Conflicto y convivencia

En cualquier ser real o sistema natural, dinámico, dialéctico y complejo intrínsecamente, el conflicto existe per se. Se precisa para multitud de procesos autotransformadores. Surge un problema, el cual, a través de la capacidad innata de dicho ente, en la mayoría de los casos supera, y por ende se fortalece; verbigracia una enfermedad. Esto nos ocurre a nivel individual ante cualquier cuestión o problema que nos encontramos en la vida diaria, donde se nos presenta un conflicto, pensamos una solución si es posible, e, idealmente, aprendemos.

La pretensión de evitar a toda costa el conflicto es utópica y dañina. El epicureísmo abrazó esta idea con aciagas consecuencias, igual que todo el resto de ideologías que huyen del sufrimiento inherente y constitutivo de lo real. Aceptarlo como parte de la vida es fundamental. Tanto a nivel personal como colectivo, el conflicto es no solo inevitable, sino sano e imprescindible.

En un sentido colectivo, al evitarlo se acaban constituyendo colectivos gregarios y sectarios, aniquiladores de la libertad individual. De modo que lo preciso es promover el debate constructivo, basado en el respeto, la cortesía y la cordialidad, pero sin buscar siempre el acuerdo. Si éste no surge, hay que aceptar las diferencias y la diversidad, mas premiando el espíritu convivencial entre los iguales.

Lo vemos en las amistades, parejas, familias y demás formas naturales de convivencia. Los conflictos emergen, sobre todo en las dificultades, pero al superarlas juntos fortalece al conjunto, igual que a los individuos como tales. La ideología hobbesiana de todos contra todos nos está haciendo olvidar esto. La causa de ello es el empeño de las élites en que la gente común viva en un continuo enfrentamiento interpersonal para que su sistema jerárquico de poder se perpetúe ad infinitum.

Si un conflicto rompe radicalmente con lo anterior, por ejemplo acaba con una relación de pareja, esto no significa el fin de la convivencia. Es preciso convertirse en una persona con templanza, amor, compasión, humildad, así como capacidad para perdonar las ofensas y ver lo positivo. Aunque no se pudiera continuar dicha relación como anteriormente era, existen otras vías distintas de hacerlo. Verbigracia se puede continuar siendo amigos.

Tenemos, la gente común, que esforzarnos al máximo por mantenernos juntos todo lo posible y trabajar por erigir una sociedad convivencial opuesta a la actual. Sobre todo aquellos conscientes de la muy grave situación en la que nos encontramos, y, más aún, quienes pretendemos una revolución integral.

Como es obvio, a quienes estamos a favor de la revolución también nos afecta esa situación generalizada de enfrentamiento interpersonal. Con que debemos evitar cualquier enfrentamiento a causa de temas secundarios o de poca importancia; aceptar el conflicto de ideas y evitar el personal.

Ergo entre quienes apoyamos la revolución integral hay que incorporar, además de contenidos y enfoques políticos, un aprendizaje de comportamiento individual y colectivo, de autoconstrucción del sujeto para capacitarnos en lo convivencial con introducción de normas de convivencia que nos permita cumplir las tareas que nos fijemos; porque, en caso contrario, nos estamos boicoteando a nosotros mismos.

Con que hay que aceptar los conflictos, adversidades y tribulaciones internas y externas como parte de la vida; igual que debemos afrontarlos con fortaleza, templanza y decisión, sabiendo que se resuelvan o no, lo importante es perseguir nuestras metas, ser fieles a nuestros valores y cultivar los bienes espirituales, ante todo el par dialéctico libertad-convivencia, libertad junto al otro.

José Maenza

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Mensaje de aliento para la participación en el V Encuentro por la Transformación Integral

Este verano ha sido convocada la quinta edición del Encuentro por la Transformación Integral, en un momento en el que el hundimiento de la sociedad moderna es cada vez más latente, mientras los poderes constituidos tratan a la desesperada de introducir los ajustes pertinentes para garantizar la gobernabilidad de las próximas décadas. Una vez que se ha desplegado la operación Coronavirus, comenzamos a palpar sus verdaderas consecuencias, habiéndose acelerado la degradación del conjunto de los dispositivos que conforman la vida y la ascensión de los métodos de control de las multitudes.

Nuestra receta permanecerá inmutable ante las circunstancias: amor a nuestros iguales y falcata a quienes ostentan y desean ostentar el poder. Así debe ser el encuentro, un espacio para el amor y la convivencia entre iguales, donde nadie es más que nadie, a la vez que lugar de conjura y organización de las falcatas para hacer frente al poder constituido. No queremos ser tibios, ni rebajar nuestros ideales. Tanto nuestros ideales como nuestras metas son excelsas y estamos construyendo una posición frente a las ideologías posmodernas que tratan de diluir el pensamiento y la acción revolucionaria para hacer gobernable a la disidencia.

Estos últimos años se ha venido fraguando una orientación ideológica con la que surcar la sociedad líquida posmoderna de hoy. Mediante los libros, los artículos, los vídeos, los encuentros, las amistades, las complicidades, los grupos de trabajo, las acciones reforestadoras, las elecciones de vida, etc. y sobre todo, con la firme y valiente determinación de personas individuales, hemos venido definiendo nuestra posición. Debemos de continuar avanzando y seguir organizando esta posición.

