista y depositando la responsabilidad de nuestros actos en otras personas, desde nuestros padres a nuestra expareja, pasando por aquellos jefes y profesores que nos hicieron la vida imposible o por misteriosos traumas intergeneracionales acontecidos siglos ha? La culpa es el resultado de un yerro personal que implica una responsabilidad individual, un doloroso aviso que nos recuerda que no hemos actuado correctamente, que nos hemos equivocado, y que por nuestras decisiones hay otras personas que han salido malparadas. Así que la culpa no es buena ni es mala, convive con nosotros, y es tan humana como el dolor, la muerte, el miedo y la enfermedad. La culpa es un mecanismo necesario que ayuda a regular el comportamiento humano. Un mundo liberado de toda culpa sería muy guay y muy New age, pero también daría paso a una sociedad de psicópatas reincidentes.

Tan nocivo es renunciar a la responsabilidad de nuestros actos como asumir la culpa de los crímenes que han cometido otros. Igual que no debemos cargar con las consecuencias del comportamiento de las personas que nos rodean, tampoco debemos caer en la trampa del autoodio que tanto fomentan las instituciones de poder, sus intelectuales a sueldo, medios de comunicación y grupos de presión. Ser europeo no me convierte en imperialista; ser “blanco” no implica ser racista; vivir en el siglo XXI no me hace responsable del llamado cambio climático; y que sea hombre no significa que sea machista. La culpa no debe ser desviada a otras personas, ni diluirse en un colectivo. No soy rebelde porque el mundo me ha hecho así, como aseguraba la escuela sociológica de Chicago; no vivo en un país disfuncional porque Colón descubriera América; ni soy un solitario mamarracho con baja autoestima por vivir en una sociedad homófoba y heteropatriarcal. Como dijo Karl Jaspers, ‘solo es criminal el individuo’ [1]. Que cada palo aguante su vela, y que cada hijo de vecina asuma la responsabilidad de sus malos actos tratando de no volver a cometerlos.


Pero somos humanos, imperfectos, así que cometemos errores y dañamos a otras personas. El teniente corrupto de Abel Ferrara es una exagerada caricatura de todos nosotros, el reflejo perverso que no queremos ver en el espejo. Porque no somos seres de luz, y el mal es una elección que muchas veces escogemos, por comodidad, por ignorancia, por codicia, por error, por imitación, por costumbre, por lujuria, porque obedecemos órdenes, por envidia, porque sí. El dolor que infligimos a los demás no desaparece con una disculpa, sino que es un daño irreversible que solo fingimos camuflar, como el que pone un parche en una rueda pinchada. La culpa que arrastramos será más llevadera cuando asumamos la responsabilidad de redimir nuestras faltas. La ‘redención’, según la RAE, consiste en ‘rescatar, sacar de la esclavitud al cautivo mediante precio’ (primera acepción). La culpa nos esclaviza en cumplimiento de una condena cósmica que nos recuerda a todas horas que tenemos un cadáver enterrado en el jardín de nuestra azotea. Solo la consciencia de nuestros malos actos y el compromiso personal de no volver a cometerlos puede pagar el precio de nuestra culpa y liberarnos.


Una sociedad egocéntrica, maquiavélica y desespiritualizada como la que hemos consentido edificar no favorece, precisamente, la asunción de responsabilidades. Cada día soportamos todo tipo de injusticias por las que no obtenemos ningún tipo de reparación. Recibimos los golpes, nos sentimos impotentes, nos llenamos de rabia. Friedrich Nietzsche escribió en La genealogía de la moral (1887): «Todos los instintos que no se desahogan hacia fuera se vuelven hacia dentro (…) La enemistad, la crueldad, el placer en la persecución, en la agresividad, en el cambio, en la destrucción… Todo esto se vuelve contra el poseedor de tales instintos: ése es el origen de la mala conciencia». Muchos se deprimen, algunos se suicidan, otros se evaden de una realidad cada vez más difícil de soportar; la mayoría se rinde. Nietzsche nos propone desahogar las frustraciones que nos ocasionan los abusos que recibimos descargando nuestra ira en aquellos que son más débiles que nosotros, en nuestros iguales o en las personas con que las que convivimos. Frente a la actitud católica de la monja de poner la otra mejilla mientras estaba siendo vejada, la no menos católica respuesta del teniente: iniciar una larga marcha hacia la autodestrucción agobiado por el peso de la culpa. Todas ellas son pésimas soluciones.


