Tiempo

Es maravilloso descubrir nuevas perspectivas epistemológicas, así como maneras más escépticas y realistas de conocer el mundo. En este caso me refiero al interesante libro Time Reborn, del conocido físico Lee Smolin, por desgracia únicamente disponible en inglés.

Smolin explica satisfactoriamente cómo todas las leyes o teorías son simples modelos matemáticos, esto es, simples abstracciones lógicas que se aproximan a la realidad, pero de manera parcial e imperfecta. De ahí que el escepticismo cotidiano y el gnoseológico sean cruciales.

Sin embargo, la absolutización determinista y positivista lo ha corrompido todo; la verdad no cuenta, solo importan las teorías y los intelectuales-expertos al servicio del Estado. Y esto ocurre tanto en la ciencia pura (física, biología, medicina, etc.), como en las llamadas “ciencias sociales”, las cuales han degenerado aún más si cabe con la imposición de religiones políticas como el feminismo, el inmigracionismo o los orientalismos.

Respecto al tiempo, que es el tema central de su obra, Smolin describe de qué manera ha sido desterrado de la física desde Newton, junto con otras muchas cosas. Es cierto que dicho autor asimismo peca de cientifismo, lo que resalta sobre todo en la última parte del libro, la propositiva; si bien prefiero exponer a continuación algunas reflexiones en torno a la idea de tiempo, que puedan servir para la reflexión.

Considero que todo ocurre en el tiempo, o en un tiempo. El cambio se da si se desarrolla en el tiempo, de no ser así, no es cambio. Todo proceso es cambio. El conocimiento de cualquier proceso necesita comprender el marco temporal en el que se desarrolla, además de las interrelaciones de los factores internos de ese proceso y los externos a dicho proceso.

Es decir, nuestro actuar en el ahora caracteriza y configura el pasado de mañana; y proyectando en el futuro desde el hoy, modificamos y reconfiguramos el presente por medio del análisis del pasado.

Si de manera general podemos describir al sujeto como ser particular, ser colectivo, ser biográfico y ser histórico; también se debería incluir el ser proyectado o proyección del ser.

Obviamente nada tiene que ver con Freud, y se restringe, si eso es posible, al aspecto temporal de lo humano. Sin duda, la formación de nuestro ser biográfico (experiencias vividas) e histórico (conocimientos, creaciones y experiencias de nuestros allegados o comunidades con relación al individuo, más o menos lejanas en el pasado), determina nuestro ser particular y colectivo, dependiendo la intensidad de su impronta de nuestro esfuerzo reflexivo, amor por lo nuestro y por la propia cultura, afán investigador, etc.

La proyección del ser depende de los aspectos constitutivos del sujeto, dado que en base a todas sus experiencias, circunstancias, sentimientos, reflexiones y conocimientos será capaz en cierta medida de considerar, planear, imaginar y proyectar cómo será o desea que sea su futuro. Empero, este aspecto del ser también constituye al sujeto, estando presente continuamente, y determinando su sentir, pensar y actuar.

Este ser proyectado puede tener dos rasgos fundamentales, el reflexivo y el creativo, y ambos poseen aspectos individuales y colectivos. El reflexivo se podría considerar como análisis, planificación y estrategia. Y el creativo se podría prematuramente describir como esperanza, ilusión, imaginación, grandeza y creatividad, relacionado con sueños y anhelos particulares o colectivos, capacidad de soñar, aspirar y crear estadios superiores de lo humano.

La aculturación y la degradación espiritual de la persona común han dilapidado su estructura biográfica e histórica, mas esto a la vez le impide y anula su proyección. Se produce una castración en el sujeto, se aniquila su pasado y su futuro, se disuelve su ser en un presente emocionalmente aislante, estimulante y atemporal.

En nuestros días la proyección hacia el futuro se extirpa no sólo como reflexión, sino como emoción, imaginación y creación. Se fabrican seres sin pensamiento reflexivo ni estratégico, sin sueños, esperanzas, ilusiones, aspiraciones o metas; viviendo el día a día, perdidos en lo trivial y anecdótico.

¿Dónde está la pasión de nuestros corazones? ¿Quién nos ha robado la esperanza y la épica? ¿Qué recuerdo dejaremos en las piedras de la historia? ¿Queda alguien que anhele construir un mundo nuevo?

José F.E. Maenza

Elijo vida

Mi abuelo se suicidó.

Nunca llegué a conocer al hombre que nos dejó en herencia un puñado de preguntas sin resolver, algún que otro trauma intergeneracional y, en mi caso, un notable parecido físico, o al menos eso muestra la única fotografía que nos ha llegado del hombre que nos abandonó dos veces.

Mi abuelo acabó con su desnortada vida ahorcándose en una encina. Descanse en paz.

El suicidio esconde la muerte debajo de la alfombra. Es la muerte de la que no se habla. Ni ‘le ha llegado su hora’, ni ‘se van los mejores’; tampoco se le puede echar la culpa al tabaco o al médico que lo mató. Porque el suicidio esconde el fracaso de una vida, y la vida, es el único “derecho” que nos ha sido concedido en el momento de nacer. La vida es un regalo que solo debería dejar de usarse hasta que nos sea arrebatado.