El proceso de autoconstrucción es un camino permanente de desarrollo de la virtud, el individual en tanto que sujetos con voluntad y el colectivo en tanto que aspiración a la soberanía popular. Antes, durante y después del Encuentro debemos esforzarnos en el desarrollo del factor consciente, ser autoexigentes y comprometernos con metas que nos ayuden a consolidar nuestra posición. La ética y el compromiso individual es lo determinante. Todo ello con la oportunidad que nos brinda el Encuentro para incrementar nuestra potencia a través del acto de convivir, debatir, trabajar y disfrutar juntos.

Amor y falcata nació al calor del IV Encuentro y en estos meses hemos hecho humildes aportaciones al conjunto de ideas que conforman la Transformación Integral, mediante artículos, algunos vídeos y las editoriales que se han ido publicando mensualmente en nuestro blog. Seguimos trabajando y nuestro camino continúa en el próximo encuentro. Así pues y mediante esta breve nota os queremos animar a asistir al V Encuentro por la Transformación Integral.

Más información: https://revolucionintegral.org/index.php/item/565-programa-e-inscripciones

¿Felicidad? Para Séneca y para la revolución: por delante la virtud

El filósofo estoico, en su tratado De la felicidad[1], aborda el asunto en relación a las costumbres de sus contemporáneos y encamina a quienes obsesionados con su búsqueda viven descontentos. La felicidad representa una quimera común para los hombres de todos los tiempos y, paradójicamente, cuanto más la pretenden más parece alejarse. Tal obsesión, como único destino del ser humano, se torna en su contra, pues la existencia, aunque no determinada, está condicionada al azar y, por ello, muchos se derrumban o se encumbran según su suerte. En cambio, asegura Séneca, es feliz “un hombre que no se ensalza ni se abate por los cambios de la fortuna”,  ese que piensa que su único bien es la virtud  (p. 77).

La figura de Lucio Anneo Séneca (Córdoba 4 a. C – Roma 65 d. C.) resulta controvertida si, además de sus alabanzas a la virtud, a una vida sencilla y de dominio de sí, tenemos en cuenta que fue un hombre de Estado. Ofició de magistrado en el Imperio romano y como tutor y preceptor del príncipe Nerón durante su infancia y juventud. Fue su consejero y hasta cónsul en su gobierno, lo máximo a lo que podía aspirar cualquier noble. En el momento en que termina De la felicidad (58 d. C.) había alcanzado las cotas más altas de poder en Roma. Su excelente oratoria le propició un gran éxito y en esos cargos acumuló enormes riquezas en “extensos jardines”[2]. Se dice que se ganó las envidias de otros patricios y hasta del cruel emperador Nerón, quien realizó numerosas ejecuciones incluidas las de su madre y hermano. El tirano señaló al propio Séneca como conspirador y conminó su suicidio. El filósofo y pretor acabó sucumbiendo al poder que sirvió y ejerció. Pese a su funesto servicio al imperio, sus reflexiones y sentencias contienen gran valor moral.

Las enseñanzas del tratado De la felicidad gozan de absoluta actualidad, más cuando el autor asevera que muchas personas viven infelices “no porque carezcan de placeres, sino, precisamente, por causa de los placeres mismos”. Erróneamente, entonces, como hoy, se asociaba el placer a la felicidad. Séneca censura tal asociación. Confía en la fuerza del espíritu, esto es, confía en la virtud para prepararse a los vaivenes de la fortuna, lo cual, probablemente, le ayudó a afrontar su muerte con serenidad.

El tratadista defiende la virtud como fin en sí mismo e interroga a su interlocutor en contrapunto a sus ideas: “¿Por qué me nombras al placer? Yo busco el bien del hombre, no el vientre, que el de las bestias y las fieras es más grande” (p. 82). Sometido al placer, se pregunta, ¿quién será capaz de enfrentar el trabajo, el peligro, la pobreza u otras amenazas de la vida del hombre? De esas experiencias de dolor, sufrimiento o muerte aprendemos sobre la total y compleja condición humana. Plantear como su destino una mesa pródiga y un sinnúmero de placeres reduciría al ser humano a un ser indigno, incapaz de superar los obstáculos de la vida y la historia, o de arriesgarse por objetivos trascendentes.

Su precepto no contrapone la virtud a los placeres, sino a los vicios, como parece lógico. Pero acusa a quienes no saben que la maldad abunda en los placeres ni comprenden que, el alma, inclinada a estos, se derrumba en numerosos vicios. Quien se fascina por los placeres se debilita, incuestionablemente lastra sus fuerzas y se degenera. En cambio, con la virtud se pondera el placer sin cegarse, siempre que sean separados, ya que el embrión del bien tiene su origen en la virtud.