El teniente, desesperado por sus patéticas circunstancias, despierta de su martirio autoimpuesto y pretende descargar su culpa vengando a una chica que representa toda la pureza de la que el policía adolece; el protagonista cree que el individuo puede vencer a la injusticia mediante la práctica de la venganza. ¿Cuántas veces habré fantaseado con matar con mis propias manos a determinados psicópatas que salen en televisión? ¿El “placer” de practicar la violencia contra los malvados nos hace libres? ¿Cuántas películas de Hollywood han glorificado la sed de venganza, como Harry el sucio, Kill Bill o Django desencadenado?


Los filósofos estoicos estaban convencidos de que la venganza nos enferma, y el perdón nos cura. Séneca abogaba por el uso de la razón y no dejarse arrastrar por la servidumbre de la ira; Epicteto rechazaba el derecho de venganza, también el de las instituciones del Estado; Marco Aurelio apostaba por la comprensión de las faltas del prójimo. Así que el perdón (la clementia latina) no es un invento judeo-cristiano, sino que estaba muy presente en la Antigüedad, tal y como ha argumentado Charles L. Griswold[2]. Entregarse a la venganza es dejarse dominar por las pasiones: perdemos el control de nuestros actos, nos rebajamos a la altura de quien nos ha ofendido y demostramos que hemos sido incapaces de asumir un dolor que nos ha acabado destruyendo, en vez de hacernos más fuertes. La venganza no enmienda el daño que nos han infligido, ni puede resucitar a los muertos. La venganza no puede reparar lo irreparable. Saber perdonar no nos convierte en personas débiles, sino en individuos autoconstruidos y seguros de nosotros mismos.


Después de tocar fondo al masturbarse en la calle delante de dos adolescentes a las que coacciona enseñando su placa, el teniente visita la destrozada iglesia y recibe la aparición de Jesucristo, al que suplica perdón por sus pecados y acaba besando los pies. Tras esta revelación, tal vez provocada por el consumo de alucinógenos, el teniente corrupto decide redimirse a sí mismo con un sorprendente acto de generosidad: se dirige al antro en el que malviven los dos jóvenes violadores y, lejos de acabar con sus vidas tal y como el espectador espera, los secuestra, les entrega una buena suma de dinero y los mete en un autocar que les va a trasladar a la otra punta del país con la condición de que no vuelvan a pisar Nueva York y empiecen una nueva vida más edificante y mejor. En la siguiente escena, el redimido policía cae abatido por los disparos de la mafia.


Nunca sabremos si los dos jóvenes violadores consiguieron redimirse y dejar atrás su vida de odio y de violencia. Probablemente se gastarían el dinero en armas, en drogas o en regresar a la ciudad para seguir haciendo de las suyas. Nunca lo sabremos, porque es un relato de ficción. En todo caso, ¿quién era el teniente corrupto para redimir a nadie? Podría haber empleado sus energías en rehabilitarse a sí mismo, enderezar su vida desnortada y dar amor a su familia. Porque el verdadero acto de amor de esta historia lo protagonizó la joven monja que tuvo la entereza de perdonar a sus agresores demostrando más valentía en otorgar el perdón que en la defensa de su integridad.