Una sociedad en la que sus individuos no defienden sus derechos es una sociedad suicida. Para muchos, la vida se ha convertido en un regalo que se deja guardado en el fondo de un cajón por miedo a que se rompa, delegando en otros todas las decisiones que le atañen; para muchos, la vida es un juguete más, pues la reducen a la vacua diversión que proporciona un juguete maltratado y prematuramente roto.

Muchos son los que no soportan el peso de la vida ni su constante requerimiento de una agotadora lucha por mantenerla con dignidad, encauzarla con libertad y dotarla de sentido.

En las cajetillas de cigarrillos hay advertencias que podrían emplearse en las partidas de nacimiento. Mensajes como ‘la soledad provoca suicidios’; ‘el trabajo asalariado provoca suicidios’; ‘la ausencia de erotismo provoca suicidios’; ‘la tecnología provoca suicidios’; ‘el consumo de alcohol y drogas provoca suicidios’; ‘el consumo de antisicóticos para prevenir el suicidio provoca suicidios’… Pero no lo hacen.

Igual que las familias prefieren ocultar el suicidio de un familiar, la sociedad esconde que cada vez son más lo que deciden acabar con su vida. El suicidio es el fracaso del individuo, del matrimonio, de la familia; la tasa de suicidios en aumento muestra el fracaso de una sociedad que se desangra lentamente porque se ha cortado las venas, una sociedad que ha ingerido una sobredosis de fármacos, una sociedad que ha decidido saltar al vacío al aferrarse a un sistema que, por odioso e inhumano, está colapsando.

Mientras muchos de sus miembros acaban con su vida, nuestra civilización se está suicidando. La búsqueda de la felicidad nos ha puesto tan tristes que hemos dejado de tener hijos; la negación de la muerte nos ha empujado a despreocuparnos del mantenimiento de nuestra propia salud; nuestra falta de autoestima como pueblo ha dejado abiertas las puertas de Europa para que los integrantes de esos otros pueblos que valoran más sus vidas recojan nuestros despojos y nos incineren en la pira funeraria de los olvidados de la historia, porque absolutamente nadie quiere hablar del vecino que se ha suicidado.

Podría ofrecer datos estadísticos del número de suicidios, pero no sería fácil distinguir entre suicidio y muerte por “accidente”[1]. ¿No es un suicida el que se estrella con su moto hasta arriba de cocaína? ¿No es un suicida el que deja morir a su madre en un hospital? ¿No es un suicida aquél que no educa a sus hijos? ¿No es una suicida la adolescente que vomita después de cada comida o se autolesiona el antebrazo? ¿No es un suicida el que se pone la vacuna, sabiendo lo que ya sabemos a estas alturas de la película? ¿No es un suicida el que renuncia a la realidad para sumergirse en los videojuegos? ¿No se suicida un emigrante? ¿No es un suicida el que decide no tener hijos? Son tantas las formas de suicidio en nuestro decadente mundo que las autoridades no se esfuerzan siquiera en poner redes antisuicidio como las que decoran los grises edificios de los obreros industriales chinos.

Sustituiré las estadísticas por un caso concreto. Hace unos días, un exdeportista de élite decidió acabar con su vida lanzándose a las vías del tren para ser arrollado por el convoy. Tenía 46 años. Muchos periodistas deportivos se indignaron cuando un medio de comunicación se saltó la autocensura habitual mostrando la palabra ‘suicidio’ en el titular de la noticia. ¡Un guapo exfutbolista con un sueldo muy elevado por ser directivo de un club no debería suicidarse! Pero si este hombre, preferido de los dioses, ha acabado con su vida, ¿por qué no lo hará también la cajera del supermercado o el joven que ha dejado de cobrar el ERTE?

Solo la vida puede prevenir la muerte. Solo el eros, el erotismo, puede arruinar el reinado del thánatos, de la pulsión de muerte que acecha nuestra sociedad moribunda. La recuperación urgente y animosa de las ganas de vivir conseguirá hacer frente a la destrucción planificada del sujeto que han emprendido con éxito los poderes establecidos.

Espantaremos la muerte como el que espanta las moscas (con fuerza y despreocupados), porque la muerte destruye todo lo que hemos hecho en la vida, y todo lo que estaba por hacer. Construyamos, ya, un nuevo individuo y una nueva sociedad exultante de vida, futuro, belleza y alegría.

¿O prefieres la muerte?

Antonio Hidalgo Diego

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[1] La cifra de suicidios en España en 2019 fue de 7,6 por cada 100.000 habitantes, unos 10 suicidios al día, más del doble que el de muertes por accidente de tráfico. Fue la segunda causa de muerte entre las personas de 15 a 29 años, aunque casi la mitad de los que se quitaron la vida tenían entre 40 y 59 años de edad. Tres de cada cuatro suicidas fueron hombres, tal vez porque tienen más éxito en sus tentativas; los intentos de suicidio de las mujeres triplican los de los varones. El Confidencial, 9/9/2019. Un total de 1.343 personas se suicidaron en España en el primer semestre de 2020. El suicidio es la primera causa de ‘muerte externa’. Infocop Online, 7/1/2021, basado en datos del INE.