Cuando la virtud va por delante existe una satisfacción inalterable. No por la virtud faltará el placer –indica–, del cual se tendrá seguridad y dominio. En caso contrario, uno carecerá tanto de la virtud como del mismo placer. De colocar la virtud a expensas del placer, ese pobre carecerá de virtud y, a la larga, del placer, pues siendo su esclavo se sentirá víctima del dolor. Tal inercia es propia “de una mente incapaz de concebir nada grande” (p. 86).De ahí que sostenga que, quien persigue el placer, lo posponga todo, empezando por su libertad.

Al inicio de su diatriba el filósofo-consejero plantea que “puede llamarse feliz aquel que, ayudado de la razón, ni teme ni desea” (p. 78). Pero, en la presente crisis, ¿quién alcanza a vivir sin miedo y sin deseo, o siquiera los aplaca? El individuo de nuestra época destaca por lo contrario, vive asustado y con insaciable apetito. Mayoritariamente se admitió el discurso pancista del Estado asistencialista y bajo el vigente régimen social de pandemia, distanciamiento y soledad se insiste en que la salvación de nuestro destino feliz depende de sus ayudas, leyes o reformas. Este discurso no solamente es una argucia, sino que es perjudicial porque incentiva a la pasividad, a no hacer nada, a no ser nada…

Por su condición idealizada, cualquier utopía es irrealizable, y, sin embargo, el poder constituido totalizó el sentido de la vida a tan bajo destino. En ese ánimo utópico el hombre contemporáneo se persuadió y se entregó a una felicidad desfigurada. Las sociedades urbanas de los últimos 60 años persiguieron un horizonte engañoso y hedonista que arrastró al individuo y le disminuyó en fuerza, voluntad y sensibilidad. De acuerdo a ello, la grotesca propaganda y la imposición de la atomización social nos acercó más a las distopías de ficción de Un Mundo feliz o de WALL·e, donde los seres humanos vegetan dóciles y perezosos, y apaciguan su miedo en la irreflexión y en el consumo.

En nuestro presente, la crisis de época coincide con el descenso del vigor del individuo, con el deterioro de su salud física y mental, y con la pérdida de entusiasmo por la vida. La actitud nihilista o la depresión generalizada se relacionan con la carencia de objetivos trascendentes, con el régimen coercitivo y con la inexistencia de afecto o de unas sólidas relaciones entre iguales. Todo lo cual es la pésima consecuencia de aquella obsesión de certidumbre y placer confiada a la suerte del Estado de ‘bienestar’. Definitivamente, hoy no distinguimos ninguna utopía en el horizonte, si acaso, un escenario devastador por el desplome del modelo vigente insuperable sin un principio de virtud. Fiel a ese principio, hallaremos contento en nuestra mejora personal y, solo así, concebimos la revolución y enfrentaremos los grandes riesgos para cambio histórico decisivo.

Javier Pérez


[1] Séneca, Tratados morales. Madrid: Austral, 2012.

[2] Juvenal, Sátiras. Madrid: Alianza Editorial, 2010, 279.

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V

El lejano 2 de febrero de 1985 se estrenó en TVE la serie de televisión ‘V Los Visitantes’, una distopía de ciencia ficción estadounidense cargada de efectos especiales y repleta de imágenes icónicas de gran impacto, como la de la gigantesca nave nodriza que levitaba sobre el cielo de Los Ángeles a pocos metros de los rascacielos, la de la bella y despiadada Diana aliviando el hambre de la tarde tragándose una cobaya viva, o la del momento en el que el protagonista desenmascara a uno de los visitantes que, bajo una falsa piel humana, ocultaba su repugnante rostro de reptil de color verde. Supongo que no seguí la serie con demasiada atención, pero sí recuerdo que causó un gran impacto en un niño de pocos años, pues uno de los pocos recuerdos que conservo de cuando tenía siete es el de patrullar por las calles de mi barrio, San Antonio de Llefiá de Badalona, en compañía de mi vecino Israel, con una gorra y un fusil de juguete en las manos. Los dos creíamos ser miembros de la Resistencia.

Tal vez ha sido ese recuerdo, y los aciagos tiempos que vivimos, lo que me ha empujado a revisitar ‘V’ unas cuantas décadas después, y tengo que reconocer que me ha sorprendido de manera muy positiva. La serie, escrita y producida por Kenneth Johnson, se inspira en las ocupaciones de la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial y en los movimientos de resistencia que surgieron para combatir a los soldados de Hitler, pero en el marco de una hipotética invasión alienígena global a finales del siglo XX, y lo hace con acierto y una actitud crítica con el poder. Al inicio de cada capítulo, una voz en off explica que la ficción está dedicada a los miembros de todas las resistencias, pasadas, presentes y futuras. Aquellos que se han atrevido a hablar del fin de la historia no se han enterado de nada.