«Al que te hiera en la mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite la capa, no le niegues tampoco la túnica» (Lucas, 6:29). Este versículo evangélico, probablemente falseado por la Iglesia romana, es una auténtica aberración. Saber perdonar las faltas de los que nos ofenden no significa abandonarse al masoquismo. Permanecer pasivo ante las ofensas es aceptar la moral del esclavo, justificar la injusticia, colaborar con el abusador y desprenderse de la dignidad humana. La religiosa irlandesa de la película de Ferrara debió luchar con todas sus fuerzas para evitar ser violentada por los dos adolescentes, pelear hasta la muerte o hasta causar la muerte a sus agresores. Tan legítimo es el derecho de defensa, como innecesario el de venganza. Las guerras son tan despreciables como convenientes cuando estamos siendo ultrajados. «Las armas son instrumentos de mal agüero y la guerra es un asunto peligroso (…) Las armas solo deben usarse cuando no existe otro remedio», El arte de la guerra de Sun Tzu.


A todas, todos y todes aquellos que me habéis censurado este verano por argumentar la perversidad del feminismo de Estado; a todos los libreros que no queréis vender mi libro porque molesta al poder establecido; a todos los que me habéis impedido hacer actos públicos por no ser políticamente correcto; a los que habéis censurado mis contenidos en las redes sociales; a los que han hecho libelos difamatorios contra mi persona de forma anónima; a los que me habéis insultado por no compartir vuestras ideas (que son las del poder); a los que me habéis ordenado censurar mis textos; a todos vosotros, yo os perdono. Pero tened bien presente que no soy como la monja de Teniente corrupto: sé defenderme y os haré frente. Responderé a cada una de vuestras agresiones con la contundencia de mis textos y mis argumentos, y estoy dispuesto a entablar una lucha encarnizada cada vez que no respetéis mi libertad de conciencia y de expresión.


Os comprendo. Sé que tenéis vuestras razones. Unos lo hacéis por ignorancia, otros por dinero, otros por pura intransigencia. No quiero convenceros de nada, ¡pensad como os dé la gana!, podéis seguir siendo unos fascistas posmodernos, de esos que reprimen sin dar la cara. Cuando recapacitéis y dejéis de ser censores quedaréis redimidos, y juntos podremos aprender a convivir y a trabajar por el bien común.

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[1] La pregunta por la culpa. De la responsabilidad política de Alemania (1946).

[2] Ancient Forgiveness. Classical, Judaic and Christian (2012).

Conflicto y convivencia

En cualquier ser real o sistema natural, dinámico, dialéctico y complejo intrínsecamente, el conflicto existe per se. Se precisa para multitud de procesos autotransformadores. Surge un problema, el cual, a través de la capacidad innata de dicho ente, en la mayoría de los casos supera, y por ende se fortalece; verbigracia una enfermedad. Esto nos ocurre a nivel individual ante cualquier cuestión o problema que nos encontramos en la vida diaria, donde se nos presenta un conflicto, pensamos una solución si es posible, e, idealmente, aprendemos.

La pretensión de evitar a toda costa el conflicto es utópica y dañina. El epicureísmo abrazó esta idea con aciagas consecuencias, igual que todo el resto de ideologías que huyen del sufrimiento inherente y constitutivo de lo real. Aceptarlo como parte de la vida es fundamental. Tanto a nivel personal como colectivo, el conflicto es no solo inevitable, sino sano e imprescindible.

En un sentido colectivo, al evitarlo se acaban constituyendo colectivos gregarios y sectarios, aniquiladores de la libertad individual. De modo que lo preciso es promover el debate constructivo, basado en el respeto, la cortesía y la cordialidad, pero sin buscar siempre el acuerdo. Si éste no surge, hay que aceptar las diferencias y la diversidad, mas premiando el espíritu convivencial entre los iguales.

Lo vemos en las amistades, parejas, familias y demás formas naturales de convivencia. Los conflictos emergen, sobre todo en las dificultades, pero al superarlas juntos fortalece al conjunto, igual que a los individuos como tales. La ideología hobbesiana de todos contra todos nos está haciendo olvidar esto. La causa de ello es el empeño de las élites en que la gente común viva en un continuo enfrentamiento interpersonal para que su sistema jerárquico de poder se perpetúe ad infinitum.

Si un conflicto rompe radicalmente con lo anterior, por ejemplo acaba con una relación de pareja, esto no significa el fin de la convivencia. Es preciso convertirse en una persona con templanza, amor, compasión, humildad, así como capacidad para perdonar las ofensas y ver lo positivo. Aunque no se pudiera continuar dicha relación como anteriormente era, existen otras vías distintas de hacerlo. Verbigracia se puede continuar siendo amigos.

Tenemos, la gente común, que esforzarnos al máximo por mantenernos juntos todo lo posible y trabajar por erigir una sociedad convivencial opuesta a la actual. Sobre todo aquellos conscientes de la muy grave situación en la que nos encontramos, y, más aún, quienes pretendemos una revolución integral.

Como es obvio, a quienes estamos a favor de la revolución también nos afecta esa situación generalizada de enfrentamiento interpersonal. Con que debemos evitar cualquier enfrentamiento a causa de temas secundarios o de poca importancia; aceptar el conflicto de ideas y evitar el personal.

Ergo entre quienes apoyamos la revolución integral hay que incorporar, además de contenidos y enfoques políticos, un aprendizaje de comportamiento individual y colectivo, de autoconstrucción del sujeto para capacitarnos en lo convivencial con introducción de normas de convivencia que nos permita cumplir las tareas que nos fijemos; porque, en caso contrario, nos estamos boicoteando a nosotros mismos.

Con que hay que aceptar los conflictos, adversidades y tribulaciones internas y externas como parte de la vida; igual que debemos afrontarlos con fortaleza, templanza y decisión, sabiendo que se resuelvan o no, lo importante es perseguir nuestras metas, ser fieles a nuestros valores y cultivar los bienes espirituales, ante todo el par dialéctico libertad-convivencia, libertad junto al otro.

José Maenza

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¿Felicidad? Para Séneca y para la revolución: por delante la virtud

El filósofo estoico, en su tratado De la felicidad[1], aborda el asunto en relación a las costumbres de sus contemporáneos y encamina a quienes obsesionados con su búsqueda viven descontentos. La felicidad representa una quimera común para los hombres de todos los tiempos y, paradójicamente, cuanto más la pretenden más parece alejarse. Tal obsesión, como único destino del ser humano, se torna en su contra, pues la existencia, aunque no determinada, está condicionada al azar y, por ello, muchos se derrumban o se encumbran según su suerte. En cambio, asegura Séneca, es feliz “un hombre que no se ensalza ni se abate por los cambios de la fortuna”,  ese que piensa que su único bien es la virtud  (p. 77).

La figura de Lucio Anneo Séneca (Córdoba 4 a. C – Roma 65 d. C.) resulta controvertida si, además de sus alabanzas a la virtud, a una vida sencilla y de dominio de sí, tenemos en cuenta que fue un hombre de Estado. Ofició de magistrado en el Imperio romano y como tutor y preceptor del príncipe Nerón durante su infancia y juventud. Fue su consejero y hasta cónsul en su gobierno, lo máximo a lo que podía aspirar cualquier noble. En el momento en que termina De la felicidad (58 d. C.) había alcanzado las cotas más altas de poder en Roma. Su excelente oratoria le propició un gran éxito y en esos cargos acumuló enormes riquezas en “extensos jardines”[2]. Se dice que se ganó las envidias de otros patricios y hasta del cruel emperador Nerón, quien realizó numerosas ejecuciones incluidas las de su madre y hermano. El tirano señaló al propio Séneca como conspirador y conminó su suicidio. El filósofo y pretor acabó sucumbiendo al poder que sirvió y ejerció. Pese a su funesto servicio al imperio, sus reflexiones y sentencias contienen gran valor moral.

Las enseñanzas del tratado De la felicidad gozan de absoluta actualidad, más cuando el autor asevera que muchas personas viven infelices “no porque carezcan de placeres, sino, precisamente, por causa de los placeres mismos”. Erróneamente, entonces, como hoy, se asociaba el placer a la felicidad. Séneca censura tal asociación. Confía en la fuerza del espíritu, esto es, confía en la virtud para prepararse a los vaivenes de la fortuna, lo cual, probablemente, le ayudó a afrontar su muerte con serenidad.