Paso a relatar una serie de aspectos que hacen de ‘V’ un producto extrañamente recomendable y, pese a sus desfasados efectos especiales, de rabiosa actualidad:

Los visitantes son extraterrestres que invaden el planeta Tierra en busca de recursos naturales. Su emblema recuerda a la esvástica nazi. La superioridad tecnológica de los visitantes les permitiría derrotar con garantías a los ejércitos terrestres, pero prefieren presentarse como seres pacíficos, sin malas intenciones, que solo necesitan agua y otras materias primas y que, cuando las consigan, se marcharán. Su voluntad de integración les ha llevado a aprender los diferentes idiomas humanos, e incluso han cambiado su verdadero nombre porque resultaría impronunciable para nosotros. Ocultan su monstruoso aspecto y solo comen alimentos vegetales crudos delante de sus huéspedes humanos. A cambio de los recursos que necesitan, los visitantes compartirán sus conocimientos científicos y tecnológicos con los terrícolas; incluso prometen curar el cáncer con una vacuna. Los visitantes son lobos con piel de cordero dotados de avanzados conocimientos científicos y tecnológicos. ¿A que les suena mucho esta situación? No hace falta decir que la intención del Comandante Supremo extraterrestre era, desde el principio, esquilmar el agua dulce del planeta, exterminar a todos los seres humanos y, ya de paso, usarlos como comida.  

¿Cómo reaccionan los seres humanos ante la llegada de sus invasores? Solo unos pocos desconfían de las aparentes buenas intenciones de los visitantes y la mayoría sigue los acontecimientos a través de las noticias, expectantes, pero pasivos. Son unos cuantos los que aprovechan la coyuntura para sacar tajada; desde el joven nini que se enrola en el cuerpo paramilitar colaboracionista para trepar socialmente y ejercer su voluntad de poder, a la empresaria que ofrece la producción de su industria química al poder alienígena para enriquecerse con el contrato y obtener inmunidad. Incluso hay una chica que se enamora de un apuesto lagarto uniformado y se queda embarazada. ¿Qué papel juegan los medios de comunicación? Se dedican a difundir los comunicados de los invasores para ayudar a que la gente los vea como amigos y benefactores, un aspecto reforzado por la propaganda que llena las paredes de las calles con carteles de uniformados visitantes vestidos de rojo, siempre sonrientes y al servicio de los ancianos y los niños. Cuando el transcurso de los acontecimientos hace evidente que las intenciones de los extraterrestres no son precisamente piadosas, y mientras miles de personas desaparecen misteriosamente después de ser detenidas por el ejército invasor, la inmensa mayoría de las personas acepta con resignación la nueva normalidad que les ha tocado vivir. Solo unos pocos se atreven a luchar con ‘la Resistencia’.

La serie no incurre en los típicos maniqueísmos que el sistema de propaganda difunde para esconder el único maniqueísmo posible y deseable: el poder es malo en todas sus formas, ergo los malos son aquellos que detentan o ansían el poder. En los productos de la industria del ocio, los “buenos” son casi siempre los policías, los negros, los judíos o las mujeres, independientemente de si toman decisiones que atentan contra la libertad y la dignidad de las personas, o no lo hacen. Hay varios visitantes que consideran una aberración el exterminio de la especie humana y se pasan a ‘la Resistencia’; no son pocos los humanos que colaboran con el enemigo.

Uno de los aspectos más asombrosos del argumento de la serie es que todos los visitantes, sin excepción, son militares, uniformados, armados y jerarquizados (el número de líneas negras del uniforme muestra el rango de cada uno). El poder se impone por la fuerza de las armas, algo que los analistas políticos y los guionistas de Hollywood suelen omitir para culpar a psicópatas, grandes empresarios y masones de todas las agresiones que recibe el pueblo. La burguesía capitalista queda retratada como colaboradora al servicio de los visitantes, pero quienes toman las decisiones, realizan el operativo de la ocupación y devoran a los terrícolas son los soldados del ejército alienígena, un cuerpo armado moderno que no distingue de razas ni de sexos. Muchas de las pieles humanas que han elegido los extraterrestres son de negros y asiáticos, y algunos de los integrantes de las fuerzas de ocupación más sanguinarios y ambiciosos son de sexo femenino, como Diana, el prototipo de mujer empoderada que pretende imponer el actual sistema de dominación.

Pero es sin duda ‘la Resistencia’ el elemento más atractivo de la serie ‘V’. Mientras el ejército estadounidense y los cuerpos de policía colaboran con los invasores poniéndose bajo sus órdenes, los políticos se mantienen al margen, los grandes empresarios hacen negocios estelares y los miembros del grupo armado de liberación son todos ellos civiles, mujeres y hombres del pueblo. Una científica dirige ‘la Resistencia’, movimiento que fue ideado por un anciano superviviente del Holocausto; el protagonista del filme es operador de cámara y entre sus compañeros de lucha se encuentran un obrero y un delincuente de poca monta. Y es que somos nosotros los que debemos dirigir cualquier Resistencia al poder establecido y no esperar a que las Fuerzas de Seguridad del Estado sean las encargadas de “defender al pueblo”. ‘La Resistencia’ consigue derrotar a los visitantes con audacia y con astucia, luchando en una guerra de guerrillas, tal y como hicieron los habitantes de la Península Ibérica para expulsar a las tropas de los ejércitos napoleónicos, la misma táctica que debieron usar los bagaudas para derrotar a los invasores romanos y visigodos.