El tratadista defiende la virtud como fin en sí mismo e interroga a su interlocutor en contrapunto a sus ideas: “¿Por qué me nombras al placer? Yo busco el bien del hombre, no el vientre, que el de las bestias y las fieras es más grande” (p. 82). Sometido al placer, se pregunta, ¿quién será capaz de enfrentar el trabajo, el peligro, la pobreza u otras amenazas de la vida del hombre? De esas experiencias de dolor, sufrimiento o muerte aprendemos sobre la total y compleja condición humana. Plantear como su destino una mesa pródiga y un sinnúmero de placeres reduciría al ser humano a un ser indigno, incapaz de superar los obstáculos de la vida y la historia, o de arriesgarse por objetivos trascendentes.

Su precepto no contrapone la virtud a los placeres, sino a los vicios, como parece lógico. Pero acusa a quienes no saben que la maldad abunda en los placeres ni comprenden que, el alma, inclinada a estos, se derrumba en numerosos vicios. Quien se fascina por los placeres se debilita, incuestionablemente lastra sus fuerzas y se degenera. En cambio, con la virtud se pondera el placer sin cegarse, siempre que sean separados, ya que el embrión del bien tiene su origen en la virtud.

Cuando la virtud va por delante existe una satisfacción inalterable. No por la virtud faltará el placer –indica–, del cual se tendrá seguridad y dominio. En caso contrario, uno carecerá tanto de la virtud como del mismo placer. De colocar la virtud a expensas del placer, ese pobre carecerá de virtud y, a la larga, del placer, pues siendo su esclavo se sentirá víctima del dolor. Tal inercia es propia “de una mente incapaz de concebir nada grande” (p. 86).De ahí que sostenga que, quien persigue el placer, lo posponga todo, empezando por su libertad.

Al inicio de su diatriba el filósofo-consejero plantea que “puede llamarse feliz aquel que, ayudado de la razón, ni teme ni desea” (p. 78). Pero, en la presente crisis, ¿quién alcanza a vivir sin miedo y sin deseo, o siquiera los aplaca? El individuo de nuestra época destaca por lo contrario, vive asustado y con insaciable apetito. Mayoritariamente se admitió el discurso pancista del Estado asistencialista y bajo el vigente régimen social de pandemia, distanciamiento y soledad se insiste en que la salvación de nuestro destino feliz depende de sus ayudas, leyes o reformas. Este discurso no solamente es una argucia, sino que es perjudicial porque incentiva a la pasividad, a no hacer nada, a no ser nada…

Por su condición idealizada, cualquier utopía es irrealizable, y, sin embargo, el poder constituido totalizó el sentido de la vida a tan bajo destino. En ese ánimo utópico el hombre contemporáneo se persuadió y se entregó a una felicidad desfigurada. Las sociedades urbanas de los últimos 60 años persiguieron un horizonte engañoso y hedonista que arrastró al individuo y le disminuyó en fuerza, voluntad y sensibilidad. De acuerdo a ello, la grotesca propaganda y la imposición de la atomización social nos acercó más a las distopías de ficción de Un Mundo feliz o de WALL·e, donde los seres humanos vegetan dóciles y perezosos, y apaciguan su miedo en la irreflexión y en el consumo.

En nuestro presente, la crisis de época coincide con el descenso del vigor del individuo, con el deterioro de su salud física y mental, y con la pérdida de entusiasmo por la vida. La actitud nihilista o la depresión generalizada se relacionan con la carencia de objetivos trascendentes, con el régimen coercitivo y con la inexistencia de afecto o de unas sólidas relaciones entre iguales. Todo lo cual es la pésima consecuencia de aquella obsesión de certidumbre y placer confiada a la suerte del Estado de ‘bienestar’. Definitivamente, hoy no distinguimos ninguna utopía en el horizonte, si acaso, un escenario devastador por el desplome del modelo vigente insuperable sin un principio de virtud. Fiel a ese principio, hallaremos contento en nuestra mejora personal y, solo así, concebimos la revolución y enfrentaremos los grandes riesgos para cambio histórico decisivo.

Javier Pérez


[1] Séneca, Tratados morales. Madrid: Austral, 2012.

[2] Juvenal, Sátiras. Madrid: Alianza Editorial, 2010, 279.

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Libres antes que felices

La ideología de izquierda está hoy más que nunca hundida y certifica que más que un instrumento para mejorar la vida de la gente ha sido, es y será el más terrible de los artefactos ideológicos para confundir y deshumanizar a las clases populares. La bandera del eudemonismo (o el felicismo) ha sido enarbolada con orgullo durante décadas incluso siglos, bajo el pretexto de la felicidad como meta vital. Sin ir más lejos el ya caducado Arnaldo Otegi, líder de la Izquierda Abertzale, espetó hace 5 años en una conferencia que «Los seres humanos venimos al mundo a ser felices. La izquierda no puede abandonar este discurso». Mismo mensaje que lanzara en su día el aparentemente celebre político Pepe Mújica y otros tantos adalides y salvadores de trabajadores que han querido inculcar ese horrible horizonte en las mentes de las gentes. Nada más mesiánico, religioso, que la felicidad como fin.

Debe decirse que el ser humano viene a la vida a vivir, a vivir todas las vicisitudes que la vida le interpone, la felicidad tanto como la infelicidad, el dolor tanto como el gozo, la alegría o la tristeza, la salud o la enfermedad. Recurriremos al Euskera, la patria de los vascos, esa que falsamente enarbolan cabecillas postmodernos y antivascos como Arnaldo Otegi, para realizar una aproximación etimológica a la cuestión de la felicidad. En Euskera, a la felicidad se la conoce como zorion, cuando felicitamos decimos zorionak. Zori quiere decir suerte y on significa bueno o positivo, por lo que zorion viene a ser fortuna, felicidad o buena suerte. Por el contrario zoritxar o zorigaitz significa desgracia o mala suerte, ya que txar o gaitz hacen referencia a lo malo o negativo. También contamos con la palabra zorte, que viene a significar algo similar a zori, en tanto que las escasas posibilidades de que acontezca un determinado suceso, tanto en el sentido positivo como en el negativo. Siendo esto así, la posibilidades de gozar de estados parciales de felicidad/desgracia son escasos y puntuales respecto al amplio conjunto de momentos que componen la vida del ser humano medio, independientemente de que vivamos la vida con valentía y alegría, sobreponiéndonos a las dificultades y a los quehaceres mundanos.

Por tanto, zori hace referencia a fenómenos impredecibles, los mismos que conlleva el acto de vivir. De este modo, podemos concluir que vivir es una suerte, que el vivir está impregnado del azar, de múltiples posibilidades, que la vida no está determinada y que en ella nos toparemos con la felicidad tanto como con la desgracia. Y es así porque la existencia, igual que la propia condición humana, es bipartida. Tener como meta la felicidad es una utopía irrealizable e inalcanzable ya que es ajena a la propia condición de la vida, y en las únicas condiciones en las que puede lograrse, es bajo la instauración del ganado estabulado, en un ambiente inerte, pasivo, de esclavitud del Ser e ilimitado abastecimiento de pienso. Dotar de pienso (alimentación), redil (vivienda), amaestramiento (educación) y salubridad (sanidad), es el programa político de todos los ávidos de poder.

Se le debe decir a Otegi en particular y a todos los políticos-funcionarios y demás trepas engaña-masas en general, que rechazamos su religión eudemonista, que la vida es combate y que estamos tan dispuestos al goce, a la alegría, a la salud y a la felicidad como al dolor, a la tristeza, a la enfermedad y a la infelicidad. Porque es ese el camino que nos muestra la vida y que por mucho que uno se empecine en negarla, es esta así de cruda y compleja.

Gka