Los nuevos “invasores” nazis que están llevando a cabo el golpe de estado global del coronavirus no son reptilianos venidos de otra galaxia, pero sí personas de gran poder, antropófagas y sin ningún escrúpulo moral. Estamos presenciando y permitiendo la pérdida de nuestras libertades civiles; estamos siendo fagocitados por unas instituciones de poder que adolecen de la misma ausencia de humanidad que los extraterrestres de ‘V’. La nave nodriza surca nuestros cielos, antaño azules.

Solo hay un camino: ¡Únete a la Resistencia!

Antonio Hidalgo Diego

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Libres antes que felices

La ideología de izquierda está hoy más que nunca hundida y certifica que más que un instrumento para mejorar la vida de la gente ha sido, es y será el más terrible de los artefactos ideológicos para confundir y deshumanizar a las clases populares. La bandera del eudemonismo (o el felicismo) ha sido enarbolada con orgullo durante décadas incluso siglos, bajo el pretexto de la felicidad como meta vital. Sin ir más lejos el ya caducado Arnaldo Otegi, líder de la Izquierda Abertzale, espetó hace 5 años en una conferencia que “Los seres humanos venimos al mundo a ser felices. La izquierda no puede abandonar este discurso”. Mismo mensaje que lanzara en su día el aparentemente celebre político Pepe Mújica y otros tantos adalides y salvadores de trabajadores que han querido inculcar ese horrible horizonte en las mentes de las gentes. Nada más mesiánico, religioso, que la felicidad como fin.

Debe decirse que el ser humano viene a la vida a vivir, a vivir todas las vicisitudes que la vida le interpone, la felicidad tanto como la infelicidad, el dolor tanto como el gozo, la alegría o la tristeza, la salud o la enfermedad. Recurriremos al Euskera, la patria de los vascos, esa que falsamente enarbolan cabecillas postmodernos y antivascos como Arnaldo Otegi, para realizar una aproximación etimológica a la cuestión de la felicidad. En Euskera, a la felicidad se la conoce como zorion, cuando felicitamos decimos zorionak. Zori quiere decir suerte y on significa bueno o positivo, por lo que zorion viene a ser fortuna, felicidad o buena suerte. Por el contrario zoritxar o zorigaitz significa desgracia o mala suerte, ya que txar o gaitz hacen referencia a lo malo o negativo. También contamos con la palabra zorte, que viene a significar algo similar a zori, en tanto que las escasas posibilidades de que acontezca un determinado suceso, tanto en el sentido positivo como en el negativo. Siendo esto así, la posibilidades de gozar de estados parciales de felicidad/desgracia son escasos y puntuales respecto al amplio conjunto de momentos que componen la vida del ser humano medio, independientemente de que vivamos la vida con valentía y alegría, sobreponiéndonos a las dificultades y a los quehaceres mundanos.

Por tanto, zori hace referencia a fenómenos impredecibles, los mismos que conlleva el acto de vivir. De este modo, podemos concluir que vivir es una suerte, que el vivir está impregnado del azar, de múltiples posibilidades, que la vida no está determinada y que en ella nos toparemos con la felicidad tanto como con la desgracia. Y es así porque la existencia, igual que la propia condición humana, es bipartida. Tener como meta la felicidad es una utopía irrealizable e inalcanzable ya que es ajena a la propia condición de la vida, y en las únicas condiciones en las que puede lograrse, es bajo la instauración del ganado estabulado, en un ambiente inerte, pasivo, de esclavitud del Ser e ilimitado abastecimiento de pienso. Dotar de pienso (alimentación), redil (vivienda), amaestramiento (educación) y salubridad (sanidad), es el programa político de todos los ávidos de poder.

Se le debe decir a Otegi en particular y a todos los políticos-funcionarios y demás trepas engaña-masas en general, que rechazamos su religión eudemonista, que la vida es combate y que estamos tan dispuestos al goce, a la alegría, a la salud y a la felicidad como al dolor, a la tristeza, a la enfermedad y a la infelicidad. Porque es ese el camino que nos muestra la vida y que por mucho que uno se empecine en negarla, es esta así de cruda y compleja.

Gka

El anarcocapitalismo, un trampantojo de libertad

El anarcocapitalismo es un liberalismo radical. Propone una plutocracia donde reine la ley del mercado.

La acumulación de riqueza y propiedad en pocas manos que defiende este liberalismo es incompatible con la libertad. La defensa de la propiedad privada absoluta es todo lo que se quiera menos una defensa de la libertad. Este “libertarismo” anglosajón es una defensa de la libertad negativa contra los otros y no con los otros. Libertad para los ricos, propietarios y rentistas y esclavitud asalariada para el resto.

Este liberalismo extremo va dirigido a la construcción de un ser humano capitalista. Las gentes deben ser sometidas a políticas específicas de readaptación, con una gran política de educación, que los prepare y forme en el espíritu del capitalismo. Para ello se deben inventar leyes e instituciones y crear nuevas formas de ser, nuevos valores, nuevos deseos, nuevas costumbres centradas en formar individuos adaptados a las lógicas de mercado. Lógicas en las que el enriquecimiento debe ser, por supuesto, el valor supremo.

El objetivo número uno del Estado “mínimo” que defienden es la acción sobre los espíritus, el condicionamiento psicológico, el moldeamiento de las almas.

Sus principales popes son Walter Lippman, Friedrich Hayek, Milton Friedman, Ludwig Von Mises, Wilhelm Röpke o JeremyBentham. Todos estos pensadores otorgan una importancia máxima a la labor del Estado mínimo. Mínimo no quiere decir débil.
El orden de mercado es un orden construido, y por lo tanto, el Estado debe estar en condiciones de establecer un verdadero programa político (una “agenda”) que tenga como objetivo su establecimiento y su mantenimiento permanente, el Estado debe ser el constructor y el vector.
Debe centrarse en formar individuos adaptados a las lógicas de mercado. No se trata de una “reducción del Estado” o de un laissez-faire sino de dirigir toda la fuerza del Estado a la construcción de un ser humano capitalista.
El orden de competencia, lejos de ser un orden natural, debe ser constituido y ajustado mediante una política “ordenadora” o de “puesta en orden”. La “política social de mercado” no se refiere a ninguna “política social” sino a una “política de sociedad”, que es muy diferente. Se trata de una acción sobre los espíritus, de un condicionamiento psicológico, de un seelen massage o masaje de almas.
Consiste en modelar a los sujetos para hacer de ellos emprendedores capaces de aprovechar las oportunidades de ganancias, dispuestos a comprometerse en el proceso permanente de la competencia. No es una desimplicación del Estado sino una forma de racionalización burocrática.
Es falsa la idea de un poder gubernamental débil o de un Estado discreto, el liberalismo consiste en crear un Estado fuerte y esto es imposible de conciliar con el principio de soberanía popular.
En este liberalismo se ha de limitar el poder del pueblo a la nominación de los gobernantes y dejar que los gobernantes gobiernen. El pueblo debe nombrar a quien le dirigirá, no decir que deberá hacer. El enriquecimiento debe ser el valor supremo porque es la motivación más eficaz para estimular a los trabajadores a que aumenten sus rendimientos. Se trata “de que el Estado utilice la fuerza de la ley, la fuerza violenta o incluso la guerra civil, para instaurar las condiciones previas de un mercado autorregulador”, en otras palabras “la extensión forzada y forzosa del papel activo del Estado liberal”.

Leyendo a los pensadores liberales se comprende fácilmente que lo que propone el liberalismo es un Estado totalitario y deshumanizador que nos reduzca a ser unos homos economicus, esclavos del dinero, de los propietarios y de los regidores estatales.

En la raíz de anarcocapitalismo está el darwinismo social. Según nos cuenta Heleno Saña, el darwinismo social es un concepto con el que se define una doctrina basada en la dureza social y en la hegemonía implacable del capital sobre las clases trabajadoras… Sus principales representantes fueron el clérigo protestante William Graham Summer y Ludwig Gomplowicz… El primero mezclará la teoría darwinista del struggle for life y la “selección natural” con el liberalismo más puro de Herbert Spencer basado en la defensa a ultranza de la propiedad y en el más feroz de los individualismos. Su desprecio por las clases menesterosas no conocerá límites. Teorizará que el Estado no sea un obstáculo al libre desenvolvimiento de las clases sociales elevadas. En su ensayo Lo que las clases se deben unas a las otras afirmará lacónicamente: “Nada”.
En su obra Folkways dirá que:

La competencia estriba en la rivalidad, la hostilidad y el mutuo hostigamiento en que se ve envuelto el individuo con otros organismos en su esfuerzo por sostener la lucha por la existencia en provecho suyo. La competencia es, pues, el elemento social y el que genera la organización de la sociedad.

El otro fundador del darwinismo social, Ludwig Gomplowicz basará su pensamiento en el pesimismo antropológico del autor del Leviathan y de la famosa afirmación “el hombre es un lobo para el hombre”, Thomas Hobbes (1588-1679). Su doctrina es totalmente inaccesible a la dimensión espiritual y ética del hombre pues reduce toda la actividad humana a la consecución de intereses materiales, calificando de ingenuo todo planteamiento que se apoye en la Moral o en el Derecho, valores que consideraba ilusorios. Para Gomplowicz la única verdad es la lucha a muerte por la existencia en la que debe primar la fuerza del Estado y de las clases fuertes sobre las débiles.

En conclusión, este antiestatalismo procapitalista es en la práctica un superestatalismo de tomo de lomo. Al anarcocapitalismo le sucede lo mismo que al socialismo de Estado pero a la inversa: el anticapitalismo proestatal que termina siendo una dictadura hipercapitalista.

La libertad sólo se encuentra en un anticapitalismo antiestatal. La libertad si no es con los demás no debe ser llamado anarquismo. La libertad sin humanismo es tiranía. El individualismo extremo no es más que una patología social y emocional burguesa. Lo único legitimado para llamarse libertario es un sistema de concejo abierto completamente soberano que funcione a través de unas normas autoelaboradas. Un sistema que otorgue máxima importancia a los vínculos comunitarios, tanto familiares como vecinales, para desplegar formas de apoyo mutuo generalizadas y maneras autogestionadas de seguridad social.
Un sistema que comunalice los principales medios de producción pero que respete la pequeña propiedad (propiedad privada no absoluta sino sometida a la servidumbre del bien comunitario).
Un sistema no representativo de toma de decisiones fundado en portavocías instituidas de un mandato imperativo asambleario. Un sistema que asuma la responsabilidad de la autogestión de la seguridad a través de milicias populares y no de ejércitos con jerarquías estatales deshumanizantes. Necesitamos una transformación integral ruralista y autogestionaria.

Llamarse ostentosamente “libertarismo” es un intento de dar dignidad a algo que es un fascismo de tomo y lomo. La dictadura de los ricos y pudientes. Un pensamiento a ras de suelo.

Quien ha impuesto el liberalismo en nuestra península ha sido el Ejército español, la espina dorsal del Estado. El lamentable capitalismo nos lo han traído los militares Espartero, Narváez, O´Donnell, Prim, Serrano o Franco, el último espadón liberal.

Enrique Bardají Cruz

En Aragüés del Puerto, Pirineo Occidental, 27 de octubre de 2020.

Amor y falcata. Diálogo a tres

El equipo de redactores por una transformación integral “Amor y falcata” os presentamos este nuevo vídeo. En éste Félix Rodrigo Mora entrevista a dos de nuestros miembros, José Francisco Escribano Maenza y Antonio Hidalgo Diego.

Esperamos que lo encuentren interesante y os anime a continuar leyendo nuestras publicaciones; a la vez que reflexionando sobre los cruciales asuntos que tratamos. Así mismo, siempre pueden contactar con nosotros para comentar sus dudas o aportar lo que consideren (amoryfalcata@riseup.net).

Navidad

Hablar de la Navidad, implica hablar de la infancia. Mi infancia. Esa época de nuestras vidas en la que somos vasijas vacías, prestas a llenarse. Donde todo es nuevo, todo está envuelto de un halo de misterio, de magia, de sorpresa… que nos alimenta para el resto de nuestras vidas.

Recuerdo las calles de mi pueblo, iluminadas por tres bombillas incandescentes, una en cada esquina y otra en medio de la calle. Al anochecer, cuando la oscuridad invadía el pueblo, estos tres puntos eran los únicos habitados y centro de toda la calle. Se contaban historias del más variopinto pelaje: brujas, fantasmas, muertos vivientes, mantequeros, etc. La fantasía e imaginación volaban de tal manera que cualquiera se iba solo a casa, atravesando las penumbras de la calle. Por  muy valiente que fueras, siempre esperabas  que uno más grande se marchara, para irte con él.

Cuando llegaba la Navidad todo cambiaba. Volvía el color a nuestras vidas. Ya no era todo en blanco y negro. Los comercios y las tiendas se decoraban con los más diversos colores, la gente volvía a sonreír y las calles se llenaban de gente, sobre todo el centro del pueblo. En esta época del año era cuando los niños lo pisábamos con más regularidad. Todo era bullicio y alegría.

Hasta en nuestras casas se notaba esa alegría. Todos éramos más amables, se limpiaba a fondo la casa, se montaba un belén, nos ponían nuestras mejores ropas y todos en familia íbamos a la misa del gallo. Que siendo un acto religioso, también era un acto social. Allí las familias se mostraban. Al finalizar la misa, aquello era un jolgorio, sobre todo para los niños, se hacían fogatas y no parábamos de corretear alrededor de ellas. Nuestros padres esa noche nos dejaban libres hasta altas horas de la madrugada ¡Qué sensación de libertad y de hacer cosas de adultos experimentábamos esa noche¡ Todavía no la he olvidado. Ahora comprendo que, cuando niño, estuviera deseando que siempre fuera Navidad.

Pero el hecho más apabullante, más espectacular, lo que más nos hacia volar la imaginación era… la llegada de los pastores. Gente ruda, que se vestían con la piel de los animales, llevando borreguitos en el cuello, entraban en el pueblo en cuadrilla, cantando, bailando y bebiendo. Venían del monte, un mundo desconocido, y asaltaban el pueblo, dotándolo con una nueva energía. Irrumpían en las calles del pueblo, con una vitalidad indescriptible, que nos arrastraba a todos a seguirlos, embelesados, como por el flautista de Hamelín. Sobre todo las mujeres, que reían, bailaban… con una energía contagiosa.

Los seguíamos por las calles… hasta llegar al belén viviente. Allí le entregaban los borreguitos a San José y a la virgen María. Uno se quedaba deslumbrado, por tanta luz, por tanto brillo… impregnándose de tanta divinidad, de tanta humanidad y de tanta energía. Que cuando un año descubrí que San José y la virgen María eran unos vecinos del pueblo, no me produjo ningún tipo de ruptura.

Con la vasija bien llena y con el paso de los años, en mi adolescencia, descubrí la religión. La herramienta idónea para derramar la vasija sobre la sociedad. Valores como: el amor al prójimo, ayuda al necesitado, todos somos hijos de Dios… eran principios rectores de mi vida, que me llevaron a ir a los barrios de los pobres a enseñar a leer y a escribir. Asimismo los días de fiesta íbamos al paseo del pueblo, un grupo numeroso, a cantar la “nueva buena” con canciones del tipo “Viva la gente”.

A la par fui descubriendo a la Iglesia, como estructura de poder, con sus normas restrictivas, su cohabitación con el poder estatal… Estaba cantado mi paso a la política, no sin antes hacer un paso intermedio, como “cristiano por el socialismo”. La llegada del marxismo, anarquismo, anarco-marxismo, ateísmo, agnosticismo… era inevitable.

Cuando reflexiono sobre mi infancia-adolescencia, o sea mi navidad, veo que fue una época, como diría Félix Rodrigo, muy convivencial, muy experiencial y muy ateórica; en el sentido que las teorías no me llenaban completamente, pues saltaba regularmente de una a otra.

Hoy en día qué queda de aquella infancia-navidad. Creo que poco, por no decir nada. Casi han destruido al ser humano. En palabras de Antonio Hidalgo, en su magnífico libro “El Minotauro en Alcacer” dice: “El niño que viaja a Disneyland Paris se convierte en un ser consentido, caprichoso, insolente, superficial, ambicioso y egocéntrico cual aristócrata empelucado del siglo de las luces. La diferencia es que este niño es un principito sin poder real, es un peón, una ficha, un objeto y su único privilegio es el dar vueltas en una montaña rusa, un viaje que no conduce a ningún lugar y le devuelve al mismo punto de partida, como un indefenso ratoncito que vive en su jaula y da vueltas en su pequeña noria.”

Nuestra esperanza real es que no todos los niños van a Disneyland Paris. Por lo que todavía merece la pena luchar por una Transformación (Revolución) Integral.

                                                                       Jorge Martin González

El Minotauro en Alcásser. Combate al Estado

Inspiradora portada del libro en la que aparece el héroe Teseo, armado con su inteligencia y valentía, internándose en el laberinto de Minos para dar muerte al Minotauro.

Hace unas semanas el amigo Antonio Hidalgo Diego publicó el libro El Minotauro de Alcassér. Crimen sádico, voluntad de poder y feminismo de Estado, con prólogo de Félix Rodrigo Mora.

En su página www.elminotauroenalcasser.com explica cómo obtener una copia de esta magnífica obra y ofrece más información sobre ésta.

En primer lugar, es urgente aplaudir la valentía y el esfuerzo por la verdad de Hidalgo. Ante unos temas tan delicados, los cuales trata con una templanza ejemplar, se propone con objetividad descifrar la verdad hasta donde sea posible. Sin embargo, con razón arguye que en muchas ocasiones una parte de la información solo la conocen los implicados en los crímenes, de los cuales salieron impunes, y no sabemos ni siquiera su identidad personal.

Así fue en el de Alcásser, el caso principal de estudio; no obstante analiza otros tantos que conducen a unos mismos culpables. Estos son, como bien argumenta, élites con poder, sobre todo estatales pero también económicas y financieras.

El catalán no se amilana ante la cruda realidad de los hechos; secuestros, violaciones, torturas, asesinatos, pederastia, rituales satánicos, etc. Tampoco muestra temor ante las crueles y despiadadas élites a las que acusa con pruebas irrefutables. Su amor por la verdad le alienta. Su compromiso ético por la defensa del bien, la justicia y los valores humanos universales le impide acobardarse.

Asimismo trata la raíz de este mal: la voluntad de poder y dominación. La cual, como expone, se concentra en la estructura social jerárquica que llamamos Estado. Aunque esta inclinación destructiva es tan vieja como el hombre, estudia con detalle a los principales autores que han abanderado la exaltación del poder en la modernidad: el marqués de Sade, Friedrich Nietzsche y Simone de Beauvoir.

Los tres tuvieron comportamientos sádicos, si bien el aristócrata y la feminazi llevaron a la práctica las más repugnantes de sus doctrinas. Entre otras perversiones, la pederastia. En efecto, el sadismo, como acto de dominación y crueldad contra el otro para conseguir placer o satisfacción propios, es inseparable del poder.

De tal modo que la mentira y la hipocresía, junto a sus ansias de poder, disfrute y dinero, definen el feminismo, pues la mayor parte de este movimiento se ha convertido en una facción del Estado. Nuestro amigo Hidalgo Diego expone con claridad algunas de sus inmoralidades y fechorías.

Como es obvio, muchas feministas tienen manchadas sus manos de sangre. Amparan por activa y por pasiva la muerte, la violación y la pederastia. Además, para más inri, nos acusan a todos los hombres sin distinción de los peores crímenes.

Contra las falacias feministas, como dice Antonio: “Y no somos los hombres del pueblo llano los que debemos responder ante estos terribles crímenes, sino aquellos que detentan el poder sádico. Lejos de avergonzarnos de nuestra condición masculina, lo que debemos hacer los hombres de las clases populares es empuñar la espada de Teseo y matar al Minotauro.

Esto es, al Estado.

Mas Antonio Hidalgo Diego no está solo. Igual que Félix Rodrigo Mora, yo también me situó enfrente de todos esos desalmados y desalmadas. Y no únicamente nosotros tres, sino que somos más y seremos más aún.

José F.E. Maenza